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AL PASO

La guerra en Ucrania, nosotros y la OTAN

Juan José Solozábal
martes 22 de marzo de 2022, 20:24h

I-Sobre la guerra, a estas alturas, existen incertidumbres y seguridades. No sabemos qué pasará, esto es, quien ganará finalmente la guerra sobre todo si se piensa en términos de futuro. Puede que en lo inmediato se imponga Rusia, aunque ciertamente lo hará con más dificultades de las previstas; otra cosa es si se piensa en la situación a largo plazo, vista la resistencia ucraniana, que hace presumir que las dificultades de la ocupación serán considerables, quizás insuperables para los invasores. Pero fuera de estas nieblas hay certidumbres considerables. Sabemos qué es lo que hemos de hacer: alinearnos sin dudar en la posición de la Unión Europea, esto es, ayudar a los ucranianos en su defensa frente a Rusia: se trata de un pueblo amigo en apuros, que se enfrenta a una agresión sin justificación alguna y que lo hace en nombre de nuestros propios valores, que son los de la democracia y el estado de derecho. Además defendiendo a los ucranianos nos defendemos a nosotros mismos: no parar a Rusia ahora es exponerse a un nuevo ataque pronto de un agresor envalentonado y más poderoso si sale victorioso de su empeño presente sin resistencia.

II- Hay más certidumbres todavía sobre la verdadera naturaleza del conflicto. Putin presenta su actuación como la respuesta preventiva al peligro que representa Ucrania, con sus armas escondidas o su voluntad genocida respecto de la minoría rusa. Mas bien se trata exactamente de una manifestación de nacionalismo en busca de la recuperación del imperio zarista o soviético, una especie de la actuación de un nacionalismo de nostalgia. A esta explicación en clave nacionalista parece adecuado añadir la necesidad de un régimen en progresivo descenso de legitimidad de compensar la imagen de su fracaso con una victoria militar. Rusia no puede soportar que justo Ucrania ofrezca una atractiva imagen de prosperidad y libertad como alternativa al sistema de anquilosamiento, represión y dictadura que el estado de Putin presenta. El proceso ha sido muy bien visto por algunos observadores cualificados. Anne Aplebaum lo decía con toda claridad: Putin ha invadido Ucrania porque la determinación de ese país de convertirse en una democracia es un envite claro al proyecto nostálgico de política imperial que él propone. La experiencia revolucionaria de Ucrania en 2014, expulsando a un presidente corrupto y autoritario es exactamente el tipo de revolución que Putin teme. “Sabe que si Ucrania tuviera éxito en su impulso democrático y en su integración en la UE, los rusos podrían preguntarse ¿y por qué no nosotros también?”

Es interesante señalar la hora negra del nacionalismo ruso, al que apelará Putin con muy pocas posibilidades de éxito, al menos fuera de las fronteras patrias. El nacionalismo ruso frente a otros nacionalismos como el inglés o el francés es un nacionalismo reactivo: el nacionalismo del resentimiento : construido como un antimodelo, que se afirma odiando al modelo, “construyendo una imagen en directa oposición a él”. Lo que pasa es que el sistema antioccidental, que Putin representa, tiene muy pocas posibilidades de éxito. Un periodista apunta en su crónica para la New York Review of Books(NYRB) que el atractivo del modelo ruso ha ido declinando en Ucrania especialmente en las ciudades y entre la juventud. Cierto que por eso la lucha contra él será especialmente agónica: los tanques entrando en las ciudades ucranianas no serán recibidos con aplausos. La juventud ucraniana tiene muy clara su apuesta. En las grandes ciudades como Leópolis, Odesa, Jarkov, y Kiev el sentimiento ruso ha sido superado. Ello no ocurre en las pequeñas ciudades, pero por primera vez en las grandes se respira como en cualquier ciudad europea. De otro lado la apuesta por la ucranización impulsada por las escuelas ha sido un éxito y ha surgido una generación orgullosa de ser ucraniana. Los mayores sienten nostalgia por su feliz juventud soviética y confunden la URSS con Rusia. “Pero el mundo se ve diferente, dice Tim Judah, si puedes volar a Barcelona el fin de semana por 30€.”

