Podemos dar la espalda a una realidad cotidiana e inaprensible que aferrada al tiempo sucede huyendo y tanto inquietaba al gran Quevedo, pero nunca a las evocaciones; poder disfrutar de ellas es algo así como vivir dos veces. Escribió Sartre que “la memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados”. Mi amistad con Silvina Ocampo es como un sueño soñado en la vigilia que me encanta recordarlo. La conocí en aquellos felices años en los que yo colaboraba con Jorge Luis Borges y de un modo casi familiar, al menos un par de veces al mes cenábamos en su casa. Silvina y Adolfo Bioy Casares eran excelentes anfitriones y los habituales invitados gente del oficio literario. Allí conocí a notables críticos como Noemí Ulla y Enrique Pezzoni, y a brillantes narradores como Italo Calvino y José Bianco.
Por aquella época yo era uno de los más fervorosos lectores de Silvina Ocampo, y cuando el editor Horacio Gaglianone le propuso a Borges compilar la Antología de cuentistas y pintores argentinos, en la que colaboré asiduamente y estuve a cargo de las ilustraciones, incluimos el magistral relato “Autobiografía de Irene” donde en uno de los párrafos del prólogo, Borges escribió: “De las palabras que podrían definir a Silvina Ocampo, la más precisa, creo, es genial”.
Una tarde que la visité, con timidez y casi confidencialmente, Silvina me leyó sus poemas dedicados a los Santos por lo que sentía devoción. Me parecieron magníficos y le propuse publicarlos. A mí se me ocurrió que Borges podría prologarlos y que su hermana Norah era la más indicada para ilustrarlos. Puse manos a la obra y se consumó el proyecto. Breve Santoral, se tituló el libro que aúna a estos tres entrañables amigos y es en estos días una joya preciada de bibliófilos.
Silvina Ocampo nació el 28 de julio de 1903 en una casa ubicada en el centro de ciudad de Buenos Aires, que la llenaba de nostalgia al evocarla; sobre todo por el movimiento humano que supo haber en ella cuando llegó a este mundo. Fue la menor de las seis hijas de Manuel Silvio Cecilio Ocampo y de Ramona Aguirre Herrera (Victoria, Angélica, Francisca, Rosa, Clara María, en ese orden, se contaban sus hermanas). La tradicional familia pertenecía a la alta burguesía argentina, hecho que le permitió tener a Silvina una formación muy completa, con tres institutrices y profesores de inglés,francés e italiano, de manera tal que las seis hermanas aprendieron a leer en esos idiomas junto con el español (esta formación la alentaría posteriormente a encarar traducciones como la que realizó de la poeta norteamericana Emily Dickinson).
Una honrosa historia rodeaba a esta familia patricia. Don José de Ocampo, en el siglo XIX fue gobernador de Cuzco antes de mudarse al Virreinato del Río de la Plata; en tanto que su hijo, fue uno de los primeros gobernadores cuando se declaró la independencia en 1810. Otro antepasado, Manuel José de Ocampo y González fue un político destacado y candidato a presidente de la Argentina; además de ser uno de los más cercanos amigos del prócer Domingo Faustino Sarmiento (Silvina me mostró las cartas enviadas por Sarmiento desde los Estados Unidos y Europa, que conservaba de su bisabuelo). Más cercano, su abuelo, Manuel Anselmo Ocampo, educado en Francia e Inglaterra, fue estanciero, parlamentario y hombre de gran predicamento. Otro de sus antepasados, don Domingo Martínez de Irala (primo de Juan Martín de Pueyrredón, el primer director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata) fue el conquistador de Asunción, gobernador del Río de la Plata y de Paraguay. También estaban emparentados con Juan Manuel de Rosas, el principal caudillo que hasta 1852, gobernó la Argentina con mano dura; relación que para nada enorgullecía a los Ocampo que eran unitarios.
“De mi madre, Ramona Máxima Aguirre -deducía Silvina- creo que heredamos mis hermanas y yo la afición por el arte y el cultivo de las flores. También había una tía música. Yo conservo un violín Giesu del Guarnieri, que perteneció a María Dominga, una destacada violinista. Mi madre se inclinaba más por la jardinería”. Las dos familias, la paterna y la materna, tenían orígenes de probadas raíces criollas, devotas del Catolicismo. Su padre, Manuel Silvio Cecilio Ocampo Regueira, nació en una de las estancias familiares en 1860 y era arquitecto, recibido en Londres. “Fue el noveno hijo y un hombre patriarcal concarácter áspero y conservador, muy poco comunicativo; yo recuerdo a mi padre como un hombre severo e intransigente”.
Sin embargo, Silvina recordaba con alegría que en los meses de invierno visitaba casi diariamente a su bisabuelo, que vivía en la misma cuadra y con quien mejor se entendía. “Era un gran memorioso de situaciones que lo habían tenido como protagonista; además de un varón muy seductor. De él heredé yo mi necesidad de inventar historias”. En los meses de verano su familia se trasladaba a la quinta ubicada en las barrancas de San Isidro. “Esa mansión era la más moderna de la época; las esculturas y cuadros, hasta el más liviano ladrillo de decoración, junto a los azulejos, había sido traídos de Europa”. La mencionada quinta, llamada “Villa Ocampo”, muy famosa por cierto, contaba con electricidad y agua corriente (actualmente esta residencia, heredada por su hermana Victoria, es un sitio que ella, a su vez, donó a la UNESCO y ha sido reconocida como monumento histórico). “Allí pasé mucho tiempo junto a mis hermanas -destacaba Silvina-. Durante el verano, en el segundo piso, nos daban clases de dibujo y pintura, y yo, la más transgresora, leía a escondidas libros censurados por la Iglesia; en esa biblioteca familiar fue donde aprendí los fundamentos que me ayudarían más tarde a ser escritora”.
