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PÁLIDA CONDENA

Montevideo (II)

Miguel Ángel Gómez
viernes 07 de octubre de 2022, 19:57h

Me entra la desgana de leer lo contemporáneo mirando de arriba abajo como diciendo: “¿Cómo seguiré con esto en casa?”, hasta que llega lo nuevo de Enrique Vila-Matas y me da una confianza y un interés oculto en un oscuro pasadizo, con extraños y súbitos juegos de luz. No me quedo paralizado como ocurre frente a las otras novedades que están pintadas en colores primarios. Los clásicos vuelven y lo que hay que hacer es decirlo a los cuatro vientos. Sospecho que mucha gente de la que me rodea no leerá a Vila-Matas ni querrá expandir las posibilidades de su mente dentro del núcleo de sus temáticas.

La reflexión en Enrique Vila-Matas toma ascensores, trenes, afronta las consecuencias de las habitaciones de hotel. Su duplicidad desfila por montañas con manchas de leopardo. El otro, lo convoca en sí mismo con formidable astucia, acecha maravillándose de la extrañeza del día. Por el otro su voz, una voz algo familiar en todo esto, gira en redondo. ¿Y si el otro está de pie, con las manos cruzadas en la espalda, de espaldas al lector como una especie de Bob Dylan de la literatura española? Yo veo que el Otro encuentra una historia en todas partes. Hay novelas como Montevideo para que haya historia, y las historias pueden escribirse por guerreros pescadores de ballenas. El otro pescador es obstinado, con él sobreviene el asombro, y vemos qué sucede. El paseante benjaminiano nos enseña qué hay de real o de ficticio con una actitud contemplativa. Realidades ficticias con una intensidad de desinfección de la mente. Montevideo nos trae el Hotel Cervantes. No es Vila-Matas un novelista convencional, la sutileza de sus trucos rayan en lo dinámico.

Para aclarar un poco, Vila-Matas tiene muy presente la absorción de gigantescos autores. Como única verdad, aquella que te llama con una palmada. Defender la verdad que nos hace seguir tal o cual camino paseando vestido con ademanes independientes. Enrique Vila-Matas nos introduce en una sala de espera donde, en vez de las acostumbradas revistas, hay una serie de autores hábiles. Escribir un libro, aunque el infierno venga, pienso como un soldado descalzo al leer Montevideo de Enrique Vila-Matas. Sueño con el último bote salvavidas. Batas viejas que parecen nuevas lecturas, como un remojón inesperado. Vuelvo a París y me acuerdo de Hemingway: “De modo que tomamos el tren en la Gare du Nord, atravesamos la parte más sucia y más triste de la ciudad, y anduvimos desde el apeadero hasta el oasis del hipódromo”. Alabaré esas carreteras de París de Ernest y estos instantes de Montevideo. Citas como paraguas de vagabundos que no resultan desagradables. Gemelos como estrellas Enrique Vila-Matas y F. Scott Fitzgerald.

¿Cuál es la isla verdadera donde entrar sin pasos inseguros, con pasos que implican algún drástico cambio en literatura? Siempre la idea diferente de que la Isla se encierra en el cuarto de hotel con su premio. La respuesta está alrededor en la fuerza que el escritor ejerce sin angustiosa sensación de incongruencia. En una estancia de hotel se puede observar y consignar por escrito lo inevitable. Lo real es solo una conjetura. Lo real es pensar en lo que se va a escribir. Idea de Rodolfo Fogwill: escribir es crear un espacio en el que se pueda escribir. Sueños demasiado soñados sin orden ni concierto. Sueño que rescato a Ernst Gombrich, Witold Gombrowicz, Monique Wittig, Goethe, Chomsky, Todorov y Victor Chklovski para escribir un folio sobre Montevideo.

Comienzo. De nuevo. Dejo escapar un pequeño suspiro. El tono no quiere desplomarse en un sillón y morir. Como es de suponer, me despierto a la misma hora para hablar de Enrique. Hago todo lo que puedo por soñar, poniéndome un sombrero en honor al cielo nocturno, un jersey del espacio estilo Danny Torrance, con el Apolo 11 bordado, un mono, un niqui de chico risueño, un polo. Sueño con París y lo enloquecedor, con Cascais, con Reikiavik. Sueño para escribir mis sueños. Oscuridad de la noche, rugen discursos. “El procedimiento del pasar casi inadvertido para poder cambiarlo todo con destreza”, escribe. Leo Montevideo como un chiquillo furioso objeto de grandes perdigones literarios. Sueño que Wittgenstein me dice que tenemos que poner nuestros conocimientos en común y meternos de lleno en Julio Cortázar. Paso revista a las grietas de la pared este en mi sueño.

Voy en coche. Conduce Wittgenstein. Me quito el gran sombrero al bajarme para agradecer los aplausos de los espectadores. Me encuentro un gato. Lo sueño. Sus ojos relucen como el sol. Una traba: una puerta detrás de un armario tras haberme concentrado en las calles desoladas de debajo de los puentes. Gran confusión soñando con el Esplendor tras aparcar la camioneta, único vehículo en funcionamiento a estas horas. Me entero de que hay una maleta roja que ahora va perdida en mi pensamiento. Sueña el soñador que lee Nosotros dos, una de las primeras novelas del argentino Néstor Sánchez. Con Montevideo sueño que mi pensamiento se vuelve como un piñón libre y vindicativamente doy vueltas y vueltas. Echo una mirada a través de lo oscuro en movimiento y me vuelvo sin dar explicaciones y, por lo que parece, soy discreto y majestuoso.

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