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TRIBUNA

Sol de tarde

domingo 28 de agosto de 2022, 19:28h
Actualizado el: 29/08/2022 11:20h

Leí con entusiasmo el Diario de una vida breve de Silvela Sangro a lo largo de la semana y media que pasé en el pueblo. Pero era cosa extraña lo que sucedía. Nada más abrirlo y disponerme a pasar las hojas, previa retención de lo más interesante que quisieran decirme, sentía que debía dejarlo, que no era el instante preciso para acompañar al joven diarista. Cambiando de la mañana a la tarde y viceversa, la sensación no desaparecía. No me di por vencido, y aun con sabor forzado, lo acabé entre el gusto por lo adquirido en lo que contaba y la obligación de no dejarlo a medias.

Los tiempos para acercarnos a los libros, ¿son así de acuciantes cuando les prestamos atención? Se conoce que todo tiene su momento, pese a lo manido y supuestamente correcto por el uso a la ligera que suele tener esta frase. Pero los paréntesis que me permitieron esos ratos de lectura, pausas, rodeos por la casa, adelanto de capítulos para saber qué sucedería, no eran sino un subrayado de la importancia que tiene la predisposición de uno junto con el tipo de lectura que vaya a tocarle.

Repeliéndose uno de estos dos elementos, el intento de hacernos por fin con ese mamotreto que figura entre los clásicos, esa obrita que llevan recomendándonos hasta la saciedad, ese poema ―uno solo― que queramos entender cuando lo que en realidad queremos decir es descifrar, resultará un desastre. No será de nuestro gusto, no lo valoraremos, nos creará juicios que en un futuro desdeciremos. Si estas señales asoman sus garras, mejor retirarse. Vendrán otros, o seremos entonces nosotros más adecuados para atenderlos. Algo de los happy few de Stendhal tiene esa solución: esperar determinados años, en el caso del escritor francés, para que sea verdaderamente apreciado lo que se ha escrito.

Nada de esto pensaba cuando topaba con fragmentos tan sugestivos como el que sigue:

‘30 de junio.

Durante la noche, huyendo de la gente, he observado varias veces una luz tranquila al final de lo que debe ser una extensa llanura. Voy a contemplar el primer amanecer de mi vida. Nos hemos cansado de bailar. Corre bastante frío. Rubores en el horizonte. La delgada luna ha pasado de roja a dorada, para terminar blanca al remontar el firmamento. Al llegar a casa los pájaros habían comenzado su música. Me invade cierto complejo de vergüenza, de decir alguna tontería o haber hecho el ridículo. A fuerza de padecer estos golpes se forma uno’.

Transcribiendo aquí lo recogido por Silvela Sangro, a punto ha estado de ser una errata ‘La delgada luna ha pasado de roja a dorada’ por ‘La delgada luna ha pasado de roja a desastre’… Y eso me devolvió a lo sentido esos días sorianos. Uno no estaba en sí y se dejaba arrastrar, como llevado por un trance, por esas confidencias de sinceridad y pesadumbre. Si había vehemencia y comprensión en la lectura, ¿por qué afectaba tanto? ¿Por la situación de uno? ¿Por encabalgarse dos sensibilidades que jamás podrán conocerse pero, una de ellas, desde su verdad lejana, ha sabido pulsar la tecla que dejase el temblor de la duda en la otra? Sí, algo de vergüenza es normal que preceda a tan fatigosas cavilaciones sin despegar los labios, sin compartirlas con nadie.

El rostro de Silvela Sangro en las instantáneas que el Diario recoge entre cada capítulo-año motivaban rumiar el tiempo que pasaba. Para él y para uno. Imaginaba vivamente su indefensión ante una vida que le fue dada corta e insatisfactoria. No tanto esto último, pues sin saber él a ciencia cierta cuándo moriría (padecía una enfermedad cardíaca), lo poco del vivir que le fue permitido supuso en todo momento una victoria, una celebración. Para nosotros, pues, una enseñanza: la de que bajo ningún concepto se deberían tomar en vano las acciones que realizamos. Cuando volvía a pie de la universidad y se admiraba de los mercados, los portales, las calles y los barrios. Cuando conseguía un pupitre apartado en la biblioteca del Ateneo y aguardaba pacientemente la lectura mirando el conjunto de escritorios, sus fluctuaciones de luz, las posibles novelas de quienes entraran o saliesen. Cuando se enamoraba y dudaba si con la chica tendría posibilidades. Cuando paseaba de noche y los jardines cerrados le asaltaban sin remedio como un romanticismo impropio de la época o su edad, aun cuando éstas pueden mecerse al mismo ritmo dentro de nuestra ensoñación.

Su rostro, decía, que no negaba una sonrisa a la posteridad, que ignora siempre cualquier asomo de mejoría, bondad o buena intención ―aunque la despierte en quien mire― porque no conoce esos términos al pasar tan rápido de un olvido al siguiente. Con su hermano en sacos de dormir en la terraza de Fuente Pizarro. Con su primo preparando quinielas en el salón de casa. Él solo, delante del abstracto de un amigo pintor expuesto en una galería; los hoyuelos en sus mejillas en ese blanco y negro, ese primer plano que avistaba su despedida.

Quien es causante, pero debo estarle agradecido de este descubrimiento, de que estime este diario tan peculiar y la figura autora que tiene tanta independencia del texto por hacérsenos familiar, es el amigo Sergio Suárez. Quedé con él, bajamos hacia Pintor Rosales y, en una terraza de aspersores cuya generosidad rivalizaba con unas duchas, acabó convenciéndome de sacar un hueco entre mis lecturas de verano para estas errancias truncadas por un desmedido deseo. Vayan estas líneas asegurándole que tenía razón. Si bien hubo disuasiones, internas o externas, me gustó. Era el momento.

Quizá muchas veces, perdidos en las mareas de nuestras insatisfacciones y faltas, la sabiduría de quien nos conoce sea lo poco y necesario que pueda evitar que nos extraviemos en nuestros fondos, tan propensos al desastre. Aquel día, además, al marcharnos advirtió que me girase hacia la magnífica puesta que silenció a muchos de sus espectadores. Y esto también es manera de formarse uno, con ayuda de lo fortuito prendándonos en lo cotidiano. Un sol sangre que dice adiós. Sol de tarde entre los negros pinos.

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