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TRIBUNA

Guerra e historia

domingo 27 de febrero de 2022, 18:52h

Aunque se repite constantemente que la verdad es la primera víctima de una guerra, todos pasan inmediatamente a revelárnosla. En la boca de cada opinante cobra, sin embargo, una forma distinta de manera que o la verdad es asombrosamente mudable o, simplemente, no conocen la verdad. La forma más común de la “verdad” entre nosotros muestra una Rusia imperial dominada por un autócrata enfurecido; pero también está la que enseña un peligroso imperio agonizante que, liderado por un anciano, busca sostener su hegemonía en un terrible acto de afirmación. Están los que acuden a la alianza de fondo entre Xi Jinping y Vladimir Putin, entre China y Rusia, para hacer frente al dominio estadounidense a medio plazo, si bien el medio plazo se cuenta hoy en años, ni siquiera en lustros. Y siempre están los que apelan a lo obvio: a la desolación y la miseria, al sufrimiento y la muerte, con el único objetivo de oponer el bien sin matices al mal absoluto.

Es natural que todos ignoremos la verdad en relación al mañana porque, aunque cabe hacer pronósticos sobre la base de un diagnóstico informado, el pronóstico no se verifica más que en un futuro que todavía no es y que entretanto está constitutivamente abierto. Por otra parte, el diagnóstico fiable requeriría una información no sólo de enorme complejidad, sino necesariamente oculta y distorsionada. Los que opinan no tienen acceso a los arcana imperii y se mueven en el terreno intermedio de las informaciones prefabricadas. Por lo demás los opinantes forman parte de la batalla, a menudo directamente porque están positivamente alineados, en ocasiones indirectamente a través del uso de parte que recibe su cándida opinión. De ahí procede en buena medida, la angustia que desata la actual circunstancia.

Así pues, dada mi carencia absoluta de formación e información, no diré nada sobre las causas y fundamentos de esta guerra que amenaza extenderse por la superficie secularmente maltratada de Europa. Pese a todo, si hay algo que comparten expertos y tertulianos es la calidad de comparsa de la vieja Europa, cuya burocrática Unión – señalan – mostrará ahora su irrelevancia. Hace un siglo que sabemos que Europa no manda en el mundo, sino que sirve simplemente de campo de batalla entre oriente y occidente. Somos el teatro, pero no formamos parte del elenco. Los europeos figuran como la muchedumbre de los caídos, los heridos y los miserables, aunque pudiera encontrarse entre ellos algún secundario con frase.

¿Volveremos a expiar las culpas históricas que se nos atribuyen, para el deleite de los resentidos y penitencia de los que han manifestado tanto tiempo una suicida voluntad de expiación? ¿Reclama este viejo campo de batalla, que ha conocido las guerras más sangrientas, una nueva siembra de cadáveres?

En este espectáculo atroz resulta de una irresponsable ingenuidad asombrarse de la actual posibilidad de la guerra o, más propiamente, de su incontestable realidad. Como si tras el anuncio de la paz perpetua no hubiéramos conocido ya las masacres más cruentas de la historia humana. ¿Qué doctrinas han alimentado a tantos que se llevan las manos a la cabeza ante el simple curso de la historia? Sólo una vieja doctrina, en absoluto un producto del racionalismo moderno, ha fundado una promesa a la que podamos abrazarnos y no en un abrazo plácido y confortable, aunque pueda resultar sereno. Sólo el abrazo a la Cruz del martirio ofrece una promesa de salvación.

El resto, promesas luminosas e ilustradas, higiénicas y racionales, reciben cada cierto tiempo el mentís de la terrible historia humana. No sabemos nada, aunque podamos reconocer intenciones en las acciones ejecutadas y debamos disponernos a la respuesta, pero no sabemos, y acaso no sea tampoco necesario que sepamos, dónde está hoy la verdad prostituida. Quisiera al menos que la respuesta fuera un acto de defensa que permitiera no odiar al enemigo. Temo, sin embargo, que volveremos a ver sobre nuestros rostros la repugnante máscara de las bestias.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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