Érase una vez, hace ya varios, creo recordar que en la primavera de 2018, siendo yo Consejero de Educación en la Embajada de España en Marruecos, un importante evento que había congregado durante varios días en Rabat a estudiantes en español de toda la extensa red de colegios que tiene España en el país vecino. Cuando Zoubaida El Fathi, presentadora de la edición en español del telediario de la televisión marroquí, oficiando el acto de clausura de la XIX Semana de Teatro en Español, anunciaba que me cedía el uso de la palabra, renuncié a pronunciar la disertación que tenía preparada y cuyas ideas principales expongo más abajo.
Mis sesudas reflexiones sobre el caso me habían conducido a pergeñar un discurso sobre la relación entre el teatro y la vida, pero, vistas las circunstancias imperantes, lo avanzado de la hora y la emoción exaltada de los asistentes en la sala Bahnini de Rabat, me limité a pronunciar unas sencillas palabras de gratitud para anunciar el comienzo de la entrega de premios. Ese largo centenar de jóvenes actores, llegados de todos los puntos geográficos de Marruecos, procedentes de la red de centros que despliega el Estado Español en el país, durante cuatro sesiones cada día de la semana de teatro escolar en español, habían divertido y emocionado a miles de espectadores, demostrando con su buen hacer el papel fundamental que el teatro puede desempeñar en el aprendizaje de la lengua y, lo que es más importante, en su propia formación como personas.
El arte del espectáculo, desde su remoto origen en los clásicos Esquilo, Sófocles y Eurípides, ha cumplido una función de mímesis y catarsis con relación a la realidad que refleja e imita en el espacio escénico. La tragedia clásica, en la que los protagonistas deben superar las limitaciones que la fuerza del destino o la voluntad de los dioses imponen a los deseos de sus protagonistas. La antítesis entre la fuerza de la ley y el volcán de los deseos y sentimientos más profundos y personales. Purificación y catarsis a través del reconocimiento trágico de las constricciones a las que se ve sometida la voluntad de los actores.
También en la comedia el protagonista supera mediante el humor la monotonía o la villanía que le rodea, la mediocridad de la condición humana, con sus miserias y grandezas, los comediantes nos hacen reír y endulzan nuestra vida representando el lado jocoso que acompaña a toda existencia humana, ridiculizando a los poderosos, enseñándonos a tomar la vida por su costado alegre y divertido.
Pero inversamente, el modelo escénico nos permite comprender que la vida real funciona con esquemas similares al arte dramático. Desde los análisis de la sociología de la vida cotidiana y el interaccionalismo simbólico, autores como el norteamericano Erving Goffman hace tiempo que nos enseñaron la fecundidad del modelo dramático para comprender los entresijos de la vida social. Como en el teatro, toda acción supone en cierto modo una representación en la que el éxito depende del buen hacer de sus actores.
La fidelidad al papel que se debe representar implica ser coherente y disciplinado, responder a las expectativas que los demás actores de la vida social tienen sobre nuestra actuación. Coherencia, disciplina, fidelidad a lo que representamos y los demás esperan de nosotros: buen elenco de valores que fomenta el teatro como herramienta educativa. Sin olvidar que, como en la representación teatral, los fallos o disrupciones de la acción requieren la solidaridad de todo el equipo de actuantes para salvar la continuidad de la acción.
El aprendizaje a través del teatro nos enseña, por ejemplo, que el olvido del papel puede ser cubierto con un buen apuntador tras las bambalinas, o por la improvisación creativa de otro miembro del equipo de actuantes, porque el espíritu de equipo es otro valor fundamental para la vida real que nos enseña la práctica del teatro. En la vida real, ciertamente, casi ninguna acción podría ser emprendida con éxito sin el concurso de los demás que, ante todo, son los miembros del propio equipo que protagoniza la acción; pero también, sin duda, no podría ser desarrollada ninguna empresa vital sin la colaboración proactiva de los receptores de la acción que, en la escena dramática, constituyen el auditorio que contempla el espectáculo.
Finalmente, otra lección no menor que nos transmite el teatro consiste en enseñarnos a vivir estéticamente, respetando como un valor sagrado a cada persona que se esconde detrás del personaje con el que interactuamos, cuidando la expresión con la que nos acercamos o dirigimos al destinatario de nuestra acción, elaborando más literariamente el lenguaje para que el arte, en definitiva, no solamente sirva para imitar la vida y liberarnos de sus miserias, sino también para que al imitar al arte, nuestra vida, alejándonos de las formas de la barbarie, nos acerque un poco más a la humanidad de la humanidad.