La expresión tiene para qué negarlo un significado centralista y “madrileñista” de acusada devaluación, cuando no de abierto desprecio. En la actualidad, tal desvalorización plasma una realidad muy generalizadamente incontrovertible. En la hechizadora ciudad en la que se avecinda el articulista constituye un insuperable ejemplo de ello siempre, obvio es, que no se identifique cantidad con calidad, ni esencia con presencia, imagen con fondo. En el territorio autónomo en que trascurre su existencia social y política ocurre lo mismo. Salvo Málaga, las siete restantes capitales andaluzas dibujan un desolador panorama de grisaciedad o, en el mejor de los casos, de voluntarismo de vuelo rasante y aún más reducido horizonte.
Lejos del Mediodía, en el bello Finisterre peninsular, la vitalidad de la otrora rica cultura galaica se ofrece rayana en la anemia, y no es distinto, por desgracia, el escenario presentado por un Euskadi o un Aragón, donde solo los centros oficiales, a la manera de la antaño benemérita institución “Fernando, el Católico”, dan alguna señal de vida, más vegetativa y curialesca que verdaderamente creadora y fértil. Mientras tanto, en la Meseta la aplastante ventosa madrileña sitúa en mínima expresión el cultivo artístico y literario. Al paso que, finalmente, en las Españas insulares su aportación cultural no traspasa el umbral de sus famosas discotecas de celebridad mundial en algunas vertientes de la musicología juvenil más vanguardista y provocadora. Venturosamente, en el Principado Catalán casi todo cambia. Pese a la todopoderosa polarizadora Barcelona, otras urbes, al modo de Girona, y, en escala menor, Lleida, patentizan una atención a menudo preferente por las actividades culturales.
Por el inmenso capital cultural acumulado en las dos últimas centurias -modélica y tentacular red bibliotecaria; otra no menos robusta archivística oficial y privada; deslumbrador despliegue de librerías comerciales; prensa roborante; teatros incontables a lo largo y ancho de su geografía en permanente representación de obras de muy diversa temática; gigantesco entramado editorial, etc., etc.- el Principado resalta ante la atristada contemplación del observador de nuestra vida artística y literaria como una realidad gozosa y hasta exaltante no pocas veces. La singularidad catalana es aquí absoluta y ejemplar. Viene de lejos; y, pese al innegable decaimiento hodierno de su pulso identitario, Cataluña continuará durante las próximas décadas como un foco iridiscente de amor sin freno por la cultura en todas sus manifestaciones. Un servicio más a la patria común al que todos los españoles hemos de estar en extremo agradecidos.