El último otoño se ha mostrado muy propicio para la literatura memoriográfica de naturaleza periodística. El fenómeno se ofrece tan peraltado que es difícil imaginar en el futuro su repetición. Los directores de los tres diarios nacionales más importantes y difundidos del país, el editor del más famoso de entre ellos y un director adjunto con mando en plaza de otro no menos afamado dieron a la luz, en el otoño de 2021, obras de semejante extensión y trascendencia. El que dichas obras hayan sido alumbradas y publicadas en Madrid demuestra por enésima vez el peso centralizador y sin rival de la Villa y Corte en el clima gritón y bullanguero de las Españas autonómicas y “vaciadas”.
Tras la aparición de libros que cabe incluir en el ilimitado campo de la historia contemporánea a cargo de descollantes periodistas, el conocimiento de España se ha enriquecido notablemente en varias de sus facetas más señaladas, como las políticas y culturales y, en un grado también elevado, las económicas. Por derecho propio tales textos merecerán un tratamiento detallado y acribioso en las siempre hervorosas Facultades de Ciencias de la Comunicación y en los tratados e historias del periodismo contemporáneo que se acometerán, a buen seguro, en fechas próximas. Tal es la fuerza avasalladora de los medios en la colectividad hispana actual. Según es fácil suponer, no serán indefectiblemente serondos los frutos que se entrojarán de ese cultivo. La comparación con la gran prensa extranjera, la relación entre sus empresarios y sus estrechos contactos con las esferas gubernamentales y financieras ocuparán parte principal del esfuerzo indicado. A comienzos del 2022 el trabajo se dibuja complicado; pero de aquí a poco -un trienio o, como máximo, un cuatrienio-, estudiosos cualificados lo llevarán a cabo con el rigor exigido por la materia.
A su espera, el anciano cronista, antiguo y honrado profesor de Historia Contemporánea en los centros universitarios de Periodismo de Pamplona y Barcelona, se satisface en extremo con dar noticia de la salida al público del ramillete de obras memorialísticas mencionado y de certificar, con la modesta medida que le es propia a su veterana pluma, su calidad de página literaria e historiográfica. Dentro de la común y genérica vitola del gran periodismo y asimismo de su valía testimonial, las susomentadas memorias son peraltadamente diferentes entre sí, incluso en el extremado culto al ego característico de esta literatura, en especial de la parteada por la minerva de personajes –(todos ellos, hèlas, masculinos…)- que un día dictaron la agenda de ministros, banqueros y altos empresarios. Entre la prosa relampagueante, pugnaz y desinhibida de un Pedro Jota Ramírez a la serena y cáustica de un Bieto Roubido, de la a menudo olímpica de Juan Luis Cebríán a la matizada e irónica de su colega de redacción el tinerfeño Juan Cruz, la cosecha literaria es de innegable feracidad y belleza. Sin “calidad de página” -repitámoslo en tiempos de grosero adocenamiento estilístico- no puede florecer ningún periodismo de sustantividad y reclamo.
Y ya en un próximo artículo glosaremos al galope los valores historiográficos atesorados en la publicística que hodierno ha ocupado nuestra atención.