www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Enough of war o El crimen de la guerra (a cuarenta años de la locura de las Islas Malvinas)

jueves 14 de abril de 2022, 19:38h

Los contundentes versos tangueros, escépticos y graciosamente populares del admirado y entrañable Enrique Santos Discépolo, como los de Borges y Neruda y los de tantos otros poetas, frente cualquier circunstancia están siempre al alcance de la mano. Antes de entrar en materia, como buen viejo memorioso, me permito -con la correspondiente disculpa- una digresión menos pretenciosa que amable y considerada. Vagamente lo recuerdo a don Enrique en una lluviosa mañana de Buenos Aires, cuando enfundado en un perramus, que le llegaba hasta los tobillos, siendo yo muy niño y viajando en automóvil con Arturo Jauretche, hizo detener al chofer para proponerle a nuestro “Discepolín” o “Mordisquito”, que subiera, así evitaba mojarse. “¡Querido Enriquito, subí que te vas a empapar”, fueron las amistosas palabras que aún oigo. Y el aludido, con una tímida sonrisa de oreja a oreja, aceptó la propuesta. Pues bien, empezaré por aclarar que no me considero un ingenuo entusiasta ni, menos aún, un mero y fantasioso memorialista; todo lo contrario. Piso en el terreno del pesimismo de Nietzsche y de Shopenhauer (y lo asumo como corresponde); aunque, eso sí, me considero este discreto memorioso que soy y mi memoria activa, como la de todo literato, suele a veces enriquecer o aumentar el pasado. Por consiguiente, pido de ante mano perdón por los excesos. “Cosas del oficio”, dirán algunos.

Un raro destino (o vaya a saber qué misteriosas y secretas leyes) me unen a las remotas Islas Malvinas. Un 15 de febrero de 1972, estando radicado en Chile hice un viaje relámpago a la Argentina y fui invitado a uno de los vuelos iniciales de LADE (Líneas Aéreas del Estado) a nuestro legendario archipiélago. volamos en un anfibio Albatross matrícula BS-02 (tomé debida nota de todo y hasta encontré en uno de mis cuadernos los nombres de la tripulación que estaba compuesta por un cordial capitán aviador de la Armada Argentina, llamado José Alberto Demarco, a cargo de la aeronave; a su lado iba el capitán Ángel Toribio, como primer piloto; el primer teniente Francisco F. Mensi, como navegador; el suboficial Rubén C. Bidegain, encargado de la mecánica; y el cabo principal Juan C. Scianca, de radio operador. Con tres colegas y los fotógrafos correspondientes hicimos ese maravilloso vuelo un poco al sureño estilo Saint Exupery).

A los dos años, ya instalado otra vez en Buenos Aires, después de padecer en carne propia el horror del golpe militar del asesino Pinochet, cuando trabajaba en el hebdomadario “Siete Días”, de la Editorial Abril, fui invitado para cubrir La primera regata a vela de las Islas Malvinas, “operativo” (llamémosle en odiosos términos castrenses) que estaba a cargo del capitán de la Armada Argentina, César Alberto Somoza. Fue en el mes de marzo de 1974 y, sin duda, todo un hecho inédito: en Puerto Stanley, con la participación de jóvenes isleños y jóvenes argentinos del Club Universitario de Buenos Aires, se realizó una competencia que formaba parte de las políticas del gobierno argentino en torno a una recuperación pacífica de la soberanía en las islas.

El episodio junto a los detalles del vuelo desde Comodoro Rivadavia, la vida cotidiana en las islas y la importancia del gobierno argentino en el territorio, fue registrado por el equipo de producción de Horacio Tettamanti, aficionado a dicho deporte, que por esa época con apenas 19 años, participó de la competencia. El objetivo era estimular en esos mares del Sur la navegación a vela y ese fin se logró. Más allá de la gesta competitiva, fue para mí -y para todos los que concurrimos-, una memorable experiencia.

Tettamanti relaciona la regata como “el primer hecho en función de esos acuerdos preliminares” o “la primera operación importante que se puso en marcha con la regata a vela de embarcaciones organizada por la Armada Argentina, con la participación, además, del buque “Bahía Buen Suceso”, que empezó a llevar turistas: Todo mediante el cordial y fraternal acuerdo con el gobierno inglés”.

Ni que agregar que fue emocionante la llegada de nuestro vuelo a las Islas Malvinas. El gobernador y casi todos los habitantes nos esperaban celebrando el acontecimiento. Las calles estaban repletas y las banderas argentinas e inglesas juntas flameaban en cada calle y en cada casa.

