De casta le viene al galgo. Xita Rubert (Barcelona, 1996), hija del filósofo Xavier Rubert de Ventós y de la escritora Luisa Castro, debuta en la novelística con una original propuesta sustanciada en Mis días con los Kopp. Finalista del premio Ana María Matute con el relato Flores para el bailarín, la autora catalana ha confesado que durante el confinamiento se dedicó a convertir lo que en principio iba a ser un cuento en su primera novela, pues se dio cuenta de que la trama y los asuntos planteados exigían más extensión.
Narrada en primera persona por la adolescente Virginia, nos sumerge en el viaje que esta emprende con su padre, Juan, un viaje al norte para encontrarse con Andrew Kopp, amigo de su progenitor y compañero en la docencia universitaria. A Andrew Kopp le han concedido una distinción académica, lo que da pie para el reencuentro. Kopp no va solo, sino que le acompaña su familia formada por su mujer, Sonya, y su extraño y cuarentón hijo Bertrand, escultor y performer, que piensa que “las esculturas son efímeras”. Bertrand está aquejado de un raro trastorno mental, que parece que sus padres no quieren admitir sino revestirlo de supuesta excentricidad artística. Unos padres que tampoco están exentos de singularidades. Nada más conocerse, Sonya manifiesta hacia Virginia una cuanto menos curiosa actitud: “Sonya no me miraba a los ojos porque escrutaba mi pelo, mi camisa ligeramente escotada, los vaqueros de campana que, en la cintura, se me ceñían y me apretaban, las caderas me habían crecido notablemente aunque yo seguía embutiéndolas en ropa que ya no era de mi talla”.
Esos días pasados con tan singular familia británica, le descubren a Virginia un universo lleno de aristas, poblado por personajes raros, aunque, en realidad, ¿qué ser humano no lo es, de una u otra forma? Virginia narra ese viaje y esos días cuando ha trascurrido bastante tiempo, y puede volver la vista atrás y reflexionar sobre ello, ser consciente de que quizá la “salud” es un concepto engañoso: “Tampoco sé si, cuando vemos las cosas como son, realmente vemos lo que hay, o solo lo que necesitamos ver, la salud, y no la enfermedad que subyace en todo lo sano. Digo que no lo creo, pero cuando me rindo y sucumbo, pienso: lo enfermo, como lo perverso siempre está presente, silencioso esperando ser llamado a escena, irrumpir, revelarse, emerger desde el prado feliz”.
Xita Rubert nos sirve una peculiar “novela de aprendizaje”, repleta de ironía y humorismo, si bien las cuestiones que subyacen no resultan baladíes. No en vano, su autora es licenciada en Filosofía y doctora en Literatura Comparada Imparte clases en la Universidad norteamericana de Princenton, centro por el que fue becada, sobre las relaciones entre filosofía, literatura y medicina.