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TRIBUNA

El humilde y prodigioso “Grillo” della Paolera, amigo de Borges

viernes 01 de abril de 2022, 20:07h
Actualizado el: 04/01/2022 20:23h

Los días sábados eran sagrados para Borges. Invariablemente, hacia la media mañana, llegaba a su departamento de Maipú y Marcel T. de Alvear, su secreto amigo Félix della Paolera, apodado “Grillo” (o “El Grillo”, como Borges lo refería). Luego emprendían una dilatada caminata sin rumbo fijo y al mediodía, almorzaban en cualquier restaurante de cualquier barrio de Buenos Aires. “Grillo”, era escritor y se ganaba la vida con un consagrado taller literario. Yo fui, quizá, el único que tuvo el privilegio de acompañarlos alguna vez y de participar de los generosos diálogos mantenidos por los dos amigos. Como ya dije, no había un restaurante preferido. “Grillo” lo iba a buscar y como buenos caminadores sumaban cuadras y cuadras en el recorrido y hacían alto en dónde más se tentaban. Allí, Borges saboreaba, como era su costumbre un arroz con manteca o un suculento plato de ñoquis a la crema y una naranja de postre. La siempre oportuna y talentosa fotógrafa “Julie” Méndez Ezcurra fue, quizá, la única que registró esos encuentros íntimos y casi secretos; también el admirado Pedro Roth, que registró un encuentro en una reunión familiar que referiré en otro párrafo. Escuchar las conversaciones de estos sabios y particulares amigos, alegraba el alma. Empezaré por el comienzo de esta entrañable relación.

Todo se inició una mañana de marzo de 1948 cuando “Grillo”, que vivía en el pueblo de Adrogué por aquel entonces, como lo hacía todos los días, esperando el tren de las diez y cuarto, bajo el alero del edificio inglés de la estación, alcanzó a ver la figura de un todavía poco reconocido Borges que él sí conocía porque era su devoto lector. No se atrevió a encararlo en el andén, pero se acercó después, cuando ya estaba sentado en el vagón y se presentó. Entre el traqueteo y el viento que entraba por las ventanillas, Félix “Grillo” della Paolera, preguntó: “Discúlpeme, ¿usted es Borges, verdad?”. Y ante su sorpresa, con una amable sonrisa en los labios, oyó la inesperada respuesta: “¡Bue-ee-no, no me queda más remedio, señor!”,

Era una mañana de verano y Borges estaba de vacaciones en la casa de su hermana Norah: Esa mañana tenía turno para ir al oculista. “Lo acompañé hasta la clínica -recordaba “Grillo”-, y quedamos en encontrarnos al regreso”. Cuando esa noche volvieron a Adrogué, hicieron un alto en el hotel La Delicia, para tomar una copita de ginebra. En ese sitio ya histórico, aludido por Borges en uno de sus relatos, conversaron y bebieron hasta el amanecer. Durante aquella velada, entró imprevistamente al salón William Foy, un inglés muy solitario que residía en una de las habitaciones. “Grillo” della Paolera le preguntó a Borges si era el mismo Mr. Foy que le había inspirado la creación de su personaje Herbert Ashe, el ingeniero taciturno que poseía el tomo XI de la Enciclopedia Tlön Uqbar Orbis Tertius; a lo que el artífice respondió afirmativamente.

“¿Y por qué no lo invitamos, puede ser muy interesante?”, sugirió “Grillo”.

“¡Pero no, cómo se le ocurre, déjelo ahí nomás! -respondió Borges-. ¡Me aterraría conversar con un personaje de mis cuentos!”

La literatura los unía y, como no podía ser de otra manera, desde ese comienzo ambos se entendieron muy bien y a partir de ese día sellaron una amistad y empezaron a viajar juntos en los modestos ciudadanos recorridos en tren; años después, vendría como un rito, el hábito de encontrarse todos los sábados, salvo cuando alguno de los dos estaba fuera del país. El que todavía persiste en este mundo y registra estas evocaciones, subraya que a veces los almuerzos eran literarios, y otras veces eran ‘paraliterarios’, cuando no de pura chismografía, pues jugaban, por ejemplo, a ver quién se acordaba de los peores poemas que habían leído y al final ridiculizar al autor. De uno de esos encuentros pervive en mi memoria el siguiente diálogo:

“¡A ver qué le parecen estos versitos, Borges! -desliza “Grillo”-: unos mágicos números/ y luego la delicia / de una voz en la mano / como flor recién cortada / y más luego esa voz al instante / que recoge la esperada / sensación de silencio. / ¡Qué misterio y caricia, señor mío / ¡Qué misterio!

“¡Cá-aa-ramba, ‘Grillo’ ha dicho usted unos versos realmente espeluznantes que ponen los pelos de punta. ¿Quién es el autor?”

