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REFLEXIONES VOLTERIANAS

Primero Trump, ahora Boris. ¿Quién será el siguiente?

José Varela Ortega
jueves 28 de julio de 2022, 08:35h
Actualizado el: 28/07/2022 19:32h

Hace poco más de un año, el 6 de Enero de 2021, asistimos atónitos a la escena del asalto al Capitolio de los EE.UU. perpetrado por una turba bárbara y violenta. La escena esperpéntica de un energúmeno, medio desnudo, teñido de colores de guerra y disfrazado sub specie de Sitting Bull, repantingado en la Presidencia de la Cámara, no se nos quita de la retina.

Pero la imagen torna el asombro en honda preocupación, cuando vimos al frustrado candidato a la reelección, Donald Trump, hasta entonces Presidente de la Unión Americana, calificar el proceso electoral de “pucherazo”. Lo asombroso, entiéndase bien, no es la denuncia de un posible fraude electoral: de esos ha habido muchos en la larga y, a veces, tormentosa, historia electoral americana (recordemos el Chicago de Major Daley y el Tammany Hall de Nueva York). Lo insólito es, sobre todo, que Trump justificara, cuando no alentara, a las turbas sediciosas, responsables de la algarada golpista. Y, lo doblemente inaudito es que un Presidente en funciones ignorara cuantos recuentos posteriores se produjeron, negándose, además, a aceptar las resoluciones judiciales promovidas por sus propios abogados, pero rechazadas por la judicatura.La buena noticia de este lamentable episodio, que puso en jaque la credibilidad del Estado de Derecho en el país que inventó y desarrolló la democracia moderna, no ha sido tanto el triunfo electoral de Biden (aún cuando un correctivo del electoradosiempre es higiénico, con independencia del color político), cuanto precisamente la imposición (law inforcement, que se declina en inglés) del imperio de la ley: desde entonces, los sediciosos vienen siendo identificados, procesados y, en su caso, condenados, en consonancia con la extrema gravedad de los delitos cometidos. En este punto, la imagen impactante es la más que posible condena, (por un tribunal presidido por un juez nombrado por Trump), del gurú populista Steve Banon, que se enfrenta a 200.000$ de multa y varios años de cárcel. Afortunadamente –y excepción hecha de los trumpistas, que no están precisamente huérfanos de apoyo popular- apenas se han oído voces entre políticos responsables de los grandes partidos exculpando a los delincuentes. Ah!, ni tampoco pidiendo indultos, ni menos amnistía.

Cambiemos de tiempos y escenario, aunque no tanto de resultados. Boris Johnson, hasta hace pocas semanas, Primer Ministro del Reino Unido, no es un personaje de elemental educación, como decía preferir Trump, en un intento de halagar a mucho de su electorado de esa América profunda del llamado corn o Biblebelt. No, Boris Johnson es lo que en Europa se tiene por un “niño bien”, (que no siempre es sinónimo de tonto): para empezar, nuestro enfant terrible particular nació en Nueva York y se formó en Oxford. La fotografía que le sorprendió, hace poco más de un mes, separándose del grupo de dirigentes de la OTAN, para admirar los cuadros de Velázquez y Rubens en el Prado, no es un montaje publicitario. Es una escena genuina de alguien que se graduó en estudios clásicos en Balliol, a un paso de los espectaculares lienzos que cuelgan del Ahsmolean Museum. Y a dos pasos de la Union, la famosa sociedad de debates de Oxford, que Boris presidió, iniciándose así quizá en los juegos de la Política (Fiona Graham): juegos de ironía, humor y contradicciones, where everything is otherwise, que decía Kundera, dondetodo es al revés, pues nada es lo que parece, porque lo que parece, no es nada.

