Para Miguel.
En otro tiempo los mayores señalaban el rumbo, preservaban las formas heredadas y servían de arquetipo a los jóvenes. Cuerpos menguantes y enfermos, su espíritu parecía acreditarse en la debilidad. El paso tentativo y frágil manifestaba, sin embargo, una orientación inflexible y un pulso inquebrantable. Objeto de veneración, la edad provecta era el ideal al que aspiraba el joven y su nobleza consistía en adquirir la capacidad de ver la realidad en el momento mismo en que la presbicia y las cataratas velan nuestra percepción de los fenómenos. Los jóvenes simulaban hebras blancas en su pelo, adoptaban actitudes maduras y se afanaban en un lenguaje parsimonioso y lento, imposible de imitar.
Hoy han desaparecido de nuestro horizonte los mores maiorum, el viejo es conducido a la escombrera de la historia y su actitud es ridiculizada frente a la potencia atlética del cuerpo joven. Sexualizados al extremo, tallados según modelos bio-técnicos, cuerpos enfáticos o exaltados que parecen esculpidos en bronce. Se diría que el ejemplar humano ha alcanzado un estado eminente. Estos cuerpos óptimos, según la consigna del olimpismo: citius, altius, fortius, padecen, sin embargo, de una extrema debilidad espiritual. En estos tiempos agitados la menor ráfaga de viento los deshace y se descomponen ante los más leves algarazos de la vida.
Es especialmente patético el afán por aparentar juventud por parte de los mayores. Incapaces de escapar de la gran ruina, se esfuerzan por mostrar dentaduras perfectas y pieles bruñidas, melenas sintéticas y gestos vivaces. No pueden todavía escapar de la erosión de los días, de la inexorable demolición que da fe de su vida. Desde el presidente sin edad de los Estados Unidos al galán sin corbata de la Moncloa, pasando por cantantes y artistas condenados a una juventud de cartón piedra o de bótox y ácido hialurónico.
A la consigna olímpica se la ha añadido una triste impostura: “¡Juntos!”, reza ahora la consigna olímpica; “citius, altius, fortius. Communiter” Apelación impostada que pide una comunión imposible en la sociedad universal de egos diminutos, ufanos ante el espejo que les muestra un cuerpo cincelado por el deporte o la biología médica, pero deprimidos y solitarios. El nuevo añadido quisiera sumar potencia real a esos cuerpos de alto rendimiento, tecno-económicamente definidos para el juego y el deseo.
El grito de fraternidad se sumó a la díada revolucionaria como un término sintético que contuviera la potencia destructiva de los primeros (igualdad y libertad), así se grita hoy comunidad en la búsqueda de una fuente nutricia para esos cuerpos tecnológicos, grito desgarrador que quiere animar sus desvaídas raíces vitales. Nadie lo diría, cuando parece que se realiza la salvación del hombre por el hombre.
Science (Translational Medicine) publica un estudio, bajo dirección de Dr. Juan Carlos Izpisúa, en el que se avanza un tratamiento capaz de suprimir los “signos del envejecimiento”, de ralentizar y revertir la decrepitud asociada al paso del tiempo. Así se dará respuesta a un problema tan antiguo como la medicina: ¿la vejez es una enfermedad que pudiera ser curada o es el desarrollo natural de las formas orgánicas? ¿es una disfunción o es la constitución misma de la vida? ¿la vejez no se agota en sus signos? ¿qué sería un envejecimiento asintomático?
Pero el hombre no se salva por sí mismo, si no se orienta a un horizonte trascendente. Justamente ese horizonte hacia el que el anciano se eleva a medida que se hunde. El mismo que se nos escapa cuando nos dotamos de una juventud inmarcesible, con luces de artificio y piel sin mácula.
Recuerdo las aterradoras palabras de otro de esos grandilocuentes profetas de la ciencia:
“…podremos vivir tanto como queramos (que es un poco diferente a decir que viviremos para siempre), comprenderemos enteramente el pensamiento humano y expandiremos y aumentaremos enormemente su alcance”.
Conocido exhaustivamente el pensamiento humano, no parece que podamos – sin embargo – infundirle la necesaria alegría de vivir. Podremos vivir siempre jóvenes, pero – pequeña diferencia – no querremos seguir viviendo. Los mayores conocían la fuente de esa inasible alegría de vivir. Derrotados en establecimientos geriátricos y dispuestos a una muerte indolora se llevarán consigo el secreto de la vida. El secreto que oscuramente adivina quién exclama: Communiter!