En este misterioso Universo que habitamos todo está en permanente mutación. El ser humano que somos hoy no fue el ayer ni será el de mañana. El tiempo sucesivo es inaprensible. Como “un enemigo que mata huyendo” lo definió don Francisco de Quevedo. Indiscutiblemente, las cosas y nosotros, aún del modo más imperceptible cambian su forma constantemente y con él nuestra visión de las cosas. Lo sucedido por la mañana ya es algo que corresponde a un pasado remoto. Desde hace décadas, la Argentina está sumida en una vorágine de locura que nos hace transitar por una cornisa al filo del vacío. Para ser rotundos y no andar con eufemismos ni medias tintas, digamos que el caso argentino es menos que un problema económico y político, que un enojoso asunto patológico.
En este desquicio institucional, fines y medios no son buenos ni malos en sí; son inmorales y, empezando por aquellos que nos dirigen, sumen en el desencanto a la mayoría de los ciudadanos. En cuanto a la locura, como la gripe o la peste por la que transitamos, es contagiosa y afecta más allá de cualquier forma de racionalidad. Así, el denominado kirchnerismo y por ende todas las demás corporaciones cómplices que ejercen el poder, han logrado imponer sus malos modales, que se corresponden con un pago con la misma moneda de parte de sus dirigidos. Dentro de esos parámetros se expresan y se confrontan los límites. El estado de crispación general es constante y sumados a décadas de mala y escasa educación ciudadana, la población ha naturalizado los empujones, el lenguaje impropio, la extinción de las formalidades, el buen gusto y la aspereza e impunidad en el trato; mejor dicho en destrato.
Nada escapa, por consiguiente, a hechos permanentes de confrontación destinados a incomodarse entre una u otra persona o corporación política, y arrecian todo el tiempo estos contratiempos manipulados por una cuasi esquizofrenia. A esto se agrega el nivel de deterioro y de pobreza intelectual escandalosa, junto a una calidad personal acorde y repudiable. En el colmo que un senador de la República, elegido por el voto ciudadano, acaba de formular muy suelto de cuerpo el disparate de que si no se suspende el juicio por la Obra Pública que compromete a la vicepresidente, todo puede estallar por los aires. Disgustante amenaza afín a cualquier aspiración de absolutismo antidemocrático. Justicia y política en cualquier democracia deben transitar por carriles propios y son poderes autónomos.
Ahora bien, dentro de los límites que impone la democracia, la Argentina, es un país con un sistema político que reparte el poder en tres partes bien diferenciadas y teóricamente independientes; vale decir, tiene hoy un Poder Ejecutivo en la cabeza del presidente Alberto Fernández y de la vice presidenta, la senadora Cristina Fernández de Kirchner. El Poder Legislativo, por su parte, con sus correspondientes vías de consenso, que se traduce en este caso particular en un fallido; es decir, en un Congreso que no sesiona o sesiona menos de lo que corresponde. Y, finalmente, el Poder Judicial, lento, burocrático y traspasado de conveniencias, que es manipulado como ambiguo, “tiempista” y se mueve -o no- al compás de los lentos y pausados pasos de bailes de la corporación política.
Sin embargo y, a pesar de este pésimo funcionamiento, la hoy vicepresidenta Cristina Kirchner, por hechos indiscutibles (riquezas fabulosas no declaradas y privilegios administrativos que la llevan a cobrar jubilaciones cien o mil veces más beneficiosas que las de cualquier jubilado común) sigue procesada en más de diez causas aunque ha logrado demorar estos procesos; menos uno, claro, que es el que llegó a juicio oral recientemente, y que provocó su ira y la escalada de amenazas y violencias padecidas en los últimos días hacia un par de fiscales que solo cumplen con su deber, y culminó con la acción directa de un repudiable atentado, todavía no esclarecido debidamente. Y tal vez no se aclare nunca como corresponde en un país serio.
Esto hace que la corporación oficialista gobernante se muestra al unísono desaforada y genéticamente inmoral en algunos casos, y su desprecio por el estado de derecho se haya convertido en una consigna, que de tanto padecerlos la gente común y corriente, ya se vuelven previsibles. En tanto y en cuanto no favorezcan al movimiento que enfrenta el peor juicio por corrupción de la historia argentina con aristas que incomodan y desprestigian a los gobernantes de turno.