El caso es que Boris, desde su desempeño como corresponsal del Telegrah en Bruselas, y como director del Spectator, (uno de los semanarios más inteligentes y divertidos que se publican en este planeta), puso su excelente formación e indudable inteligencia en pos de una ambición ilimitada, servida por un carácter caprichoso y deshonesto. Boris –nos dice Edward Docx (en un espléndido artículo, que me remitió el año pasado Brenda Shannon, mi fiel asistente de toda la vida) es el Clown King: un payaso ocurrente y sagaz, pero muy inteligente, que se burla de la realidad, afirmando una cosa y la contraria a la vez: una especie de Gorgias de nuestro tiempo, (ese maestro de retórica en la Atenas clásica, que se pasaba las mañanas convenciendo a sus conciudadanos de lo contrario que había defendido con éxito la tarde anterior). Un bufón agudo, además de divertido, que se diría en la corte de los Austrias; un tipo carnavalesco: ese rito contracultural que nos sirve para relativizar y escaparnos un poco de una realidad, a veces, demasiado desagradable para ser contemplada, que dicen los ingleses. Pero, la crítica esperpéntica de los bufones nos libera y hace gracia, “precisamente –puntualiza Docx- porque los payasos no están en el poder…y a cargo de hospitales, escuelas y fronteras”. Cuando la payasada, por inteligente y sagaz que sea, salta de la ficción carnavalesca al gobierno de la realidad, deja de ser una broma para convertirse en una mentira, que, con frecuencia, alimenta tragedias, porque niega la realidad con acciones y decisiones que se enfrentan a los hechos, sean de la pandemia o del Brexit.

Divertirse hasta morir, es el ilustrativo título de Neil Postman sobre la política en la era del “show bussiness”. Nunca mejor dicho. Porque, el payaso acaba en la UCI, gravemente afectado por el virus; eso sí, para ser atendido y rescatado por esos sanitarios emigrantes a los que aseguraba había que expulsar. El mismo virus sobre el que bromeó, retrasando caprichosamente el confinamiento, para colocar al UK, junto con los EE.UU. y España, en uno de los peores lugares de mortalidad de Occidente, (se entiende, que proporcional, que no mediáticamente hablando). Ese tardío confinamiento que no le impidió celebrar fiestas clandestinas en Downing Street, mintiendo ignominiosamente al Parlamento. De igual modo, y como la matemática non è un’opinione, (que decía un ministro de Finanzas italiano del ochocientos), y las cifras de la supuesta pérdida diaria del Reino Unido por su aportación a la Unión Europea, (que el ocurrente bufón paseó durante meses por Londres, sobreimpresas en un autobús), también eran mentira, ahora resulta que las cuentas tampoco terminan de cuadrar. De modo tal, que el Brexit, que ha sido un mal negocio para todos, para el Reino Unido se ha saldado en un desastre: al punto que, en lugar de más independiente, (como alardeaba Nigel Farage y bravuconeaba Boris), el Reino Unido se ha convertido en un país menos próspero y menos influyente, que no es lo mismo.

Es precisamente en la mentira donde se emparejan caracteres tan diferentes como Donald Trump o Boris Johnson, personajes que, desgraciadamente, distan de ser únicos. En este sentido, debe quedar claroque ambos actores se entienden aquí como los ejemplos que hemos escogido en este ensayo, pero que en absoluto agotan la nómina de políticos descerebrados, intoxicados de ambición, responsables de disparates también en otras democracias occidentales y con variado color político.

Cuando Trump aconsejó inyectarse desinfectante para combatir el virus formuló una teoría con pretensiones científicas, rechazada de forma inapelable por sus expertos (que, eso sí, en el caso de los EE.UU. y del Reino Unido, eran conocidos, que no una ficción de Estado sub specie arcano); una teoría, además, que se demostró falsa (causando cientos de enfermos graves y bastantes fallecimientos). En este punto, debemos tener claro que las opiniones son debatibles y deben ser debatidas (en eso precisamente consiste la democracia), mientras que los hechos, verdaderos o falsos, se afirman por sí mismos y, en cuanto tales, son incontrovertibles. Así pues, frente a los hechos, lo que está en juego no es una opinión, sino su verdad o falsedad, que son de naturaleza coactiva; esto es, no son discutibles. La negación reiterada de una verdadfáctica, no es una opinión equivocada, es una “falsedad intencional; es decir, una mentira” (M.T. Muñoz Sánchez).

