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TRIBUNA

Repaso a una memoria agrícola

lunes 28 de marzo de 2022, 20:16h

Daniel Arasa, periodista y doctor en Humanidades y Ciencias Sociales, prosigue su tarea de reconstruir lo olvidado y desfigurado, pero también lo no vivido por sus lectores. Vida i miracles dels anys de pa negre (Carena) es el título de su nueva entrega: 'Vida y milagros de los años de pan negro'. Es una postal de recuerdos, vivencias y análisis de los años 40 y 50 del siglo XX. Nacido en un pueblo del municipio de Tortosa, en una zona agrícola de la que partió con 16 años para estudiar en Barcelona, Arasa rastrea en estas páginas costumbres y mentalidades, evolucionadas con el transcurrir del tiempo. Nunca da por buenos los lugares comunes, prejuicios y estereotipos (por definición: rígidos, inamovibles, estúpidos) y su estilo de narrar es próximo y ameno.

A la Guerra Civil le sucedió un período de despiadada represión política y de miseria económica. A los españoles se les clasificó desde el poder en las categorías de adictos, indiferentes y desafectos al régimen, por consiguiente, desde una escala ideológica se pasó a otra de hostilidad. Luis García Berlanga, ex miembro de la División Azul, refería que un ministro le expresó a Franco su descontento por el director de cine, a quien acusaba de ‘comunista’. El dictador guardó silencio para decir a continuación: “Berlanga es algo mucho peor, es un mal español”.

De aquellos polvos vienen estos lodos. Daniel Arasa, antiguo miembro del Frente de Juventudes, habla con cariño y ponderación de los campamentos que pasó con su hermano en Covaleda, en la soriana Sierra de Urbión. También recuerda haber oído más de una vez en su Tortosa natal que: “Si eres español, habla español”. Lo deleznable se camufla por igual en partidos que se dicen antagónicos: guardan en común una intolerancia y una exclusividad siempre cretinas.

Las cartillas de racionamiento se iniciaron al poco de acabar la guerra y duraron unos catorce años, hasta 1953. Arasa recuerda la ropa reutilizada y remendada, el pan con aceite y también el pan con vino, el cual permitía gastar el pan seco creyendo que daba fuerza a los chicos. Los caliqueños, la matanza del cerdo, la Fiesta de los Quintos (en la víspera de incorporarse al servicio militar). Remembranzas de épocas pasadas en que la muerte estaba muy presente y el duelo era interminable. Pero, a pesar de los pesares, no era una sociedad triste. Durante un tiempo, los jóvenes tenían ilusión y no se sentían víctimas. Yo diría que, en ese sentido, las cosas empeoraron en los últimos quince años del franquismo, con una vergüenza notoria por la condición de español al asumir la continua propaganda franquista: España= Franco y padecer un desesperado complejo de inferioridad con Europa.

No podían faltar en estos recuerdos los tebeos, las bicis y los vehículos de motor, con los primeros tractores. Los perros y gatos, habitual y salvajemente apedreados. Los mulos y los carros.

Durante la Segunda República, explica Daniel Arasa, se trazó una división de Cataluña en comarcas, siguiendo el criterio de que la distancia entre dos puntos cualesquiera a la capital de comarca pudiera ser recorrida en carro, la ida y la vuelta, en un solo día. En el habla diaria se decían muchas palabras en castellano, pero entre los payeses de la zona a menudo se introducía un cambio curioso en la dicción, consistente en sustituir el sonido de la j por el de la c. La abuela del autor, dice, llamaba a sus hijos ‘Cosé’ (José), Cuanito (Juan), Cavier (Javier). Y para decir ‘atenció’, ‘¡ojo!’ en castellano, la gente decía ‘oco!’.

En esos años, destaca Arasa, los chicos adquirían muchos más conocimientos que hoy, a pesar de las limitaciones y privaciones que padecían la mayoría de ellos. Opina que es una simplificación afirmar que aquella educación era sectaria e injusta, en todos los órdenes.

Daniel Arasa no es una persona equidistante, pero reitera que durante la guerra “los republicanos cometieron miles de asesinatos, extorsiones, destrucciones e incendios de iglesias, expolios, persecuciones y despidos del trabajo…”. Sin reconocer esta realidad histórica incontestable, las lecciones de integridad a diestro y siniestro que algunos van dando día tras otro sobran, están fuera de lugar.

Son de interés las historias que cuenta sobre el maquis y sobre figuras como la Pastora. Algunos de los que extorsionaban por las tierras del Ebro no eran maquis, sino grupos de guardias que, vestidos con una indumentaria irregular y desastrada, sucios y sin afeitar, se hacían pasar por maquis. Bajo amenaza, exigían comida y refugio en algunas casas que estaban aisladas. Días más tarde se presentaban en la casa guardias civiles con uniforme y tricornio, afirmando haber tenido noticia de que allí habían ido maquis, y que esa familia no los había denunciado, como debían hacer. Nuevos hostigamientos y enredos: “Esa lucha feroz, cruel y casi silenciosa provocó el despoblamiento total de muchas áreas rurales”.

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