El filósofo alemán Peter Sloterdijk, en una conversación con Berna González Harbour, en el Pais se refería a mi juicio bastante lúcidamente al contexto poco propicio al nacionalismo ruso de Putin: Putin pretende el liderazgo pero sabe que el estilo de vida ruso no es atractivo. No tiene ningún encanto, y no puede competir con los elementos del modo de vida occidental. Las únicas armas que tiene son la subversión, la corrupción, la desinformación y el discurso habitual contra la decadencia occidental. “¿Cómo pretender ser una gran potencia así? La Unión Europea sola tiene más de 400 millones de habitantes, es débil, es intensiva en consumo y no muy buena en combate, no tiene ningún esplendor militar, pero es reina en estilo de vida”.

III-Volvemos a las incertidumbres o perplejidades del principio. Se trata del papel de la OTAN en la crisis de Ucrania. Al estudio de esta importante cuestión se acaba de referir un libro sobre la alianza militar dirigida por los Estados Unidos, que yo sigo, a través de la reseña de la NYRB de Fred Kaplan. Se trata de la obra de la historiadora M. E. Sarotte Ni una pulgada: Estados Unidos, Rusia y la creación del estancamiento posterior a la Guerra Fría, consistente en un relato de los primeros diez años de expansión de la Organización militar tras el fin de la guerra fría. Kaplan formula, para empezar, una rotunda condena de la invasión, a la que repetidamente califica de brutal, de alcance desmedido e injustificable, mero “fiat y fuerza”. Más aun, no tiene dudas de que si la OTAN no se hubiese expandido a las naciones del Centro y Este de Europa, dejándolas gestionar su propia seguridad, Putin no las habría respetado: si Estonia, Letonia y Lituania no hubiesen entrado en la OTAN, concluye, no cabe duda de que ahora no serían Estados independientes. Por supuesto además hay que contar con que la expansión de la OTAN, que fue creada en 1949 y a la que pertenecía Alemania desde 1955, era deseada fervientemente por los estados que querían entrar en ella. Así se aducen testimonios por la Sra. Sarotte, de Havel o Walesa, imbuidos de un profundo miedo al resurgir de Rusia, que impresionaron a Clinton y le convencieron de que la OTAN era clave no solo para la seguridad de Europa sino para su estabilidad. Ahora bien en todos los momentos de la expansión de la OTAN no han faltado voces, algunas del nivel político de Chirac, Merkel, o correspondientes a analistas de la política exterior de los Estados Unidos, o de su alto personal diplomático o militar, alertando de los riesgos de la ampliación atlántica. Lo que se argumenta, básicamente, es la sobreactuación que suponía de la organización, hiperdependiente de los intereses de los Estados Unidos, así como la ignorancia del peligro representado por el resentimiento y la humillación de Rusia, como parte derrotada en la Guerra Fría. Por ejemplo, el Senador Sam Nunn y Brente Scowcroft, que había sido consejero de seguridad nacional del Viejo Bush, pedían interrumpir la ampliación de la OTAN, recordando lo que John Maynard Keynes había apuntado sobre los errores hechos tras la primera Guerra Mundial: “ el fatídico trato a un anterior adversario desmoralizado”, actitud que no se podía repetir.

Esta política no se paró y, antes bien, a instancias de Bush hijo recibió impulso en la Conferencia de la OTAN en abril de 2008 donde, según el comunicado oficial, se daba la bienvenida a las aspiraciones de Ucrania y Georgia a formar parte en ella, lo que a varios lideres -entre ellos la Sra. Merkel- pareció a la vez innecesariamente provocativo e impracticable, pues Ucrania no cumplía con los requisitos necesarios para formar parte de la Organización, entre ellos una política firme anticorrupción.

Como se prueba en el libro de la Sra. Sarotte, no salió adelante algún proyecto de ofrecer un recambio a esta política de expansión de la OTAN , como el Paternariado por la Paz que ideó Clinton, y al que se adhirió Yeltsin con entusiasmo. Desgraciadamente es muy dudoso que iniciativas como esta, o las seguridades ofrecidas por el presidente Biden, garantizando la transparencia en las operaciones militares de la Organización o la convocatoria de una conferencia sobre la seguridad europea con especial atención a los legítimos intereses de Rusia, pudieran haber convencido a Putin de lo injustificable, en todo caso, de la brutal agresión a Ucrania que ha perpretado.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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