La mentira en política es indisociable de la palabra como característica de la democracia. En este sentido, quizá no sea casual que la “libertad de palabra” (isègoria), el derecho de todos a intervenir (parrhésia), que es el término que utiliza Herodoto para caracterizar el régimen político ateniense, precediera a –y estuviera en el origen de- la democracia; al punto que Sófocles, en Antígona, relaciona el lenguaje con la furia constructora de ciudades. Pero, un sistema asambleario y participativo directo, como el de la ciudad clásica, basado en la palabra, que no en el texto (M.I. Finley), daba ventaja a la retórica. En cierto modo, la política de la palabra otorgaba preeminencia al demagogo (Sócrates), a la oratoria sofista, sobre el razonamiento (Pierre Grimal), de manera parecida a lo que sucede hoy con la política de la imagen y la ventaja del político-actor (N. Postman).

En su Gorgias, nos cuenta Platón, que, con la democracia, se profesionalizó el uso de la palabra con fines políticos; esto es, la retórica en manos de toda una clase de «maestros» que enseñaban las técnicas necesarias para persuadir a las muchedumbres y alcanzar el poder. Los sofistas representaban una escuela de pensamiento que predicaba un relativismo pragmático que sólo reconocía un valor: alcanzar el poder, mediante un conjunto de estrategias destinadas a hacer fuerte el argumento débil, como lo definió Aristóteles; es decir, hacer parecer verdadero, alethés, un discurso falso, pseûdos. De esta suerte, además del humanismo socrático, este primer racionalismo ateniense tampoco puede disociarse de su reverso: una praxis política que desarrollaba “unas técnicas para el dominio y control de la palabra, cuyo objeto ha sido, ayer como hoy, exactamente el mismo, la conquista y monopolio del poder” (M.N. Contreras).

No me parece una temeridad barajar la hipótesis de que este debate clásico esté presente en el célebre ensayo de Hannah Arendt, La mentira en política (Lying in Politics): una jugosa reflexión provocada por la filtración en el New York Times, yen 1971, de los documentos del Pentágono, (el ingente trabajo de justificación de la política americana en Vietnam, encargado por el Secretario de Estado Robert McNamara a su “cocina política”). Cuando la pensadora judeo-alemana “exhorta a abandonar la creciente teatralización de la política” (recordemos que, para los espectadores atenienses, en el teatro se representaba la política), quizá estuviera pensando que su mundo de la radio y la televisión, (no digamos hoy el nuestro, de internet y redes sociales) estaba recreando un inmenso monte Pnix, una suerte de ágora virtual para cientos de millones de ciudadanos. Arendt proponía un “retorno sosegado a los hechos” (N. Sánchez), pero se encontró con que, en su tiempo –y en el nuestro- las “verdades fácticas no se imponen automáticamente”, porque las encuestas y las técnicas de publicidad dominan el espacio político, propiciando una cascada de mentiras que terminan por negar los hechos, construyendo un mundo de “verdades alternativas”: una deriva en que el engañador termina por creer sus propias mentiras, llegando al punto en que el resultado real es menos buscado que el éxito de la imagen proyectada (de forma que la derrota, en el caso de Vietnam, era menos temida que el reconocimiento de la derrota).

