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TRIBUNA

John Elliott y las formas de unión política: uno de sus grandes legados.

Jon Arrieta Alberdi
lunes 14 de marzo de 2022, 20:13h

La noticia del fallecimiento de Sir John Elliott nos ha encontrado desprevenidos. Toda su existencia y, particularmente, sus últimos años, han estado presididos por una incansable actividad, traducida en su producción escrita, en sus conferencias y asistencia a diversos actos de orden académico y cultural y en las entrevistas concedidas y difundidas en diferentes medios de comunicación. Por otra parte, quienes hemos tenido la suerte de colaborar con él hemos mantenido el contacto con su asombrosa capacidad de responder inmediatamente a los correos y comunicaciones y de estar pendiente de las situaciones personales y familiares de cada interlocutor. Por todo ello, creíamos que podríamos seguir contando con él por mucho tiempo, en compañía de su esposa Oonah.

En esta triste circunstancia, es oportuno traer a estas líneas de recuerdo y evocación personal, una de las cuestiones que estuvieron en el centro de la labor investigadora de Sir John desde el principio. Como profesor visitante en la Universidad de Oxford en el curso 2005-2006, pude contar con su generosa colaboración en la celebración de un seminario sobre las Formas Unión (política) en las monarquías española y británica de los siglos XVII y XVIII, celebrado en el European Studies Centre, dirigido entonces por Timothy Garton Ash. Gracias a la intermediación de Elliott, fue posible la presencia e intervención de prestigiosos investigadores británicos (James Casey, Jenny Wormald, John Robertson) y españoles (Pablo Fernández Albaladejo, Xavier Gil Pujol, Gregorio Monreal, José María Portillo, Jesús Astigarraga). Me resulta fácil y directo seguir el hilo de la aportación del gran hispanista en su intervención en este seminario (publicado por Eusko Ikaskuntza, en inglés, en 2009).

Elliott empezó diciendo que la cuestión le parecía de gran relevancia tanto si se situaba en el pasado como, especialmente, por su trascendencia en el mundo contemporáneo. Es más, pedía permiso para la declaración personal de que este tema, el de las formas de unión en perspectiva comparada británico-española había estado en el centro de su interés desde que se aproximara en 1950 a la historia de la España de los Habsburgo. En ese tiempo, vivía con expectación los efectos reformistas del gobierno de Clement Attlee, en un momento histórico en el que, en cierto parecido con la España del Barroco, en la Gran Bretaña se hacía frente al futuro con la necesidad del mayor acierto posible en la forma de unión, que permitiera el mantenimiento de una organización política capaz de seguir acogiendo a una extensa, numerosa y plural comunidad de personas que reunía gentes de diversos países, lenguas y culturas.

Elliott ha declarado repetidamente que esa perspectiva había presidido sus estudios sobre el Conde-Duque y la revuelta catalana de 1640, en el seno de la fluctuante relación entre las coronas castellana y aragonesa, tomadas al efecto desde la Baja Edad Media. Sus reflexiones sobre formas de unión, reconocía el maestro de Oxford, le habían servido para aplicarlo también a la España extendida por América y, en general, a los imperios del mundo atlántico. En su opinión, la historiografía dedicada a la Monarquía de los Habsburgo contribuyó a la recuperación del valor de las monarquías compuestas, de modo que la forma en que estuvieron estructuradas, conforme a modelos de incorporación accesoria o igual y principal (aeque-principaliter) pasaba a tener un valor especial para avanzar debidamente y llegar a conclusiones al respecto. Ahora bien, Elliott no renunciaba a considerar el valor de la perspectiva histórica para proponer un rápido recorrido del tiempo barroco a la Europa contemporánea, desde de la Primera Guerra Mundial, época que trajo consigo un cierto descrédito de las formas propias del Imperio Austro-Húngaro, hasta el final de la Segunda y la progresiva realineación de fuerzas políticas nacionales y regionales, de modo que, recíprocamente, la génesis misma de la Unión Europea, como entidad supraestatal y con su combinación compleja de unidad y diversidad, ayudó a comprender mejor las dinámicas de aquellas organizaciones político-territoriales.

