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TRIBUNA

La buena educación

lunes 14 de febrero de 2022, 20:24h

Treinta años dedicado a un oficio no garantizan su dominio, especialmente cuando se trata de algo tan difícilmente gobernable como la educación del ser humano. Cuestión antropológica esencial, la educación de la juventud compromete los fundamentos de nuestra comprensión del hombre, la sociedad y la historia. El oficio se hace imposible cuando la sociedad sufre un radical estado de crisis que conmueve su zócalo antropológico, cuando la historia se ha desbocado situándonos en un presente sin dimensión, cuando se anuncian tecnologías que harán del hombre un vestigio, sólo apto para evocaciones nostálgicas, cuando vivimos en el punto muerto entre el orden residual de la vieja modernidad y el amanecer post-humano de la actualidad infinita.

Vemos caer los viejos principios, no ya el respeto a la autoridad o la deferencia hacia la edad, sino la estimación misma del saber y, especialmente, de un saber que se juzgó gratuito por su valor incalculable, pero que ahora juzgamos gratuito por carente de valor de cambio. Vemos la cortesía tratada como una forma de despotismo sutil, difundido en maneras envejecidas y ridículas. El lenguaje mismo degradado a los extremos del grito o el exabrupto rutinario, o laminado por normas adventicias que nos piden limpiar las palabras de la tribu para no ofender la exquisita sensibilidad de esas conciencias infantiles, ya casi afásicas.

Se intenta contener la debacle a través de una regulación exhaustiva que defina cada gesto, con la consiguiente marea de documentación burocrática. Se busca entender en términos higiénicos o sanitarios el marasmo de nuestra descomposición moral, paliar la indisciplina más elemental con recursos psicopedagógicos y exigencias laxas, que no agredan el delicado ego de las masas.

Es preciso definir con rigor geométrico una calificación que, como tal, parece ya un gesto de agresión. Ha de presentarse como cuantificación rigurosa en magnitudes exactas, perfectamente calculadas, y de los que pueda darse razón ante la aguda vigilancia de los abogados. Hoy no hay más fatigosa labor que evaluar y calificar un ejercicio escrito en el viejo lenguaje de palabras.

La labor docente se quiere crecientemente silenciosa, idealmente muda, ofrecida en imágenes o presentaciones que soliciten el comentario informado del espectador ante un profesor cuya maestría consiste en no necesitar palabras. Capaz de enseñar sin agredir con la explicación de intención magistral, capaz de ofrecer para su aprendizaje unos contenidos depurados de todo elemento sospechoso de merecer su cancelación en nombre del Bien. El docente del futuro transmite por medio de un cordón de absoluta simpatía unos contenidos inefables y puros que sólo pueden contenerse en imágenes.

En este entorno luminoso y profiláctico hay que ser un vestigio deplorable, un pobre hombre, incapaz y deteriorado para abrir la boca dirigiéndose a la clase, para decir: “Les ruego que abran el libro por la página... “. El más radical y temerario llegará incluso a citar algún nombre de la vieja tradición, siquiera sea para recordar compasivamente que, como decía Borges, el verbo leer no soporta el imperativo. Abran el libro, no lo lean a menos que a Uds. les dé la gana. Entre demandas de ajustarse a una programación detallada, exhaustiva hasta la náusea, vehiculada en formas pedagógicamente certificadas, que no ofendan la sutil identidad del joven, el frágil equilibrio de su psiquismo, la seguridad de su autoestima.

De hecho, el interior del aula disfruta cada vez más de una atmósfera de batalla, donde truenan voces malsonantes, sin respeto en el trato mutuo, con completa indiferencia a normas comunes de puntualidad, de turno de palabra, de cortesía en la expresión o en el gesto. Actitudes aprendidas en largas horas ante las pantallas, ropas que cuelgan del cuerpo y movimientos fatigosos impropios de la juventud, y más característicos de un organismo extenuado. Los pies se arrastran, los hombros se hunden abrumados por la carga de un tedio incalculable.

El profesor trata de evitar que el caos derive en agresión y guerra abierta de todos contra todos mientras vocifera sobre mineralogía o sobre logaritmos, sobre la prosa de Calderón o el mundo inteligible. Hace tiempo que en este espacio se olvidó el silencio que envolvía el sacramento de la continuidad, el acto de la tradición, y no queda la más mínima traza de esa “oración natural del alma” (W. Benjamin) que es la atención.

El profesor trata de convencerse de que el mundo ha cambiado y no puede seguir anquilosado, abrazado a la vieja imagen del magisterio: tan patriarcal, tan formal, tan arcaica. Hay que adaptarse a las nuevas metodologías y al milagro de la información y la telecomunicación. Al fin y al cabo, mañana habrá que regresar al campo de batalla: Como decíamos ayer... ¡Abran fuego!

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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