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SÁNCHEZ Y MARRUECOS

miércoles 06 de abril de 2022, 13:00h
Actualizado el: 04/06/2022 13:31h
Durante medio siglo, España ha mantenido la misma posición sobre nuestra antigua colonia...

Durante medio siglo, España ha mantenido la misma posición sobre nuestra antigua colonia, el Sáhara español. Aceptamos la descolonización y nos sumamos a la posición de la ONU que estableció un referéndum para decidir la suerte de aquel territorio. Los Gobiernos de Suárez, Calvo-Sotelo, González, Aznar, Zapatero y Rajoy respaldaron sin fisuras esa política que nos adhería a la solución de las Naciones Unidas.

Y claro que las posiciones políticas pueden cambiar. Pedro Sánchez ha decidido modificar lo que sus seis antecesores como presidentes del Gobierno inequívocamente mantuvieron. Aunque no será fácil dilucidar por qué lo ha hecho, tal vez se pueden encontrar explicaciones razonables. Ante una posible agresión marroquí a Ceuta y Melilla, Pedro Sánchez se ha dicho: “No quiero conflictos. Le regalo a Marruecos lo que Marruecos desea, y asunto resuelto. Resuelto para mí porque está claro que dentro de unos años Rabat persistirá en la reivindicación de Ceuta y Melilla. Pero que tallen mis sucesores. También deberán hacerlo con el billón y medio de deuda pública que les dejo en herencia”.

El plan B también explica el golpe de timón sobre el Sáhara. “Tengo muy difícil ganar al Partido Popular en las próximas elecciones, a pesar del estropicio que les he causado atizando el “divide y vencerás”. Me explican mis colaboradores que mi candidatura a la presidencia del Consejo de Europa podría prosperar. Necesito hacer gestos que satisfagan a Francia y el volantazo sobre el Sáhara es uno de ellos. Pasar de presidente de España a presidente de Europa colmaría mi carrera política”.

Sean estas las razones, o tal vez otras, tiene lógica que Pedro Sánchez se haya ciscado en medio siglo de política constante sobre el Sáhara español. Lo que no resulta de recibo es el procedimiento. No ha consultado con su aliado Podemos ni con los partidos que le votaron en la investidura. Ni, por supuesto, con el PP, Ciudadanos y Vox. Una decisión de semejante alcance exigía consulta y negociación. Pero nuestro César de alpargatas aplicó el ordeno y mando, provocando la reacción general contra él de casi todos los partidos a izquierda y a derecha.