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TRIBUNA

La estación de las tristezas

domingo 31 de julio de 2022, 20:44h

Es a mitad del verano cuando más sentidas pueden hacerse las líneas galdosianas que en la parte cuarta de Fortunata y Jacinta, asentadas ya cuando esto se va escribiendo, advierten la llegada de los cansados días de la estación de las tristezas. Se refieren a Madrid, pero uno cree que no debería excluirse cualquier otro municipio o rincón del mundo.

El ambiente animoso y relajado, que son naturales adjetivos cuando se piensan estos tres meses estivales ―quienes los disfruten al completo o a medias―, es indiscutible, pero ofrece también una variada escala que puede lucir desde pequeños malestares hasta hondas crisis. Una estancia que se trunca por cambio de planes, una enfermedad que imposibilita, un corte de afeitado que escuece al cloro o agua salada. O peor que todo y más literariamente, descubrir que este tiempo no siempre era de fiesta, al contrario que el famoso inicio de la novela pavesiana que cantaba el desencanto y adiós a la adolescencia.

¿Desear el verano recordando las anteriores ocasiones en las que fuimos felices? Nada de malo conlleva y es inevitable. Pero cuando se crece y la curiosidad se ha desarrollado, puede accederse a una sensibilidad que permite abrirse paso entre las esperanzas fallidas y los choques con las vidas de los que nos rodean. Un amigo lo comentaba en una charla, incluyendo cervezas y una atardecida que reforzaba su verdad: es un momento de desolación. Ignoro cuánto sentimiento afectado podría tener su confidencia, pero hallé certera la frase. De aplicársele un color, sería el oscuro azul despejado tras una jornada de sol.

Habiendo sobrevivido a estas oleadas de horno que han tenido el país a la recachita, cuando no directamente con las persianas bajadas hasta horas tardías y el aire acondicionado desoyendo consejos de ahorro y sostenibilidad, cualquiera puede alcanzar tales reflexiones. Pero no todo pueden ser gestos torcidos ante lo exultante de las vacaciones. Siempre se vuelve sobre lo aparcado durante el resto del año y ahora se le alaban las virtudes: la lectura; en la habitación penumbrosa, en la playa desierta o abarrotada, en la piscina haciendo las veces de. Es un remanso, o lo que nos concierne, un avivamiento de la madurez y añoranzas. En los suplementos, reportajes televisivos, redes sociales, encontraremos recomendaciones de novedades y clásicos temidos, relegados para cuando se tiene más tiempo. Pero cuando uno se propone leer en condiciones, se da cuenta de que faltará el tiempo. Ahí la inquietud empezará su mella. Lo irónico de sentir inacabables los ratos pero a su vez fugitivos como el vilano que nos cruza.

En el caso de uno, la intención de acercarme a la autora francesa Annie Ernaux, cotizada a la alza desde hace unos años, apoyada por la edición de sus obras en Cabaret Voltaire. Su diario, Perderse, publicado en octubre de 2021, resultó un fiasco. No pasé de las ochenta páginas, de trescientas y pico. Posiblemente no fuera el adecuado para empezar, pero cuando un libro no suele gustar, ocurre desde el minuto cero. Rara vez me alejo por no malgastar en vano, pero lo que ahí se nos cuenta carece de interés, y en total desacuerdo pueden estar los seguidores de la autora.

Sí fue útil en este aspecto: lo nula que encontraba su forma de narrar sirvió para pensar la manera en que contamos la vida. Sea en diarios, de los que uno es lector habitual y tengo en buena estima como género; sea en reuniones de amigos, familiares, citas. Cualquier vivencia, bien contada, vale su firmeza narrativa, una atracción que impulse saber más, intentar historias parecidas desde nuestra visión. La de Ernaux, heladora e inane. Párrafos chapoteando en lo mismo, haciendo de lo carnal un recuento sin avances ni climas. Aburrido.

Al hilo de los diarios, ¿será en verano, para quienes van tanteando ese género en soledad, en sus lapsos o a escondidas, cuando más argumentos saquen para escribir sobre las esperas de que suceda algo, para continuar las preocupaciones que no se demuestran porque en tinta y papel ya habrán atenuado la punzada que supusieron de inicio? El calor y los planes no impiden las grietas por las que se cuelan breves accesos de melancolía. Incluso los abonan. Para los de carácter retraído, supongo, hacen de aliviaderos.

Tres tuits amenizaron estas coincidencias. Eran tres amigos, escritores jóvenes de renombre. La que más, afirmando que nunca se le habían dado bien los diarios, no pasando de los primeros días. Tomó el relevo el segundo, yendo más allá, diciendo que son muy peligrosos, pues se cae en la tentación de escribirlos para ser leídos. Afiló en el cierre: el diario literaturizado es de las cosas más bochornosas que existen. La puntilla vanidosa la añadió el tercero: tiró todo lo suyo diarístico hasta 2018 por esa razón. Un día los abrió y se murió de vergüenza. (Cabría preguntar si los de 2018 en adelante valen, si a partir de entonces se le apagó la vergüenza). He aquí tres personalidades, dándose cuenta, qué menos, de la incapacidad para narrar sus novelas. Ignoro el recelo exacto o profundo que les echa para atrás de los diarios, pero salvo la obviedad en la que excusarse del segundo, no se entiende la animadversión: de la primera, uno de los libros que la catapultó eran unas memorias, género primo-hermano; del segundo, si diera la oportunidad, le atraería la vertiente francesa y la manga ancha para las boutades que suele obsequiar, en pugna con las suyas, igualmente bochornosas; del tercero, porque casaría bien con su talante saramaguesco. Los tres, en sí, cuentan su vida a diario por esa red social, posando más o menos, desvelando lo privado o más genuino de sus cavilaciones. ¿Por qué un diario no se les ajusta si ya evidencian sus características?

Ese desencuentro bien podría valerles, a cualquiera que se decida, una primera página del cuaderno de todo que empezar; tal día, en un barrio céntrico, descansando en un café de cristales con azogue maquillado y altos techos donde reboten las ensoñaciones que vayan a ser próximamente cenizas. Afuera, la calle y los que transitan con sus mismas, aguantando el aire caliente, seguros de su compañía o quien vaya a hacérsela, echando de menos que hace un año no era así, que impensable era si entonces pudieran verse actualmente. ¿Es grato, pues, anhelar el verano?

Vendrá sin falta cada año. La estación aguardará y en cada uno el trago sabrá glorioso o pasajero. Es cosa romántica desgraciarse por lo irreal que decidimos nos atañe más que lo verdaderamente placentero a nuestro alrededor. No niego que motivos para todo no sobrarían, pero como el mundo puede hundirse a la menor de cambio, mejor conviene darse tregua. Dejar que otros escriban, o nosotros en diferente situación, el porqué de esta infinita y sutil tristeza. En los versos de Marqués: ‘No todo tiene implicaciones míticas,/ no todo se trasciende:/ a veces una tarde o un camino están ahí,/ no significan nada.’

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