Javier Marías, visto ahora entre la niebla de la muerte con el catalejo de ballenero que sale en Moby-Dick, es aún más conocido y más grande sin el Premio Nobel (como Borges), y sin la pátina de soberbia elegante (como Oscar Wilde) que dicen que había en su carácter, y sin él mismo, sólo con su obra, pues, como nos dijo en su magnífica novela Berta Isla, la ficción es la única manera de conocernos cabalmente…
En verdad los lectores de ficción nos conocemos mejor gracias a la obra de Javier Marías, y somos una colección de frases suyas con vocación de cita literaria.
“En el fanatismo hay siempre entusiasmo, por eso es tan peligroso y contagioso, todo lo pinta muy simple y eso atrae a las multitudes. La templanza y la moderación no prenden, o les cuesta un mundo, años en lugar de días” dice Javier Marías en su última novela publicada Tomás Nevinson (2021, Alfaguara), una novela de espías a la John Le Carre escrita con prosa literaria diestra y sabia cuya lucidez disecciona nuestro otra vez fanatizado presente…
Y si eso fuera poco para que yo me rindiera de gratitud y gozo al leer esas páginas, encima en esa novela sale mi amada ciudad de León.
La de Javier Marías ha sido y será ya para siempre una literatura perdurable para paladares exquisitos (ritmo lento, flujo de conciencia, estilismo, frase larga con subordinadas eternas, nueve millones de libros vendidos como venden los best sellers, pero sin hacer concesiones o best sellers sino alta cultura). En efecto la de JM ha sido y será una literatura escrita con densidad textual o prosa de nuevo rico de las letras por decirlo con palabras de Francisco Umbral, una faulkneriana y de largo aliento en la que reinan la inteligencia dramática shakespeareana, el misterio de la luz y la sombra del cine de Victor Erice, la erudición racionalista filoinglesa que tanto gusta en Alemania desde Goethe, las cosas mal cerradas y las frases redondas… Y así nos ha proporcionado inolvidables horas de placer lector.
La de Javier Marías es una literatura que ha de figurar en el discurso general de la cultura.
Fue Eugenio de Nora, uno de los mejores lectores de novela que he tenido yo el privilegio de conocer, quien en su día me recomendó que leyera Corazón tan blanco, una novela que es ya un clásico contemporáneo, y desde entonces soy adepto y adicto a las novelas de este autor cuya prosa perfecta, cuya prosa que persigue con ahínco en cada página esa perfección que nunca se alcanza, a veces era tan buena que para mí se convertía en ramaje que no me dejaba ver el bosque de la trama… ¡Pero me daba igual, pues, como una vez me dijo Juan Pedro Aparicio, Javier Marías, como Proust, representa como nadie hoy el placer de leer en sí mismo.
Revisen a tal efecto Los enamoramientos, y verán. Por ejemplo cuando dice “el amor es un afán de engendrar en la belleza”.
Revisen cualquiera de sus novelas y se encontrarán a un novelista que crea mundos con tanto decorado como contenido…
Esta tarde se ha muerto tras un calvario devenido de la Covid, y me duele la tristeza de no haberle dado nunca las gracias por tanto; por todo.
Éramos mejores gracias a la obra de Javier Marías.
Se van los mejores y quedamos nosotros con esta cara triste de ahorcados a media salve, joder.