Decía el célebre González Ruano que la mujer, o es más valiente que el hombre, o se lo hace, que viene a ser lo mismo. Entre Ninette y un señor de Murcia, la militancia está abrumadoramente con Isabel. Y no solo la militancia, posiblemente parte de la ciudadanía. Porque a esta mujer, hoy icono de la resistencia más que presidente de Madrid, le dieron su voto electores que no son militantes ni, siquiera, simpatizantes del PP. Pocos, muy pocos políticos han conseguido en nuestra democracia ese logro de la transversalidad, que permite recibir votos de un amplio espacio político: Paco Vázquez y, quizás, Julio Anguita, como alcaldes respectivos de La Coruña y Córdoba. Uno socialista, comunista otro (QEPD), obtuvieron sufragios desde una derecha que, en otras circunscripciones, jamás hubiera votado al PSOE o al PCE. Que te vote gente que no simpatiza con tu partido es una excelente señal de democracia robusta y alentador signo de concordia cívica, alejado del sectarismo y la demagogia que habitualmente emponzoña la convivencia democrática, quizás, por el exagerado protagonismo de los partidos políticos.
Estamos con Roberts Michel y su ley de hierro de las oligarquías en que el enemigo público número uno de la democracia es el partido político. En España padecemos una democracia de partidos en vez de disfrutar de una de ciudadanos. A través de los presupuestos públicos, somos los ciudadanos quienes sufragamos a los partidos. Sin embargo, con su perversa organización de clan, con sus muros invisibles y con su raro y diabólico egoísmo, los partidos terminan siendo una férrea oligarquía de mediocridades grises. Con ellos, los ciudadanos no vamos a ninguna parte. Nos traen y nos llevan viendo pasar alforjas de corrupción y espuertas de odio. Cierto es que se necesita un tipo de ciudadano para que la democracia funcione y una opinión pública instruida con una sólida cultura democrática. Pero no existe otra alternativa civilizada como la democracia. El sistema menos malo, según Churchill. Debemos mejorarla. Y cuando rectifica, la democracia mejora ostensiblemente.
Y la derecha también debe mejorar, que lleva un tiempo siéndolo de intereses y no de ideas. ¡Y qué intereses! Ante tanta zozobra y casi naufragio, ¿hay partido? Puede haberlo. Pero no de solteros contra casados, que llevaría a permanencia de ruina y llanto sin remediar quebrantos. La retirada de Casado se torna obligatoria cuando la lucha se ha vuelto inútil. Casado ya no puede presidir la labor sepulturera sobre ese otro alguien que sin ser nadie, sino complejo y resentimiento, sospecha y desconfianza, quiso gallear. Porque también Casado es un cadáver político. El fuego amigo siempre fue un tiro en tu pie. Es el no hay galerna (Gento presente) pero la invento. Y al cabalgar sobre tormenta, seguro que se pierde el sombrero y, probablemente, la cabeza. Hay que saber perder, saber dejarlo, saber irse. La de la renuncia es una de las tareas más valientes del ser humano. Siempre en la derrota queda espacio para la dignidad si uno sabe aprovecharlo.