Algunas de las cosas que más la conmovieron a Silvina durante su adolescencia, fue el casamiento de Victoria. “Sentí que el matrimonio de mi hermana me había quitado la juventud; ella nos sacó la niñera que yo más quería, la que más me cuidó, la que más me mimó. Se llamaba Fanni, y Victoria sabía que yo la adoraba, pero cuando ella se casó, se la llevó a su casa y nadie se atrevió a oponérsele”. Otro dolor inmenso fue la muerte de su hermana Clara, que la llevó a encerrarse en sí misma por mucho tiempo.
Siendo aún niña, viajó a Europa con su familia para fijar residencia en París. “Ese cruce del Océano cambió mi vida -me confesó-. Nos instalamos en el barrio de la Bastilla, situado en el margen derecho del Sena, que ha tenido un papel importante en la historia de esa ciudad. Allí concurrí con dos de mis hermanas a una escuela y, por necesidad, perfeccioné el idioma; aunque en Buenos Aires, una de nuestras institutrices era francesa. Llegó un momento que lo manejé mejor que el español”. La familia regresó a Buenos Aires, y hacia mediados de la década del ’20 viajó sola a Italia para radicarse en Roma, donde estudió dibujo con Giorgio de Chirico y luego, otra vez en París, con Fernand Léger.
Cuando en 1931 Victoria Ocampo fundó la revista Sur, que publicó artículos y textos de muchos de los más importantes escritores, filósofos e intelectuales de la Argentina y del mundo, Silvina formó parte del grupo fundador aunque, al igual que Borges y Bioy Casares, no tuvo un lugar preponderante en las decisiones sobre los contenidos. “Yo cada tanto publicaba un cuento o un poema; pero el verdadero artífice de la revista, quizá más que mi hermana, era José Bianco, un gran escritor que ocupaba el cargo de secretario de redacción”. Por esos años entre sus amigos escritores del exterior se encontraba el novelista italiano Italo Calvino, quien prologó uno de sus libros de cuentos.
En 1932 Silvina conoció a Adolfo Bioy Casares, a quien le llevaba más de diez años y con quien se casó en 1940. Bioy se deslumbró con la gran artista que era Silvina. La relación entre ambos fue compleja, él podía hacerla sufrir, pero también la inspiraba. En 1954 nació Marta, la hija extramatrimonial de Bioy, a quien Silvina crio como si fuera propia.
Poeta esencialmente, el genio literario de Silvina se proyectó también hacia la narrativa donde es reconocida principalmente por su inagotable imaginación y su ruptura con las tradiciones del lenguaje. Dueña de un estilo único e incomparable, Silvina enmascara su escritura de inocencia para nombrar y reconocer cosas, ya sea con sorpresa o con indiferencia, casi como al pasar. En sus textos la cotidianeidad es encarada a través de una mirada sarcástica hacia su clase social bajo temas recurrentes como el doble, las premoniciones y ese sinuoso territorio de nuestra existencia que es la niñez. Siempre, la ruptura con lo cotidiano instala sus relatos en el territorio de lo fantástico. Agreguemos que su habilidad lingüística se prodiga con una maestría incomparable y se proyecta en todos sus textos, tanto en poesía como en prosa.
Durante años, la crítica argentina, como sucede a menudo, no tuvo en cuenta el mérito de la particular literatura de Silvina Ocampo y en especial de su poesía. Recién en la década de 1980, se empezó a reconocer su genio literario. “Sí, es cierto, me declaro culpable de ser poeta y trato de poner todo en lo que escribo-bromeó ante mí-. Lo hago, sobre todo, porque no me gusta hablar para dejar un testimonio más de esta vida misteriosa que nos ha sido dada; además, lo para luchar contra ese exceso de materialismo que se empecina en rodearnos”.
Su libro, Enumeración de la patria, es uno de los mejores homenajes que un poeta le brinda a nuestra tierra. Reproduzco este soneto en el que Silvina le canta con contagioso amor a esta tan incomprensible como maravillosa Argentina:
A veces te contemplo en una rama,
en una forma, a veces horrorosa,
en la noche, en el barro, en cualquier cosa,
mi corazón entero arde en tu llama.
Y sé que el cielo entre tus labios me ama,
que el aire forma tu perfil de diosa
de oro y de piedra, sola y orgullosa,
que nadie existirá si no te llama.
Entre tus manos quedaré indefensa,
no viviré si no es para buscarte
y cruzaré el dolor para adorarte,
pues siempre me darás tu recompensa,
que es mucho más de lo que te he pedido
y casi todo lo que habré querido.
Hoy se considera justicieramente a Silvina Ocampo como un referente indiscutido de la literatura argentina. El 14 de noviembre de 1993, a la edad de 90 años, nuestra genial y admirada artista se sumó a los más, dejando un vacío imposible de ser cubierto.