El único hotel del archipiélago, debido a las escasas habitaciones, se ocupó en seguida. Propusieron entonces el alojamiento en casas de familias. Yo, con mi limitado inglés, me atreví a responder al llamado y fui alojado en la modesta casa de los Goodwin, oriundos de tres generaciones de las Islas. La atención fue conmovedora. Gente de pueblo, humilde y generosa, que me llenó de atenciones todo el tiempo. Fueron ellos quienes me hicieron conocer a otras familias; diría que los menos de novecientos habitantes estuvieron dispuestos a agasajarnos. Allí, me hice aficionado al juego de los dardos, una suerte de deporte nacional predilecto de los malvinenses. A la generosa familia Goodwin, la recuerdo siempre entrañablemente. Hasta el disparate de la inventada guerra estuve en comunicación con ellos y cuando Elizabeth, la menor de las hijas vino a la Argentina en uno de los intercambios educativos con una escuela de la ciudad de Morón, la alojamos durante un fin de semana en mi casa y se entendieron de maravilla con mis hijas que, como yo, apenas balbuceaban en el idioma de Shakespeare.

Cumplido el “operativo” regresamos de las Islas Malvinas en uno de los vuelos regulares de LADE y con nosotros viajaron veinticinco chicos malvinenses para concretar el intercambio, que prosperó por años y con total agradecimiento de los malvinenses. En fin, hay demasiadas cosas lindas para contar. Y es más, para los mismos habitantes era un milagro lo que hacía la Argentina por ellos; ya que para el Gobierno Británico tenía un alto costo presupuestario seguir atendiendo a esos lejanos habitantes que, en todo caso, preferían la independencia y se consideraban ciudadanos de ese sitio natal.

Completo diciendo que a la península solo cada seis meses arribaba el barco de la Corona llamado “Darwin”, que los abastecía de algunos alimentos y bebidas. De manera que la Argentina, con inteligencia, paciencia y sentido común estaba colaborando activamente con ese propósito. Los malvinenses por primera vez comían frutas y verduras de estación. Pero, claro, cuando las cosas se hacen mal todo resulta peor y la tontería del patrioterismo se suele imponer sobre los buenos propósitos con más tonterías.

Aristóteles, uno de los tres filósofos fundacionales, escribe que la filosofía nace del asombro. Nada más cierto. Del asombro de ser quiénes somos, del asombro de ser víctimas del tiempo, del asombro de ser en este mundo en el que habitan otros animales y del asombro de ser nosotros mismos los más crueles y perversos de esos animales. El hecho de que nos matemos los unos a los otros por disputarnos territorios ya es terrible; y el crimen de la guerra uno de los peores de todos, sino el más cruento e ignominioso. Esta modesta crónica seguramente provocará la cólera de los ambiciosos de propiedades, de territorios y de islas.

La Guerra de Malvinas es, sin duda, un hecho trágico, muy trágico de nuestra historia, sino el más trágico; sobre todo porque aquellos vanos generales que la consumaron quisieron hacernos creer que era una gesta histórica y ejemplar, y solo fue una prepoteada de dementes criminales uniformados que la consumaron para tratar de salvar la ropa de ellos, ya fracasados y en retirada después de una dictadura asesina que terminó con la vida de no se sabe cuántos indefensos argentinos, pero que fueron muchos, sin duda. Fue un sueño espantoso, una verdadera pesadilla. En todo caso nos dejó a los argentinos del siglo XX la memoria de otro “cambalache”. El inapreciable contacto directo con la muerte de unos inocentes muchachos sin experiencia bélica, que con lealtad y sin saber muy bien por qué, lucharon con valentía. Fueron convocados -o mejor dicho obligados a viajar- para pelear en esas islas ignotas para ellos, pues la mayoría o casi todos provenían de las provincias. Los organizadores del gran disparate montaron un show que hasta tuvo su correlato en programas de televisión donde se convocaba a los patriotas a donar sus joyas. Una de las consignas era “primero Dios, después la Patria, después la familia”.

Una gran ganzada, por supuesto, ya que históricamente, la cuestión Malvinas está marcada por la negativa de parte del Reino Unido, famosamente imperialistas, a negociar la soberanía argentina sobre el archipiélago. Esto, si bien es cierto, no solo lo han hecho violando el derecho internacional, al no cumplir la obligación establecida en la Carta de la ONU de solucionar las controversias por medios pacíficos, sino que también ignora las recomendaciones de la Asamblea General en materia de descolonización. Pero vayamos al meollo del asunto.

En este caso nosotros fuimos los invasores, aunque en nuestra Constitución ratificamos la imprescriptible soberanía sobre las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes, y trazamos como objetivo permanente e irrenunciable su recuperación. Pero hay modos y modos. Y se eligió el peor, el más condenable, que es el de la guerra. Por empezar, parte de esos esfuerzos se venían realizando con la paz por delante y esencialmente ante el Comité Especial de Descolonización de las Naciones Unidas. Quizá por eso los gobiernos que siguieron a Malvinas, como contrapartida, pusieron tanto énfasis en la desmalvinización y en intentar hacernos creer que los soldados que dieron su vida eran unos “pobres chicos” que no entendían nada. Eso sí, por razones meramente políticas y de buena prensa, hay que elevarlos a la categoría de héroes. Y hasta grotescamente, celebrar la derrota.

