Daños colaterales
viernes 03 de octubre de 2008, 22:06h
No es muy corriente que los diplomáticos ofrezcan públicamente su testimonio como funcionarios de su país en el exterior.
Lo que algunos creen que el secreto o la máxima discreción son de obligado cumplimiento tras el desempeño de una misión especialmente difícil parece haberse convertido en norma de obligado en exigencia insoslayable, sobre todo en España donde si acaso hay algunas memorias-resumen de una vida en el servicio exterior escasas y anticuadas. Hay que decir que en la mayoría de los casos este tipo de textos carecen de revelaciones o de interés intrínseco.
No es éste desde luego el caso de un libro singular de reciente aparición titulado significativamente “Daños Colaterales” al que apoya la siguiente advertencia: “un español en el infierno iraquí. Embajador en Iraq (2005-2008) y del que es autor nuestro amigo Ignacio Rupérez que une a su profesión diplomática la de haber sido un excelente y sutil periodista en diarios y revistas españolas durante más de diez años.
Rupérez conoce bien el “mundo mundial” y tras su acceso a la “carrera” (diplomática) estuvo destinado en las embajadas de España en El Cairo, Tel Aviv, La Habana y Kiev- En 1997 reabrió la embajada de España en Bagdad en donde fue embajador hasta febrero del 2008.
Su libro concilia dos experiencias diferentes y aparentemente lejanas: Cuba e Irak. En Cuba tuvo que bregar como encargado de negocios con una de la crisis de las siempre amenas y difíciles relaciones con España. Le tocó despachar entonces el complicado asunto de los “forzudos” un grupo de policías y delincuentes inspirados por el gobierno cubano para que “ocuparan” la embajada española. Tuvo enormes dificultades para resolver la cuestión sobre todo porque las autoridades castristas no le ayudaron en absoluto y más bien colaboraron con los “forzudos” en su misión. La descripción minuciosa y a veces pintoresca de esta “ocupación” sui géneris le sirve a Rupérez en su libro para describir la vida cotidiana política y social de la isla y del régimen castrista. Por sus páginas pasan periodistas, altos funcionarios, polizontes, diplomáticos y turistas de conveniencia. Obviamente el retrato que hace de la dictadura castrista es agrio y crítico, implacable en la denuncia de los usos y costumbres del régimen al que obviamente Rupérez ni disculpa ni admira como han hecho durante bastante tiempo algunos de sus colegas y sigue haciendo el actual titular de la embajada española Carlos Alonso Zaldívar. Ni que decir tiene que cuando terminó su misión en la isla profética de la que habló Waldo Frank los altos funcionarios del castrato respiraron aliviados.
La segunda parte del libro se dedica por entero a Irak desde la entrada de los americanos al momento actual.
Rupérez describe con minuciosa exactitud lo que fue la dictadura de Saddam Hussein y la caída y ahorcamiento del dictador pero sobre todo el sangriento drama que acompañaría a la ocupación y sigue tiñendo de sangre la vida cotidiana del gran país. Enorme interés tiene para el lector interesado en la historia y vida cotidianas de Iraq las referencias a la vida política anterior a la caída de Saddam y la práctica desaparición de una clase ilustrada y media que hoy sigue brillando por su ausencia.
El embajador Rupérez describe también en su libro la horrible etapa de los enfrentamientos y matanzas entre chiitas y sunnitas así como el papel nada amable que jugaron –y siguen jugando- las tropas extranjeras de ocupación. El texto está lleno de referencias eruditas (obviamente el autor conoce a fondo la historia y arqueología del país) y sobre todo rebosa de respeto, simpatía y solidaridad con el desventurado pueblo iraquí. Los análisis de tipo estratégico, político y social tienen también enorme interés para quien desee conocer lo que fue y es este país “construido sobre un mar de antigüedad, agua y petróleo”.
La conclusión que la lectura de este libro saca el lector interesado es que incluso siendo diplomático y ejerciendo el deber de prudencia y discreción pueden describirse asuntos más o menos desconocidos de ciertas realidades contempladas desde el prisma del servicio exterior. Ahí radica a mí entender el interés y el mérito de este libro singular.
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Periodista
ALBERTO MÍGUEZ es periodista
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