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TRIBUNA

Elección de no seguir

lunes 08 de agosto de 2022, 20:24h

Resulta llamativa la decisión de quien es autor de no escribir más. La causa, privada o pública, abocará a ese final que suele ocurrir antes de uno natural. Si somos conocedores de la obra que hasta ese momento seguíamos, cierta indefensión nace; cierta incapacidad que nos empujaría a plantarnos en sus narices y exigirle que recapacitase, que el sentimiento de orfandad que dejaría en nuestras vidas no podría sustituirse. Y esa devoción, néctar y ambrosía para el ego de muchos, ningún reblandecimiento produciría. Se entonará el adiós, adiós a todo eso.

No hacer más literatura y esperar que nadie se enfade. ¿Pero cuál es ese temor que imposibilita la tarea creadora? Temor o razón, tanto da. Los clásicos bloqueo y miedo a la página en blanco, ambos los he encontrado siempre vagamente impostados. Sí, la entrega a una obra que termina drenando porque ha requerido altas dosis de trabajo y creatividad es más que comprensible. Pero la pérdida insustituible de ganas, ideas o estímulos, salvo por la muerte, no es un argumento en el que escudarse de forma ilimitada. Un bloqueo, más pronto o más tarde, se esfumará dando paso al raudal de posibilidades que organizar para sacar adelante. El miedo a la página en blanco, qué miedo repentino es a lo que ya estaba ahí. A qué ese cambio que sabotea algo tan placentero como dar un respiro al cursor después de irse línea a línea según escribimos, aunque después no sirva y se borre.

Dejarse vencer por estos impedimentos abstractos, sobre todo por el segundo, es un triunfo del poco tesón que nos demostramos a la hora de canalizar nuestras energías en esa empresa igualmente abstracta que es poner una palabra tras otra, dando sentido a lo irreal, haciendo real lo nunca sentido, etc.

Escribir requiere grandes dosis de salud, ánimo, mala leche, lo que plazca; pero nunca inconstancia, nunca la pereza que nada aporta ―al contrario que el aburrimiento, tan fértil―. Nunca la caricia de las musas ―cuánto daño ha hecho ese tópico―. Nunca la jactancia de pensar eso ya se hizo, para qué voy a intentarlo, qué tengo que decir. Tampoco lo de he de ser el mejor, mi obra debe ser perfecta ―pienso en Erice― o idear proyectos colosales que se desatienden al segundo. Son bobadas. No hay que perder el tiempo, indiferentemente de la disciplina artística. La historia, la película, el cuadro, la música, el baile que deban llevarse a cabo, no se dude, mejor ponerse al tajo.

Muchos son los ejemplos en la literatura. Vila-Matas hizo el mejor inventario del que poder echar mano cuando se necesitase consultar esa lista de bartlebys que prefirieron no hacer más y a otra cosa pasaron. Unos a la eternidad por su gesto parecido a la hazaña ―o eso pensarían ellos―, otros quedando en su sitio cuando no enterrados.

Uno de los que más me ha cautivado estos últimos años ha sido gracias a El estadio de Wimbledon, novela de culto de la literatura italiana de mediados de los ochenta.

Roberto ‘Bobi’ Bazlen. Fue asesor en editoriales, tradujo para ellas. Fue un autor sin obra. En la novela, de Daniele del Giudice, nos cuenta: ‘Tenía un espíritu lúdico, quizá sea eso que usted llama “tirar de los hilos”. No buscaba reposo en las cosas, y esto era muy hermoso: una forma de humanidad, de humildad, en sentido positivo esta vez. No alardearía, ni siquiera en su fuero interno, sin duda. Pero más por un espíritu lúdico que por un afán de superación… Dirá usted: en todo rechazo a estar parado hay superación. Pero es distinto. Él no tenía el sentido dialéctico de la gradualidad […] Mudaba frecuentemente de piel, y también en ello estaba su incapacidad de realización; olvidaba lo que había hecho, no por querer superarlo, sino por simple dejadez…’

El anónimo narrador se obsesiona y busca en las ciudades triestina y londinense las huellas de aquellos que le conocieron y los lugares que podía frecuentar, ampliando cada vez más la dispersión y consolidando el misterio. Su ‘incapacidad de realización’ acabaría volviéndose distinción, más importante que haber dado un manuscrito que contuviera la próxima renovación de la literatura en esos años. El autor, así, dejaba su ser y bártulos y pasaba a ser fantasma. La ausencia lo volvió más literario si cabe, paradoja cruel con quien no desea más de ese medio.

