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TRIBUNA

Paco Merino o el protagonismo del actor secundario

Javier Mateo Hidalgo
viernes 14 de octubre de 2022, 19:56h

El mundo de la interpretación en España se ha quedado sin otro de sus grandes representantes históricos: Francisco Merino —o, como se le conocía en el ámbito privado, Paco Merino— fallecía el pasado 9 de Octubre en Madrid, su ciudad natal.

La sombra de su figura sigue siendo bien alargada, acorde con su grandeza. Como muchos de los grandes intérpretes de nuestra escena, nunca abandonó su posición como actor secundario, puesto que aún pareciendo inferior al de los papeles protagónicos es fundamental a la hora de sostener la estructura o armazón de una obra. ¿Qué sería del Otello de Shakespeare sin el confidente Yago, que es quien en realidad sirve de motor desencadenante de la tragedia? ¿Y de los escuderos de la larga tradición hispánica, desde Sancho Panza en Don Quijote o Don Latino de Hispalis en Luces de Bohemia? Ellos sirven como faro de sus señores, ya se llamen Alonso Quijano o Max Estrella. Así, en sus versiones fílmicas o teatrales, no puede entenderse al Fernando Rey quijotesco sin el escudero Alfredo Landa en la magnífica versión para TVE de Manuel Gutiérrez Aragón (1992); del mismo modo, el gran José María Rodero precisó de Agustín González como bastón de apoyo en la versión legendaria de la obra de Valle-Inclán dirigida por José Tamayo (1970).

La importancia de los secundarios cristaliza en las películas de Luis García Berlanga, en concreto en aquellas donde la participación actoral es de tipo coral: desde Plácido (1961) a La escopeta nacional (1978), por sus interminables planos secuencia transitan múltiples personajes personificadores de la sociedad española, donde unos no resaltan por encima de otros sino que todos quedan perfectamente ensamblados, como las piezas de una poderosa maquinaria.

Son muchos los nombres que pueden citarse de secundarios célebres españoles. Servirían como ejemplo el triunvirato de los Gutiérrez Caba —Irene, Julia y Emilio— y sus tías Julia e Irene Caba Alba, el amigo inseparable de Fernando Fernán-Gómez Manuel Alexandre, la “nevillesca” Julia Lajos, Rafael Alonso, Gracita Morales, José Bódalo, Mary Carrillo, José Orjas —quien cambió su apellido original “Orejas” por razones evidentes—, el colosal Juan de Landa, las Muñoz Sampedro —Guadalupe, Mercedes y Matilde—, Carlos Lemos, Isabel Garcés, Rafael López Somoza —admirado por Paco Martínez Soria y necesario soporte en buena parte de sus películas—, Mari Carmen Prendes, Manolo Gómez Bur, Laly Soldevila, Jesús Guzmán, Margot Cottens, Luis Barbero, María Luisa Ponte, Luis Varela, Maruja Asquerino, José Sazatornil (“Saza”), o parejas en la vida real como Rafaela Aparicio y Erasmo Pascual o el citado Rodero y Elvira Quintillá.

Paco Merino perteneció a la generación de intérpretes de la España de la segunda mitad del s. XX, la cual también se inició en el ámbito teatral si bien con más comodidades que sus antecesores. Nada que ver con esos “cómicos de la lengua”, tan popularizados por Fernando Fernán-Gómez en su memorable film El viaje a ninguna parte (1986), que sobrevivían en compañías nómadas, recorriendo pueblos de la geografía ibérica en condiciones miserables y a los que, por su profesión “sacrílega”, no se les permitía ser enterrados en sagrado. Su teatro, por otra parte, se abría a la televisión gracias a formatos como Estudio 1, haciéndose accesible a un mayor número de espectadores, cuando la “caja tonta” no tenía tanta mala fama al ofrecer una mayor oferta de programas culturales.

Como decimos, Merino pudo formarse más profesionalmente, estudiando en la madrileña Escuela de Arte Dramático e iniciando su andadura sobre las tablas en la década de los sesenta, con obras tan notables como El concierto de San Ovidio de Antonio Buero Vallejo (1962). A la vez que representaba en teatro clásicos como Orestes de Eurípides (1977), también iba dejando su huella en televisión con el citado Estudio 1 — La gaviota (1967) o El jardín de los cerezos (1969) de Antón Chéjov— y en Teatro de Siempre —La verdad sospechosa de Juan Ruiz de Alarcón (1967) o Un drama nuevo (Manuel Tamayo y Baus)—. El cine pronto le reclamaría, iniciando su andadura con Los que no fuimos a la guerra (Julio Diamante, 1962) y siguiendo con otros títulos como los dirigidos por Pilar Miró La petición (1976), Gary Cooper que estás en los cielos (1980) o El crimen de Cuenca (1980); también destacará en títulos de Manuel Gutiérrez Aragón como Maravillas (1981), Demonios en el jardín (1982) o La mitad del cielo (1986), así como en la breve filmografía de Víctor Erice con El Sur (1983), con Carlos Saura en El Dorado (1988), Luis García Berlanga en Todos a la cárcel (1993) o José Luis Garci en Tiovivo c. 1950 (2004). Más allá de los formatos de teatro, en televisión participó en multitud de series —prácticamente las más populares de todos los tiempos—. Como selección, pueden destacarse Las doce caras de Juan (1967), Cuentos y leyendas (1975), Curro Jiménez (1977), Farmacia de guardia (1991-1995), Cuéntame cómo pasó (2001-2015), 7 vidas (2004) o Águila Roja (2010).

Merino sobresalió siempre por sus solventes trabajos, aunque tal vez pecase de la musicalidad, el amaneramiento o el tono de voz tan tópico de los profesionales de su generación. Nunca descuidó su dicción, algo por lo que debería velar todo intérprete que se precie y que, sin embargo, escasea en la época actual. Que a un actor se le entienda, que vocalice y pronuncie correctamente. Esto se ha ido perdiendo progresivamente, en parte debido a que muchos de los actores y actrices actuales ya no están obligados a pasar previamente por el teatro. Esto no es baladí, pues un intérprete teatral debe de proyectar su voz y hacerla inteligible de modo que pueda escucharla hasta la última persona del “paraíso” o “gallinero” —es decir, las localidades de los pisos más altos, las más alejadas del escenario—. Ahora quienes debutan ante el público pueden iniciarse en la televisión o el cine, pasando después —no todos— por el teatro. Es decir, realizando el camino inverso al de quienes les precedieron tradicionalmente.

Se te echará de menos, Paco. Tú que figuraste omnipresente en todos los formatos dramáticos habidos y por haber. Tú, que como tantos otros no tuviste —por desgracia para ti y para tu público— la oportunidad de protagonizar una obra en solitario. Descansa ya, bien merecidamente, de las luces de las candilejas.

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