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TRIBUNA

Silencio

martes 15 de marzo de 2022, 19:52h

Cualquier esbozo de opinión sobre el actual estado del mundo constituye un riesgo innecesario y acaso sería lo mejor guardar un respetuoso silencio. Por el bien de todos y por la dignidad de los caídos.

Es paradójico recomendar silencio y hacer esta página. No es fácil, desde luego, cabalgar esta contradicción. Quisiera, sin embargo, escribir estas líneas aproximándome profundamente al silencio, quisiera que fueran una rogativa por la salvaguarda de la última realidad, una letanía por la desolación de un mundo arruinado, por el vínculo que nos elevó sobre las bestias, aunque lo hayamos olvidado, por el eco de una voz que no escuchamos y la forma del viejo rostro humano. Quisiera que estas líneas fueran la oración que se murmura al borde del silencio, poco antes de callarnos. Quisiera que ese fuera su sentido, pero es exactamente su contrario.

Bajo la faramalla informativa se pierde la huella tenue de la realidad. Lo mejor sería no pronunciar una palabra más y repetir las fórmulas de la súplica y la plegaria, buscar el auxilio que nos conduzca en la batalla y nos dé la fuerza para permanecer verticales y firmes. En mitad del ocaso, ante las tinieblas, vencedores de la desesperación. Incapaz de mantener esa firmeza, quisiera, al menos, que mi discurso no fuera de imprecación, ni asco.

Si encontrara la palabra que sólo pudiera decir mi voz, la que sólo yo supiera pronunciar, cuyo significado sólo luciera en mi expresión. Ni “amor”, ni “luz”, ni “patria”, ni “verdad”. Entonces valdría la pena abrir la boca, articular realmente el sonido, dejar que se llenara con el peso leve de la Gracia. Pero no hay nada que yo pueda decir y no se diga, no se haya dicho o se dirá mañana.

Seguir hablando pese a la conciencia plena de nuestra impotencia. Criaturas que no son nada y cuyo poder se reduce a la negación: eficacia destructiva, sustancia corrosiva que deshace sólidas aleaciones y metales de dureza acreditada. No tengo nada que añadir.

Que hablen expertos de voz tonante, que hagan las proclamas que exacerban a los necios y definan los términos del problema y las vías de solución. Como si no estuviera en juego el horizonte de los días, como si no nos jugáramos el sentido de nuestro paso por la tierra, con la triste impotencia de la bestia humana. Que emitan sus novedades con la fraseología decantada por los técnicos de la información y la propaganda. Que enturbien la cabeza y el corazón de un auditorio angustiado. Frente a su algarabía quisiera bruñir con la oración la bóveda de la palabra. Musitada y casi muda, en fórmulas milenarias. Se me ahoga, sin embargo, en la garganta.

La guerra es únicamente la forma visible de una arraigada desolación, la manifestación atroz del eco que nos retumba en el hueco del pecho. Signo del vacío que hay en el lugar del corazón y de la niebla que oscurece nuestra frente. Aseguramos que, tras la guerra, seguirá su curso el mundo y, sin sentir el misterio que supone la aniquilación, nos vemos viendo un paisaje lunar en una tierra arrasada. Hace tiempo que el desierto nos desborda las entrañas, hemos ido sembrando el mundo de sal y nos hemos acostumbrado a la tierra quemada. Hace tiempo que respiramos humo y apenas notamos el olor a ceniza que emana nuestra sustancia.

Es posible que haya que pelear mañana para defender la última patria. Sin el fervor del que conocía el nombre de la realidad, caeremos con el arma cargada porque sólo el odio es apto en la batalla. Nuestro asco no sirve para fines militares. La oración ruega en silencio el auxilio que nos libere del hastío: para poder mirar sin convulsiones el rostro absurdo del animal humano. Hace ya mucho tiempo, sin embargo, que de Dios sólo vemos la espalda.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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