He encontrado una renuncia ―o en su caso, elección de no seguir, por restar sonoridad trágica― que me ha retrotraído a este tema en la nota que abre el último poemario de Jesús Montiel, Un palacio suficiente, publicado en la colección La Veleta de la granadina Comares. ‘Este librito fue el último que escribí versificando, hará cosa de cuatro años […] Quizá sean estos, quiero decir, mis últimos versos, no lo sé. El caso es que desde entonces no he regresado al verso ni he sentido necesidad de hacerlo, y este libro mínimo, con vocación de bonsái, es por tanto mi despedida como poeta profesional.’

No hay dejadez ninguna en su caso, suena más a un alto en el camino que ha podido bifurcarse.

Son sencillos. Algunos de hondo calado (Vecino, No siempre, Abuela, Salto mortal o Jilguero), otros cumpliendo con su acompañamiento junto a los que destacan, por si algo se les pegase. Frost y Szymborska tejen el aire de estos poemas, y me fijo más en el primero porque devuelve esa resignación ante la determinación que hará toda la diferencia. ‘Mis últimos versos, no lo sé’. Se acoge el poeta granadino a la quinta enmienda al mencionar si de veras cumplirá con su retorno. El ‘no lo sé’ son sus hombros encogiéndose, diciéndonos llegué aquí, guardaba esto para vosotros, disfrutadlo hasta mi vuelta, si la hubiere.

Volvamos la mirada a los poemas entonces. Emanan de los elementos más cercanos; su familia, su casa, los objetos y animalillos. ‘De aquello que nos pasa/ recuerda el corazón lo menos agendado’, porque nada le importa tanto como el presente que constela las luces que poder nombrar, tan caseras y habladoras para él. ¿Por qué decide renunciar a todo ello?

No paso por encima la última frase, esa que despide el lado ‘profesional’ de su escritura, si por tal se refiere a dejar de publicar los versos que escriba. Un palacio suficiente lo acabó hace cuatro años. Seguirá escribiendo versos para sí, no hay duda ―‘El tiempo no concluye la hemorragia’, dice en Crimen―. Pero el hecho de anunciar el cese, ¿implica un cansancio de esa literatura, de la literatura en general, un primer aviso de que un instante no será ya muchos poemas? La vida podría volvérsele el prólogo de un hueco, como cierra en Preparativos. La realidad no va a esperarle con los brazos abiertos porque su visión lírica se haya cegado. Será, de momento, uno más de los que tararearon sin darse cuenta no puedo más y aquí me quedo; espero que sin funestas consecuencias.

No le puedo justificar incapacidad de realización. No le puedo acusar de inactivo, pues son varios sus libros estos últimos años, y deja señales de continuar su actividad. Pero la poesía, parece, le ha abandonado dichas sus siete palabras. ¿Por qué?, insisto, pero temo no haya respuesta que satisfaga.

El agosto pasado escuché a un padre decir a su hija de cinco años que no debía elegir, que elegir era de pobres. Aparte del repugnante clasismo que inoculaba a la criatura, pues ellos se notaban que eran bien acomodados, la saco de su contexto y pienso a qué podría referirse. ¿Somos los de menos recursos quienes más libertad tenemos a la hora de escoger? ¿Los ricos, que por sobrarles el dinero y pensarlos con mejor disponibilidades, están maniatados por sus convenciones sin posibilidad de cambio, de afloje? Interesante, sí. La riqueza y lindes que puede albergar la literatura resultan a veces asfixiantes, invitando a salirse de lo trazado, a sentirse más libres. ¿Merece la pena? Según Montiel: ‘su luz me dice aquí, pero soy otro dónde./ A veces la belleza es secundaria.’

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