En su libro Año cero, Ian Buruma sostiene que el mayor logro de los aliados tras la II Guerra Mundial radicó en lo que no hicieron: no repetir el error del Tratado de Versalles, que puso fin a la I Guerra Mundial condenando, según certificó el economista John Maynard Keynes, a toda la Europa Central a un “deliberado empobrecimiento”. El propio Keynes vaticinó que la venganza no tardaría en llegar. Y una nueva guerra mundial asoló el continente europeo destruyendo el progreso de aquella generación.
Para ratificar el acierto de 1945, los americanos pusieron en marcha el Plan Marshall, que ofrecía a las naciones europeas ayuda económica de EEUU, haciéndose extensiva a la URSS, si accedía a colaborar en la tarea de reconstrucción de Europa. Pero el Plan fue visto siempre con temor por Moscú, que intentó por todos los medios torpedearlo. Para Stalin, los americanos perseguían someter toda Europa al imperialismo del dólar. En un contundente acto de coacción, el dictador soviético exigió a sus satélites que renunciaran a la ayuda. Aquello supuso la división de Europa, de Alemania y de Berlín en dos partes. Comenzaba la Guerra Fría, vaticinada ya por Churchill en los últimos meses de la guerra, cuando reparó en que, al llegar la paz, el enemigo de la democracia y las libertades sería el comunismo soviético: “Hemos derrotado a un demonio aliándonos con otro demonio”, era el sentir del británico.
Casi ochenta años después, vuelven los rusos a convulsionar Europa con su subversivo nacionalismo, el de siempre. El mismo que enarboló Hitler exigiendo como alemanes todos aquellos territorios en donde hubiera habitantes que hablasen alemán: Austria, Sudetes, Dantzig… Ahora Moscú considera a Ucrania su satélite y le exige que renuncie a ingresar en la OTAN. Qué razón tenía Henry Kissinger cuando dijo que las democracias solucionan sus conflictos mediante la razón y el diálogo, no la fuerza o la violencia. Y es que los demócratas no van a la guerra entre sí. Otro secretario de Estado americano, Acheson, sostenía en 1950 que “el mundo libre contiene grandes recursos materiales y morales inexplorados. Tenemos que desarrollar estas reservas hasta el máximo de nuestra habilidad. Deberíamos hacer esto aunque el comunismo internacional no existiese. Tal como son las circunstancias, hemos de hacerlo con el más extremado vigor”. El comunismo internacional ya no existe, pero continúan existiendo déspotas y tiranos con veleidades totalitarias. ¿Y el mundo libre? ¿Sigue manteniendo sus grandes recursos materiales y morales?
La causa del final de la Guerra fría radicó en que la URSS no pudo soportar el coste económico de la guerra de las galaxias de Reagan. Volvemos a Acheson: “Para discutir con Rusia tenemos que poseer más fuerza militar que la suya porque para Rusia no existen palabras claras si no van acompañadas de la fuerza”. Someterse a la coacción rusa durante la Guerra fría equivalía a perecer. Y no solo no se pereció, sino que el comunismo sucumbió.