“No lo va a creer si le digo que es Enrique Larreta”.

“¡Ah, previsiblemente, previsiblemente, claro! -exclama Borges-. ¿Cómo no lo percibí, es el aroma inconfundible de Larreta? ¿Y, dígame, qué título le infringió a esos adefesios?”

“Telefonías, ¿qué le parece?”

“¡Bue-ee-no, quizá mejor podría haberse llamado Reparaciones, que es más adecuado, ¿no le parece que encaja mejor?”, y ambos reían a más no poder.

En otro diálogo con “Grillo”, que bien puede formar parte de El arte de injuriar, el breve y revelador ensayo de Borges, que descubre que el ataque verbal tiene ilimitados recursos formales, y donde cita como maestro del género al colombiano Vargas Vila, que postula que el insulto no es menos convencional que un diálogo de novios, pregunta Borges:

“Dígame, ‘Grillo’, ¿usted leyó a nuestra novelista Silvina Bullrich?”

“No”.

“¿Y a Marta Lynch?”

“Tampoco”.

“¡Cáa-ram-ba, qué coincidencia, yo también he tomado esa precaución!”

Hacia la misma época que Borges fue designado director de la Biblioteca Nacional, después del derrocamiento de Perón, Félix “Grillo” della Paolera tuvo la oportunidad de viajar a Alemania, y contaba que al llegar a Friburgo preguntó por Heidegger, pero nadie pudo gestionarle una entrevista con el filósofo, que tenía una proverbial reticencia a ciertos encuentros. “Entonces me fui hasta la puerta de la casa con una chica muy mona que estudiaba en la Universidad, para que me sirviera de intérprete -contaba “Grillo”-. Toqué el timbre y nos abrió la señora de Heidegger. Esperamos un rato y después bajó él con cara de pocos amigos, nos hizo pasar y en poco tiempo nos habíamos bajado las dos botellas de vino blanco del Rhin que yo había llevado. Aclaro, eso sí, que don Martín estaba encantado con la chica. El filósofo era un tremendo e incontenible mujeriego. Yo conservo fotos de aquella tarde. Estamos todos al lado de las pruebas de imprenta de los famosos dos tomos sobre Nietzsche, que Heidegger había publicado, y pasándole una mano sobre la cintura a nuestra bella interprete; él muy complacido y sonriente, por supuesto. Don Martín era un hombre divertido y a partir de ese encuentro nos veíamos semanalmente. Cuando le conté a Borges esa aventura mía, no paraba de reír. ‘Nunca lo imaginé así, Grillo, me dijo”.

Las dos botellas de vino blanco le dieron tiempo a Heidegger para recordar a varios pensadores hispanoamericanos. “Se acordaba, verbigracia, del filósofo argentino Carlos Astrada, a quien había conocido y de varios argentinos más -puntualizaba “Grillo”-; también ante mi asombro lo citó a Macedonio Fernández con quien había mantenido correspondencia. En un momento me dijo que le parecía interesante el sentido de la muerte en la poesía española y que había meditado en esa dirección. Esto hizo que saliera disparado como loco hacia una habitación que estaba en el piso de arriba, y trajo las obras completas de García Lorca, a quien había leído por sugerencia de Ortega y Gasset. Sinceramente me apabulló con sus reflexiones. Yo después le envié a Heidegger la entrevista que publiqué en el diario La Nación y él, amablemente, me respondió al poco tiempo con una carta más que cordial”.

Cuando vivió en los Estados Unidos, “Grillo” también conoció y trató casi familiarmente a William Faulkner; con él mantuvo una prolongada amistad consumada en amenas y entrañables cartas. Con el célebre autor de Mientras agonizo, supo compartir los habituales langostinos a la parrilla, que don William asaba con maestría y unos espirituosos vasos de whiskies como celebración de los encuentros. Con el brindaban alegres en la casa de Alabama. Una fotografía enmarcada, colgada de una pared, que los muestra sonrientes a ambos, lo confirmaba.

Un medio día, hacia el final de la Guerra de Malvinas, cuando Borges escribió la “Milonga del muerto”, acompañados por el compositor y pianista don Sebastián Piana, que la musicalizó, y por el periodista Jesús Fonseca, director de la Agencia EFE, (un sábado, por supuesto, en este caso muy especial ya que se rompió el consabido rito del programa habitual de los amigos), almorzamos en la casa del generoso coleccionista Julio César Sweiger. Fue un sábado muy particular. “Grillo”, Borges y yo, con Julio al volante, fuimos trasladados en un Hudson Super Six Sedan, de 1929, carrozado en aluminio. Nuestro anfitrión era un original propietario de automóviles antiguos, y nos fue a buscar en esa legendaria pieza de museo. Son muy divertidas las fotos que otro grande de la imagen, el inefable Pedro Roth, tomó en esa oportunidad. Bernardino Rivadavia, chozno del prócer, también amigo de Borges, de Piana y de nosotros, nos acompañó en la oportunidad.