Así, el peronismo busca, deliberada y desesperadamente, evitar que la jefa del movimiento enfrente una condena por corrupción que debería ponerla entre rejas acaso por el resto de su vida, porque robar fondos públicos es crimen de lesa humanidad sin excusas. El cronograma es casi infantil: hace dos semanas el Ministerio Público Fiscal acusó con pruebas en la mano a la vicepresidenta de graves delitos y de la sustracción, en esa causa, de 1.000 millones de dólares (y como si nada fuera tamaño desfalco, ya que a sus pares políticos casi ni se les movió un pelo). A partir de ese momento, la militancia partidaria oficialista se empezó a movilizar en la puerta de su casa donde las contravenciones se apilaron ya que cortaron calles, montaron cocinas en la vía pública (que ahora se sabe operaron en complicidad con el atentado) y que, en orden de las normas de higiene (por no llamarlas cochinadas) son usados a su vez como baños públicos en medio de la calle. Los manifestantes (o muchachos del acampampe), se colgaron de ventanas, árboles y balcones, rayaron automóviles, tiraron fuegos artificiales y, claramente, amedrentaron al sufrido vecindario en general. Los comercios de la zona, como si lo señalado no fuera suficiente, debieron cerrar sus puertas ante la amenaza de las hordas que, sistemáticamente, enfrentaron a la policía de la Ciudad. Todo esta suma de espanto (para los vecinos, que paga sus impuestos, digo) desembocó en un atentado explícito sobre la impávida y rebosante protagonista.
Cinco días después de ese calvario para estos torturados aledaños, forzaron un episodio con las fuerzas de seguridad a cargo del jefe de Gobierno porteño y de sus huestes, casualmente perteneciente al partido de la oposición. Una negociación entre jurisdicciones (ciudad y nación) descomprimió el irritante asunto y elevó la alicaída figura política de la vicepresidente, que en un improvisado mitin, subió a un escenario montado a tales efectos, y suelta de cuerpo denostó a la oposición, a la justicia, al periodismo; en definitiva, azuzó el odio y pidió a sus seguidores que se fueran a sus casas.
De esa manera, la nación avanzó sobre la autonomía porteña logrando que la mezquindad política llegara a tal extremo que una dirigente de la oposición que sueña con la presidencia de la República, en lugar de cerrar filas con el Jefe de Gobierno, sobrevolando en sus diferencias, se unió a las críticas del kirchnerismo. ¡Por Dios, aterra imaginar que entre esa calaña de seres humanos deberán los argentinos elegir sus futuras autoridades!
A un mismo tiempo, la vicepresidente, atentado mediante, sigue entrando y saliendo de la casa rodeada de pocos deeficientes custodios, con varios automóviles a su disposición e incontables militantes que la abrazan mientras entonan cánticos alusivos a la corporación peronista. El más de moda, para ser concretos, es “Si la tocan a Cristina, qué quilombo se va a armar” (¿cuál y qué será el quilombo más allá de una atropellante bravuconada, nos preguntamos?
No obstante, el proceso judicial sigue su curso y en los tribunales alega durante esta semana la defensa de la multiprocesada; aunque, vaya maldita coincidencia, la vicepresidente haya sufrido un atentado. Pues un hombre (vamos ahora a lo concreto del hecho) se le acercó con un arma y le gatilló casi en la cabeza, aunque por suerte, digamos, el disparo no salió. Un verdadero Dios aparte, como podría decir cualquier persona de fe, con la conclusión de que el agresor y sus cómplices fueron detenidos y la funcionaria continua saludando gente al arribar cotidianamente a su domicilio.
Todo muy normal hasta cierto punto. Pero no tanto, obviamente ya que si el lector cree que el país se pone en una búsqueda frenética de la verdad, se equivoca. Se llegó hasta el colmo de que el presidente Fernández decretara alegremente un feriado nacional para el día siguiente, alentando a los mismos de siempre a salir a la calle (hecho por demás insólito ya que ni el duelo por el fallecimiento de la reina Isabel hizo que se decretara feriado en el Reino Unido). Todo esto, por supuesto, sin tener en cuenta a las personas que deben trabajar en serio para ganarse el pan nuestro de cada día; es decir, que quienes trabajamos y no nos quedamos en casa rascándonos y de los que viven de nosotros. En cuanto a los otros, lo sabemos bien, son gente subsidiada que llenará las plazas y los demás sitios convocantes. La mayoría militantes pagados por el Estado que con sus despropósitos mantenemos todos.