En aquel año 2006 del seminario oxoniense, tanto la Gran Bretaña como España estaban en un proceso de reacomodación de sus integrantes: la llamada “devolution” en el primer caso y el estado de las autonomías en el segundo. Elliott no dudaba en conectar la cuestión, en lo que a España se refiere, con la Constitución de 1978. Es llamativo que en esa fecha, abril de 2006, expresara su preocupación por la falta de atención de “nuestros políticos, peligrosamente a-históricos”, a la experiencia histórica que en España y Gran Bretaña había sido tan rica y dinámica, no solo, añadía, en términos jurídicos y constitucionales sino también desde la vital perspectiva de la unión de “mentes y corazones”. Veía en el centro del problema la convivencia (usaba la palabra original castellana) “que sigue siendo crucial para nuestra supervivencia”. Una frase que podría sonar excesiva en 2006, pero que resultó ser muy acertada, y que Elliott ha sabido llevar al terreno del análisis profundo y detenido en su estudio comparativo entre los casos de Escocia y Cataluña (2018).

El interés personal de Elliott por llamar la atención de los españoles hacia la importancia y gravedad de las deficiencias en la “convivencia” derivadas del deterioro en el plano de la sintonía de “mentes y corazones”, le llevó a leer con detenimiento la misma Constitución Española y extraer de ella lo que consideraba digno de atención para su aplicación real y efectiva en este orden de problemas y deficiencias. Contamos para ello con varios textos y testimonios, en los que ha insistido en el insuficiente aprecio que se tiene en España a determinados principios y directrices que la Constitución ofrece para la debida ordenación de la convivencia. Nos ha dejado un texto magnífico, fruto de su intervención en el acto de su investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Cantabria, el 28 de enero de 2015, en el que la laudatio corrió a cargo del profesor José Ignacio Fortea.

Tras una amplia y reflexionada introducción, Elliott trae a colación la sorpresa que le causó en su día el uso tan frecuente del término patria en la Cataluña del siglo XVII. No rehúye la problemática relación histórica de este concepto con el de nación. Pero llama la atención que haya reparado en el detalle de que, precisamente en el punto en el que la Constitución consagra la “indisoluble unión de la nación española”, sea esta última calificada, inmediatamente, como la “patria común” de todos los españoles (léase con atención el tan citado artículo segundo). De esta forma, un profesor “extranjero que se atreve a intervenir en asuntos de los demás” nos recuerda que, en su opinión, “el sentido de patria común que aporta la Constitución de 1978 contiene en sí mismo una de las claves para resolver los problemas actuales”. Los dos últimos párrafos de su discurso, después de haber señalado los riesgos de rupturas y separaciones, vuelven a centrarse en el significado de la condición de común y compartida de la patria española. De este modo dota de sentido a su otra idea sustancial: el carácter naturalmente plural de esa patria, que para ser común debe ser capaz de acoger a sus pueblos, lenguas y culturas.

Elliott pedía permiso en esa ocasión para esta propuesta interpretativa, y, educada pero hábilmente, la puso sobre la mesa. Creo que la ha repetido en varias ocasiones últimamente, como si nos quisiera recordar que en España nos olvidamos de lo que la propia Constitución nos ofreció y sigue ofreciendo si se aprovechan y desarrollan los principios tan claros que proporciona en el terreno de la articulación entre lo común y lo propio, entre lo particular y lo compartido. Ha insistido últimamente en que no hay en la historia “excepcionalidades” y en que no convienen a las sociedades ni a su convivencia interna las posiciones monistas y excluyentes, sobre todo si se pretenden asentar en hechos históricos interpretados, a su vez, en clave de buenos y malos patriotas.

En toda esta cuestión me quedo con la reproducción literal de una frase a la que he aludido al principio de estas líneas de recuerdo y reconocimiento: “The problems of living together - of what Spaniards call 'convivencia' - are the problems of every age, and remain crucial to our survival”. Elliott dedicó una gran parte de su labor de historiador a estos problemas, pero su invitación a tener en cuenta toda esa experiencia al afrontar el tiempo político presente no deja de ser parte de su inmenso legado.

Jon Arrieta Alberdi

Catedratico de Historia del Derecho de la UPV

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