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TRIBUNA

El mal, la locura y la esperanza

sábado 05 de febrero de 2022, 18:35h

Los viejos tendemos, probablemente, a considerar deplorable el presente, porque nuestro tiempo ya ha pasado. Discúlpenme la generalización, es evidente que hay muchas personas entradas en años que siguen viviendo en un presente amable y que, reconciliados con la existencia, están convencidos de la realidad de un progreso constante en todos los sentidos. No contradicen – sin embargo – la habitual asociación de la vejez con la amargura o, al menos, con la melancolía.

Como sobre esta cuestión corremos el riesgo de iniciar un debate estéril, me limitaré a afirmar que, en mi caso, la asociación de vejez y amargura se cumple con puntual exactitud. En estos tiempos de felicidad casi obligada, esta confesión podría costarme cara, acaso más que odiosas revelaciones sobre cualquier creencia o filiación. El caso es que una de las razones de esa amargura podría encontrarse, precisamente, en la exigencia social de pánfila felicidad, sobrepuesta a la presencia objetiva del mal, a su dominio hegemónico en la vida social y política contemporánea.

Dominados por el falso ideal del pensamiento positivo, según el cual la realidad se identifica con nuestra percepción, al afirmar la presencia del mal lo estaría creando. El mal está en mí y no en el mundo: la astucia del demonio es sutilísima. Es evidente que cuando semejante patraña se convierte en opinión, tenemos que sumar a la tristeza que supone la contemplación de un mundo errado, la amargura que produce la imposibilidad de encontrar apoyo en nuestros semejantes, brazos que nos ayuden en nuestra batalla por la victoria frente al mal.

Tengo que añadir inmediatamente que mi amargura es ferviente y pugnaz, no una melancólica resignación ante un mal invencible. Y, sin embargo, el silencio hermético, que casi puedo palpar en derredor, no deja de teñir de un halo sombrío mi contemplación del mundo. En ocasiones mi indignación encuentra auxilio, y ese apoyo es suficiente para mantener izado el símbolo. No siempre, sin embargo, se escucha el eco que repite la propia voz y la difunde. El silencio es, cada vez más, la única respuesta, porque paulatinamente se extiende la opinión de la inexistencia del mal. El dominio indiscutible de un relativismo atroz suma así amargura a la tristeza.

Me esfuerzo en recordar que esta situación tampoco es nueva. Gilbert K. Chesterton señalaba a los nuevos teólogos de su tiempo que, ante el deleite que un hombre puede sentir despellejando un gato, no concluían que Dios no existe – como hacían los ateos – o negaban el vínculo entre Dios y el hombre – como hacían los cristianos – sino que opinaban que era mucho más racional negar la existencia del gato. Ya Chesterton no pudo partir – como habían hecho antes los mayores santos y los mayores escépticos – de la evidencia del mal. Tuvo que recurrir a la evidencia indudable de un colapso del entendimiento, tan patente como el hundimiento de un edificio. Su punto de partida, difícilmente rechazable, era la evidencia de la insania, de la locura, del derrumbamiento psíquico.

Hoy día la ubicuidad asfixiante del mal, unida al dominio sin fisuras del relativismo extremo, hacen difícil apelar incluso a esa crisis de la razón, que se manifiesta en la propagación incesante de trastornos psíquicos.

La atmósfera saturada de delirio de nuestro mundo, en el que los trastornos dominan la vida del común, tiene el paradójico efecto de confundir lo normal y lo patológico, de normalizar la errática visión del mundo del demente y, por añadidura, el de considerarnos locos.

Y así nos encontramos en guardia frente a un mal que se declara inexistente, a la vez que se nos antoja ubicuo. Cuerdos y locos, no encontraremos la voz amiga que nos pida que nos levantemos, que no nos dejemos morir de melancolía, sin más ni más. Nadie que nos recuerde – como el buen Sancho – que el vencido hoy puede ser vencedor mañana. En este mundo demente se nos declarará locos y peligrosos, poniéndonos siempre en riesgo de dar el espíritu con el reconocimiento de nuestra insania.

Sólo nos queda afirmarnos en una certeza implacable que, conociendo la demencia de la sabiduría humana, nos permita hacernos perfectamente dueños de nuestra locura y ser locos definitivos en este mundo insensato.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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