Así están las cosas en la Argentina de hoy en día. Sin ley, sin oposición y con un oficialismo dispuesto a todo para salvar la ropa, aún a cualquier costo, para no ir presos como correspondería. También con una contra que no pone los puntos en la íes ni se opone con la energía que se espera ponga en estos casos tan extremos.
Ahora bien, cuál es el trasfondo de todo este cocoliche, por llamarlo de alguna manera que, en el colmo de los colmos, con la complicidad de la Iglesia convoca a un mitin religioso para unificar a las almas pecadoras en contra del atentado. Luego con un cardenal, que (suponemos) se autoflagela como en la Edad Media y pide perdón por “haber metido la pata”: vaya broma Monseñor”. Y, por supuesto, la respuesta concreta siempre nos estaciona en los problemas judiciales de la señora Cristina Fernández Kirchner y las respectivas maniobras para sortearlos.
De esta manera, con rezos, bombos y platillos; vale decir, ruido, violencia por doquier, con una policía desbordada y una ciudad sin ley, en total desprotección, se pretende salir adelante. Si vamos al caso tomándolo por la manija, la Constitución Nacional utiliza el término “conmoción interna” como causal para la aplicación del estado de sitio (Estado de sitio significa “suspensión de las garantías constitucionales”). A la cual un gaucho diría. “Agarrate Catalina que vamos a galopar, pues cuando el peronismo tiene el arma de una población sin derechos que el Señor y todos los Santos nos amparen”.
Agreguemos que de lo peor a los triturados argentinos no nos falta nada. Cartón lleno como diría un fanático apostador. Todos los días nos levantamos en un país que nos estresa y angustia. Nos duele que se sume más gente a la pobreza, nos duele la indetenible inflación, nos duele que falte trabajo formal, que los jubilados ganen para subsistir tan solo diez días del mes y que se siga profundizando la crisis educativa, nos duele el campo y los productores agrícolas sometidos a un régimen financiero que los empobrece y no les permite invertir. Mientras tanto, desde el oficialismo miran para otro lado, y de la oposición también, enredados todos en discusiones bizantinas cada vez más violentas que nos alejan de la esperanza de un futuro mejor.
Recuerdo una emblemática película de producción hispano-argentina, protagonizada por el recordado Federico Luppi, con Cecilia Roth, Eugenio Poncela y Juan Diego Boto, titulada “Martín Hache”, donde el protagonista le advierte a su hijo que de ninguna manera le conviene regresar a la patria, que es una verdadera trampa.
Con agendas propias, preocupados por sus temas (las próximas campañas electorales en las que cada candidato se sueña presidente), el Kirchnerismo y la oposición busca instalar sus problemas como si fueran los problemas reales de todos los argentinos. Nos utilizan en ese juego macabro y hasta nos quiere distraer con una “Ley Mordaza” para controlar los medios de comunicación y a un periodismo que los desenmascara; junto con eso a todos los contenidos y, además, hasta las redes sociales. O sea que vulneran la libertad de expresión y, frente a la censura, la divertida política nos propone más libertad. Triste, muy triste y patético. Ojalá que el límite del zafarrancho no desemboque en una suerte de violencia generalizada.
Azorín calificaba a la política como “un juego sucio entre matones”. La política argentina ha engendrado una grieta que se corporiza no solo en una sociedad dividida que no nos ayuda a progresar, ni construir un futuro para nuestros hijos, sino en una republiqueta del irrespeto, a la vez que nos quita la posibilidad de construir juntos el destino común que los argentinos merecemos. El mal está en la cabeza, en un presidente que parece habitar en otro país y se vive comparando con próceres como San Martín y Belgrano, o con políticos más recientes como don Antonio Cafiero, y ha puesto la alarma de que el próximo atentado será hacia su persona.
Decir que el violento es el otro, que es la oposición, la Justicia, o los medios, no solamente no contribuye a un clima de paz. Sin embargo, también está en cada ciudadano cambiar la historia. Deberemos tener el coraje suficiente para hacerlo. Así están las cosas en la desconcertante y empobrecida Argentina que ha empezado a pasar la gorra por Estados Unidos buscando inversores. Sin ley, sin oposición, en estado de locura y, como si fuera poco, con mediocres políticos dispuestos a todo para mantener sus privilegios.