Esta tendencia que denunció Hannah Arendt a reducir los intereses colectivos a meros estados de opinión susceptibles de manipulación, sacrificando la realidad de los hechos a la realidad de la imagen, no es el único parentesco que vincula a Trump y a Boris, como ejemplos de una repetida serie de políticos actuales, en diversos países y variado plumaje político. Incluso, me atrevería a decir que ni siquiera es ésta la característica más preocupante. Boris, un mentiroso de reputación internacional (Marina Hyde), en su patético papel de capitano spagnolo, (el matamoros del teatro clásico francés, personaje que también recrea Shakespeare con don Adriano de Armado, un bravucón de alta prosapia y lengua vana), ha fracasado intentando asustar a Michel Barnier con su amenaza del no-deal. Lo que el dimitido Primer Ministro sí ha conseguido, en cambio, es erosionar la reputación del Reino Unido como país fiable, con el intento de vulnerar el acuerdo del Brexit en su capítulo de Irlanda del Norte (amén de coadyuvar a la victoria electoral del Sinn Fein y enemistarse con todos los actores del avispero irlandés). De la misma suerte –ya lo mencionamos en nuestras primeras líneas- que lo más preocupante de Trump es su resistencia -cuando no connivencia- a condenar a los golpistas del Capitolio y su negativa a aceptar resoluciones judiciales. En ambos casos, estamos bien ante una persistente conculcación de la legalidad internacional, bien ante una vulneración del Estado de Derecho. Y, en el caso americano, el prometedor correctivo electoral, no ha resultado tan esperanzador como podría soñarse: ahora resulta que, en el paraíso de los demócratas, las sentencias del Supremo se filtran y, cuando disgustan, el Presidente y la Vice-Presidenta, en lugar de lamentarlas, pero respetarlas, arengan a las masas en su contra. Tampoco vemos aquí propósito de enmienda. Al contrario, como Trump –y otros- están en “volverlo a hacer”: ni son buenos ejemplos ni, desgraciadamente, tampoco son únicos.

Es preciso que reflexionemos sobre la gravedad de estas actitudes. Este mundo que hemos construido desde la Ilustración, poco a poco, trabajosamente y a trompicones; este mundo de democracia parlamentaria, separación, independencia y equilibrio de poderes, constituye un entramado complejo y frágil. Muy frágil. En este sentido, debemos ser conscientes que estos sistemas, que se nutren de moderación, de la aceptación del pluralismo y la tolerancia de lo diverso, son –la idea es orteguiana- un artilugio de la cultura; es decir, son artificiosos, ya que no artificiales: en suma –y en palabras de Ignace Lepp- una conquista sobre la naturaleza. Por contra, lo “natural” es menos la moderaciónque la tendencia a lo absoluto: porque, la primera inclinación de toda la humanidad es -sentenciaba Hobbes- un perpetuo e incansable deseo de conseguir poder. Se entiende que poder sobre otras personas: a decir de Max Weber, la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social. Para evitar ese infierno, es para lo que se firmaron estas capitulaciones morganáticas entre libertad y democracia. Con toda probabilidad, las consecuencias de no respetar estos convencionalismos serán demoledoras. Y, sin embargo, parece que demasiados políticos del mundo Occidental han perdido la cultura, la moral democrática, olvidando los fundamentos de la libertad, que diría Hayek. Sólo atienden a maximizar poder: incluso a costa de erosionar gravemente la independencia de las instituciones que sostienen el Estado de Derecho.

Con todo, Hannah Arendt mantenía su confianza en que, a la postre, la mentira es derrotada por la realidad. Y, entonces, casi de repente, la opinión (según Ortega, la única forma de dictadura que toleramos en el mundo moderno) se da la vuelta: la pérdida del escaño de Tiverton y Honiton, un tradicional bastión conservador, fue la primera señal del fin de Boris, expulsado finalmente por sus propios diputados conservadores, convencidos de que el Cesar ocurrente se había convertido en un lastre que amenazaba su poder local. Parece indudable que pedir que unos diputados encadenados por un sistema de escrutinio de listas (no hablemos ya si son cerradas y bloqueadas) se comporten con la independencia de que gozan los diputados elegidos por un sistema de distritos uninominales, es casi un imposible. No obstante, en estados descentralizados, quienes tienen que dar la cara electoral, en municipios, provincias y regiones, se ponen progresivamente nerviosos cuando la marca y el desprestigio del líder nacional lastra, pesa y erosiona sus feudos locales. Si conseguimos enviar el mensaje que los ataques al Estado de Derecho y a nuestras libertades pagan un precio de poder elevado, es muy posible que los Calígulas de este mundo se lo piensen dos veces antes de atentar contra los fundamentos de nuestras libertades.

Por José VARELA ORTEGA, editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega

Editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador

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