Borges, se sabe, fue además de un gregario hombre de genio, alguien que como buen argentino estaba siempre predispuesto a la amistad; al mismo tiempo que abierto a una vasta literatura. Capaz, por ejemplo, de convertir a un peluquero de Adrogué, llamado Faustino Cammarota Martino, que les cortaba el pelo a él y al “Grillo” (ese “maestro de la tijera”, como ellos lo apodaban), fue nada menos que el personaje que inspiró los Seis enigmas para don Isidro Parodi, que perdura en las letras como el presidiario y detective aficionado nacido a dos manos (es decir, por Borges y Bioy Casares) bajo el seudónimo de Bustos Domecq.

El multifacético poeta era, además, como todos sabemos, un incomparable bromista, que se entendía de maravilla no sólo con “Grillo”, sino también con otro grande aficionado al humor, el inquieto poeta Ulyses Petit de Murat, su compañero de cuitas en los años ’30; época en que estuvieron a cargo del Suplemento Multicolor de los Sábados del diario Crítica, de don Natalio Botana. Me contó alguna vez el talentoso y siempre risueño Ulyses que Borges escribió, bajo la presión de un cierre y “de un solo saque”, inspirado en un cantor, habitual asistente a las payadas, su famoso texto “Hombre de la esquina rosada”, y de allí la no menos también famosa cuarteta, que entre monótonos rasguidos de guitarra celebraba con gracioso octosílabos: “El peluquero Martino / que corta como un campeón / el pelo a lo Humberto Primo / y barba a lo Napoleón”.

Otra de las costumbres de Borges, además de no ganar el premio Nobel ni de leer a Mallea ni a Larreta, era la de golpear con palabras condenatorias a esos colegas escritores. Así, del primero decía que la acertaba con los títulos, pero recomendaba no leer sus aburridas historias. “Son dos incontenibles e insoportables palabreros que no se aguantan ni a ellos mismos”, los condenaba. Tampoco coincidía con nuestra indiscutible sacerdotisa de la literatura, la severa Victoria Ocampo, a la que pulverizó con este parecer y acertó en dar título, en una conversación corriente, a su afamada revista Sur: “No nos engañemos, Victoria, en el norte nada importante sucede; yo diría que allí todo aburre. Sobre todo porque la vida no pasa por esas comodidades geográficas. La vida está en el sur -y remató con ironía-. Por suerte la hermana de Silvina me hizo caso y a su revista la bautizó con el título de Sur; no sé, pero estoy seguro que si le hubiera puesto Norte hubiera fracasado. Menos mal que tomó nota y me hizo caso”.

Según “Grillo”, Borges, era un hombre leal a su querida Buenos Aires. Yo también lo suscribo. Él sacralizó cada rincón vulgar que pisaba de la ciudad. Hasta un bar de mala muerte, frecuentado por marineros borrachos, llamado Anchor Inn, ubicado en la esquina de Paseo Colón y San Juan, que visitamos alguna vez en compañía de “Grillo”. Nos confesó que en una de estas mesas, sobre unas servilletas de papel había escrito el primer manuscrito del cuento Emma Zunz, un poco para asumir yo la venganza contra el dueño, aquel patrón de fábrica que causó la muerte del padre de la muchacha. Una dramática historia que le fue contada por su admirada amiga Cecilia Ingenieros, que no correspondió a su amor.

“Enigma para psicólogos -reía ‘Grillo’ al comentar estos aspectos de Borges-. Es probable -o quizá una conjetura más-. Pero lo cierto es que muchos de sus asombrosos poemas y cuentos fueron escritos en servilletas o en humedad hojas de cuadernos marca “Rivadavia”, con una compleja caligrafía casi microscópica y acaso detestando su existencia o como convocando a aquella confesión que desliza en un prólogo: “Yo quisiera ser el hombre invisible de H. G. Wells”.

Después de la partida definitiva de Borges, como buenos e incorregibles melancólicos, durante un largo tiempo nos juntábamos con “Grillo” para evocar a nuestro maestro y amigo. La cita era en la esquina de Maipú y Marcelo T. de Alvear. Almorzamos después en un restaurante ubicado detrás del Congreso Nacional y hablábamos de su entrañable y perdurable obra.

No es mi intención redundar en elogios, pero agrego en este párrafo final, que “Grillo” (o “el Grillo”) era un personaje maravilloso e irrepetible. Borges lo adoraba y lo respetaba. Nuestro amigo, de vida humilde y genuino artista, como ya creo haberlo dicho, vivía de los talleres literarios que dictaba en su casa.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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