Se derrama la calima criminal sobre las venas de alquitrán de nuestras ciudades y como cada año la mayoría de sus habitantes huyen despavoridos hacia las playas y destinos vacacionales. Inician un efusivo éxodo prestos a asesinar posidonias, erosionar suelos ajenos y embutirse en ciudades flotantes que invadan capitales indefensas. Todo ello para contribuir a hacer que cada verano sea un poco más insoportable en un bucle estúpido de huida hacia adelante. Se derrama la calima criminal y en las urbes quedan tan solo dos clases de personas. Las primeras son aquellas que no pueden permitirse el verano. Utopías lejos del alcance de las manos encallecidas y sudorosas de los héroes de la clase trabajadora. Porque, créanme, estos últimos existen, pese a que quienes dominan el relato han conseguido que ni ellos mismos se consideren eso, clase trabajadora, o sea, clase baja.
Sabrán reconocer a esta especie rara porque a menudo les da por morirse de un golpe de calor en plena calle mientras la barren, sobre un andamio o repartiendo propaganda a cuarenta y dos grados. Tienen la fea costumbre de desvanecerse de golpe y porrazo, cuando la calima criminal se derrama con violencia sobre sus espaldas como una extensión más del látigo universal que se les ha destinado. Resulta curiosa esta manía suya de perecer trabajando. Más si tenemos en cuenta que se han pasado la vida escuchando que si se esfuerzan lo suficiente conseguirán lo que se propongan. Les convencieron, los guardianes del relato, de que no importaba su procedencia, con sangre, sudor y alguna lágrima habría una parte del pastel para todos. Les convencieron de que valía la pena aguantar un poco más, pese a encontrarse bastante mal, para al volver a casa permitirse una hora más de aire acondicionado. Les convencieron de que era malo para ellos que a los dueños del relato y el beneficio millonario les subieran un poquito los impuestos.
Se derrama la calima criminal sobre los desinformativos a sueldo que desperezan la imagen del presidente del gobierno. Reinventa la ocurrencia de no llevar corbata para ahorrar energía porque lo de nacionalizar las eléctricas por lo que sea le parece bolivarianamente feo. Estalla en las redes sociales la enésima guerra civil de pacotilla en la que cantantes horteras y fracasados se anudan veinte corbatas como veinte banderas. Frente a ellos tertulianos trasnochados que esgrimen orgullosos cuellos desahogados bajo números digitales. Debo ser el único que piensa que al menos de esta guisa nuestros políticos dejarían de parecer empleados de funeraria o comerciales de inmobiliaria. Mientras tanto una anciana de ochenta y nueve años se desploma después de llevar haciendo recados toda la mañana.
La segunda especie que resiste el hastío del estío en las ciudades es la de ciertos poetas. Aquellos que no ocupan cargos públicos, por ejemplo. Ellos van a lo suyo, tratando de hacer como si el verano no existiera. Ocupan sus calurosos días en escribir, buscar inspiración, ensayar poses afectadas y esperar a ver si alguien les escribe o llama. Uno de ellos, aunque solía escribir en prosa, era ese genio llamado Francisco Umbral, del que releo en el muro de Facebook de Iván Onia, otro gran poeta mucho menos conocido, aquello que escribió hablando del verano: “El verano debe ir por dentro. Se empieza no soportando el calor y se acaba bajando la basura con el nudo de la corbata mal hecho”. Acompañaba Onia el texto con la imagen del autor vallisoletano con incoherente camiseta de tirantes. Y es que Umbral, dandi irredento, era tan brillante en todo que sabía que lo importante es el gesto.
Quien firma esto pertenece a ambas categorías de especie humana que pululan entre turistas maleducados por la cartografía urbana estival. Poeta de clase baja que ha desempeñado alguno de los oficios antes comentados porque lo de juntar palabras no da para las lentejas. Se derrama la calima criminal mientras me sorprende la invitación del inmenso Diego Medrano. De pluma de afilado diamante, también Umbraliano, (no creo que se pueda no serlo) me invita a garabatear periódicamente un buen puñado de letras en esta ventana. Y aquí me tienen aceptando. Yo carezco de la sabiduría de Umbral, pero también entiendo la trascendencia del gesto. Pienso que escribir una columna en un periódico es un poco como tirar la basura. La propia y la ajena. De manera que al hacerlo, les prometo llevar siempre bien hecho el nudo de la corbata que nunca llevo.