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TRIBUNA

Del invierno y la primavera

domingo 07 de agosto de 2022, 19:10h

¿Llegaremos al invierno? En este final de los tiempos entre el gorjeo y el postureo de Rosalía y los cincuenta grados que pronostica Mario Picazo, más allá de la corbata que nunca me puse y de la que ahora pudiera colgarme o de los secretos de Estado en manos de Bolaños y sin cubitos de hielo para el cuba-libre – ¡qué añejo se ha quedado ese nombre! – o para el agua con gas que no apaga este incendio terminal y sin mañana. En este ocaso abrasador, a un palmo de la recesión y las restricciones, al menos aprobaremos la selectividad, porque maduros sí estamos. Maduros para caernos, por fin, del guindo o para este derrumbamiento colosal que ya sabíamos, pero que no esperábamos tan temprano.

Si Sócrates minutos antes de morir, se afana aún por aprender una melodía ¿por qué no íbamos nosotros – poco antes del hundimiento universal – a estudiar filosofía y bellas artes, danza clásica o violín o cualquiera otra de esas materias inútiles? Incapaces de producir el colapso del mundo e incapaces de garantizar su salvación.

Se acabará por fin el clamor de los profetas de la tecnología que gestionan nuestra salvación en nombre de La Ciencia, mientras temen que el invierno nos llegue de su misma mano. Será un invierno sin final, indiscernible de la canícula. Los señores del mundo organizan el Big Crunch mundial, para una sociedad universal de idiotas deprimidos y sedados. Nos quieren enseñar que el verano es de todos, más o menos pesados o ligeros, enfermos o curados, altos y bajos, mestizos de todos los matices en esta homogénea diversidad que define el orden social de la era de la gran revelación. Es la entropía social con forma de diversidad homogénea, frente a la inaceptable universalidad heterogénea del viejo imperio, es el frío social de este final que nos acoge a todos. ¡Qué solo está cada uno en la inmensa tumba del universo! Ésta podría ser la consigna del imperio global o del imperio final del cosmopolitismo realizado.

Me seguiré preguntando cómo pasamos del homo homini sacra res, al homo homini lupus. De ser sagrados unos para otros, a convertirnos en mutuos depredadores. Disculpen ese latín imperial y autoritario que nos enseñaron caritativamente a los que ya vamos entrando en años. Si tuviera la respuesta a esa pregunta, conocería bien el curso de acontecimientos que nos ha traído el calor del infierno al interior de la historia. En un mundo donde no hay comprensión posible el secretario general de la ONU dice que la aniquilación podría derivarse de un malentendido, un fallo – diría – en la telecomunicación que es la negación de toda comunicación antropológica. ¡Y tememos un malentendido! Estamos condenados, señores, a sudar sin hielo y sin corbata. Esperamos el invierno en bañador sobre un paisaje desértico, mientras baila Rosalía haciendo sus mohínes de malota y pasa a toda velocidad Alonso en su fascinante Aston Martin ecológico. Si antes la viruela del mono o un virus sin entrañas no suprime nuestra huella sobre la tierra, o un huracán de fuego y hielo no desgarra nuestra existencia, o llueven langostas hambrientas, se convierte el agua en sangre y mueren los primogénitos allí donde todavía nazcan… Será un final magnífico a la vista rutilante de las estrellas, de nuevo posible gracias al gran apagón de las diez de la noche. Dos horas de soberbia oscuridad hasta la completa medianoche. Encerrados con nuestras mascotas, ellas sí sagradas, en salas con puertas cerradas a temperatura constante de 27 grados artificiales, mientras fuera el invierno abrasa las calles.

Llegaremos al invierno, pero nunca más a la primavera. Hace tiempo que perdimos de vista la verdad primera, el elemento y el principio de las cosas, y estamos condenados a un final sin otra gloria que la visión renovada de las estrellas bajo la negra y muda cúpula de esta tierra. Esta horrorosa esfera infinita, sin centro ni periferia, seguirá su curso irreal porque se perdió para siempre la realidad primera. Azar, ¿sabes tú lo que harás cuando avances con tus huracanes en la nevisca de las estrellas, apagando un sol después del otro con tu hálito, y cuando el rocío luminoso de las constelaciones termine de centellar a tu paso? - ¡Qué solo está cada uno en la inmensa tumba del universo!

Dispóngase a presenciar el último fenómeno en esta era de revelación o de apocalipsis que nos traen – quién sabe si amañado – los siervos del señor del mundo.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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