Vayamos a la opinión de los hombres sabios. Borges, que en los momentos iniciales apoyó la dictadura militar y en un primer momento la ocupación pacífica de las islas, a medida que se desarrollaban los hechos, como buen humanista, empezó a distanciarse y a criticarla abiertamente, llegando a decir que “los militares argentinos no habían oído en toda su vida silbar una bala”. Otro tanto sucedió con otros artistas y literatos. Borges se retractó y después condenó abiertamente con dos poemas y en públicas declaraciones, la breve, brutal y sangrienta guerra (que como toda guerra, al decir de nuestro prócer Juan Bautista Alberdi es un asesinato).

El tiempo sucede y es al decir de Quevedo un enemigo que mata huyendo. Se cumplieron ya 40 melancólicos y dilatados años. Este es el breve relato que escribo sobre la guerra, y también mi homenaje a las víctimas. Por vía de la paz y del entendimiento humano, hoy las Islas Malvinas -no tengo dudas- serían Argentinas o, en todo caso una república independiente afín a nosotros los codiciosos de islas. Pero los argentinos parecemos predestinados a resbalar en la misma banana o a tropezar en el mismo escalón. Con una dirigencia que siempre pretende hacernos tragar sapo por liebre.

Las consecuencias fueron trágicas y perversas ya que aquellos que dejaron su vida en ese remoto lugar del extremo sur, sin saber a qué iban ofrendaron su vida por la Patria. ¿Vanamente? No sé qué responder. Sin embargo estoy seguro de que toda guerra es espantosa, sea de este o del otro lado del Océano. Los pobrecitos muchachos quedaron allí y hoy se los exalta como héroes, que sin duda lo son.

Pero vuelvo atrás, a mi especialísimo viaje. A pesar de que quieran tergiversar los hechos, prescindiendo, eso sí de los asesinos que los comandaron hay que sembrar en los corazones de nuestros niños y jóvenes el amor a la Patria, ese digno amor que con el ejemplo nos dejaron nuestros próceres. Pero con la verdad por delante y no con el falso patrioterismo, que ya había mostrado su fracaso en la fallida guerra con Chile, que fue evitada por el papa Juan XXIII. Una guerra que hubiese dejado cicatrices imborrables.

En lo personal descreo de las fronteras. El planeta tierra es uno solo y somos terráqueos más allá o más acá de chilenos, uruguayos, europeos o argentinos. Es como si descendiera un ser de otra galaxia y le pidiéramos carta de identidad, para tratarlo de acuerdo al arrabal del que es oriundo.

Recuerdo, por último, que la superficialidad argentina hizo que se viviera como una gesta deportiva el horror de esa ridícula guerra. Se brindaba en las mesas familiares y en los restaurantes por los barcos ingleses hundidos y por la muerte de los combatientes británicos. Eso dio lugar a Borges, o mejor dicho inspiración, para que escribiera “Juan López y John Ward”, poema, que me dicto en aquellos estremecedores días, y luego la “Milonga del muerto”; creo que ambos bien valen la pena ser recordados y si se quiere con música, pues a los últimos octosílabos los maestros Sebastián Piana y Eduardo Falú, la difundieron en un disco.

Juan López y John Ward

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países,

cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias,

de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios,

de una mitología peculiar, de próceres de bronce,

de aniversarios, de demagogos y de símbolos.

Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil;

Ward en la ciudad por la que caminó Father Brown.

Había estudiado castellano para leer El Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad,

que le había sido revelado en un aula de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara,

en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada

uno, Abel

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

Milonga del muerto

Lo he soñado en esta casa
entre paredes y puertas.
Dios les permite a los hombres
soñar cosas que son ciertas.

Lo he soñado mar afuera
en unas islas glaciales.
Que nos digan lo demás
la tumba y los hospitales.

Una de tantas provincias
del interior fue su tierra.
(No conviene que se sepa
que muere gente en la guerra).

Lo sacaron del cuartel,
le pusieron en las manos
las armas y lo mandaron
a morir con sus hermanos.

Se obró con suma prudencia,
se habló de un modo prolijo.
Les entregaron a un tiempo
el rifle y el crucifijo.

Oyó las vanas arengas
de los vanos generales.
Vio lo que nunca había visto,
la nieve y los arenales.

Oyó vivas y oyó mueras,
oyó el clamor de la gente.
Él sólo quería saber
si era o si no era valiente.

Lo supo en aquel momento
en que le entraba la herida.
Se dijo "No tuve miedo"
cuando lo dejó la vida.

Su muerte fue una secreta victoria.
Nadie se asombre
de que me dé envidia y pena
el destino de aquel hombre.

Pido perdón por tan extendida nota. Pero no puedo cerrar esta página sin algunos haikú que también en repudio a esta locura yo escribí y están publicados en mi libro Basta de Guerra:

Basta de guerra

Whitman clama en Manhattan

¿alguien lo oye?

*****

Fue allá en el sur

dicen que por la patria

sus vanas muertes

*****

Océano rojo en

la guerra de abril

Sangre en la sangre

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (15)    No(4)

+
2 comentarios