Pasean al santo o la virgen los fieles de pantalón corto y sandalia, ebrios de sudor y sangría. Más tarde prenderán los cuernos de un toro entre el júbilo y la algarabía. La España vaciada se llena de veraneantes talibanes de tradiciones y contradicciones varias. En la verbena nocturna se bailará el balbuceo de febril apoplejía que afecta a eso que llaman música hoy en día. Yo deseo que un día el santo se escape y suelte alguna cornada. Anhelo que el toro realice un milagro hereje e inoportuno. Que se queden afónicas unos meses las megaafonías.
Mientras tanto en Benidorm un individuo se confundirá de sombrilla y pasará los próximos quince años viviendo con la familia equivocada. En la parte trasera de un parque temático, un oso polar con camisa hawaiana se fuma un cigarro y da largos tragos a una petaca plateada. Aprovecha al máximo sus diez minutos de descanso. En la habitación doscientos treinta del hotel más alto del país, una Kelly duda si precipitar el destino del niñato inglés que hace piruetas sobre el balcón completamente borracho. Aumenta la preocupación entre las comunidades de jabalíes, cada día ocupan más territorio los humanos. El mismo comando fantasma que acabó con el papel higiénico y el aceite, la ha tomado ahora con el hielo. Hombres y mujeres lucen sus músculos calcinados en playas de agua hirviendo y montes trasmutados en gigantescos ceniceros.
Personalmente el único Gym que siempre he frecuentado se apellida Bean, y no estoy seguro de que se escriba así. Sabrán, espero, disculpar que venga yo ahora a tratar de aguar la fiesta. Aunque lo cierto es que padezco de una rebeldía espontánea ante la obligada y autoimpuesta alegría veraniega. Pero es que siento que vivimos en plena distopía, y lo peor es que somos conscientes y lo celebramos. El mundo está seco, el aire condicionado, el sistema ha fallado. El verano azul es ahora tan gris como nuestras almas. Nos duele terriblemente el pescuezo de tanto mirar para otro lado, pero tampoco importa demasiado. Todos lo haremos mejor en marte o en el metaverso. Eso sí, por un módico precio. Por lo visto el colapso era esto. Ya estaba tardando.
Pido mil sinceras disculpas ya que en mi anterior columna atribuí por error una frase del poeta Iván Onia Valero a Francisco Umbral. Queda, espero, rectificada la metedura de pata, algo muy propio de mí, por otro lado.