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TRIBUNA

Ángel Ferrant resurge en su retablo ibérico

Javier Mateo Hidalgo
jueves 20 de octubre de 2022, 19:04h

El patrimonio artístico madrileño está de enhorabuena: desde hace unas semanas, la fachada de lo que fue el antiguo Teatro Albéniz puede contemplarse prácticamente en su aspecto original. Quienes se hayan acercado hasta el número 11 de la Calle de La Paz en la capital se habrán sorprendido gratamente al encontrar las once figuras escultóricas originales que durante cuarenta años decoraron la portada de aquel edificio y que habían permanecido ausentes casi otras cuatro décadas. Lo que pocas personas saben es que estas tallas de madera antropomórficas y policromadas estaban dotadas de movimiento. Y, lo que es más interesante, surgieron de la creativa mano de uno de nuestros creadores de vanguardia más desconocidos: el madrileño Ángel Ferrant.

Nacido en 1890, será durante su viaje a París con 23 años cuando Ferrant descubra el nuevo arte inaugurado por otro español, Pablo Picasso, cambiando su estilo de forma radical. Tras un primer realismo presente en su obra La cuesta de la vida (1910), su estilo escultórico comenzará a adoptar las formas cubistas inauguradas por el citado artista malagueño, así como también reflejará las propuestas de creadores del futurismo italiano como Boccioni. Si a esto sumamos otras influencias como el Novecentismo de Eugenio d’Ors —que promovía la vuelta a los orígenes de un clasicismo mediterráneo—, la admiración por escultores también españoles como Julio González, Pablo Gargallo o Manolo Hugué, y sus contactos con el creador estadounidense de esculturas móviles Alexander Calder, se comprende el estilo que fue adoptando progresivamente Ferrant. Fue tras la Guerra Civil cuando retornó a su primigenia personalidad figurativa, si bien alejado de los preceptos académicos.

Así, las figuras que conforman su “retablo profano” en el Teatro Albéniz —obra de los arquitectos José Luis Durán de Cottes, Rafael López Izquierdo y, posteriormente, de Manuel Ambrós Escanellas— poseen rasgos que identifican las intenciones de su autor, a pesar de que en ellas se aprecie un carácter expresionista a caballo entre lo orgánico y lo geométrico. Cada uno de sus autómatas vienen a representar cada una de las principales regiones españolas, descritas por la indumentaria o los elementos afines a su idiosincrasia: Cataluña, Aragón, Valencia, País Vasco, Extremadura, Canarias, Baleares, Castilla, Andalucía, Asturias y Galicia quedan simbolizadas en los distintos personajes que lucen elementos como la barretina en el caso del hereu, la guitarra y el cachirulo en el del maño, la peineta, el abanico y las manteletas en la valenciana, la boina y hacha en el aizcolari, el sombrero de palma y traje en la orotava tinerfeña, la capa y el sombrero en el castellano, el faralaes en la flamenca, la pandereta y el pañuelo en la gallega o la gaita en el asturiano.

Parte de estas figuras se encuentran caracterizadas para desarrollar el folclore musical de su tierra, tanto desde la interpretación musical como a través de la danza —mediante los instrumentos para producir melodías y los vestidos típicos para danzar—. Ello servirá de hilo conductor del espectáculo para el que habían sido concebidos, como muñecos de barracas románticas de feria. Gracias a un motor eléctrico, cada uno realizaba un movimiento diferente: el aragonés tañía su guitarra, el asturiano tañía la gaita, la andaluza taconeaba o la valenciana se abanicaba. Al ponerse en funcionamiento su mecanismo, sonaba un acompañamiento musical emitido por una una pianola eléctrica y compuesto —probablemente— por fragmentos de la Suite Iberia del compositor catalán que daba nombre al teatro. Una forma de reclamo que enlazaba de este modo las formas de entretenimiento populares con el concepto wagneriano de “obra de arte total”, uniendo arte, música y teatro en un único formato.

El estreno del teatro, ya con el retablo representativo de esta Iberia musical funcionando a pleno rendimiento, tuvo como obra teatral representada la opereta Aquella noche azul, con libreto de Antonio Paso Díaz (hijo de Alfonso Paso) y la música del maestro Francisco Alonso, a imagen de los musicales neoyorquinos. Ese mismo 1945, el caricaturista del diario Pueblo publicaba una simpática viñeta donde un niño señalaba la fachada del teatro mientras le decía a su progenitor: “¡Mire usté, padre! ¡Los cómicos de este treato se han salío a las ventanas pa tomar el fresco…”.

A sólo unos minutos de la céntrica Puerta del Sol y unido como manzana al antiguo hotel Madrid —ambos “ocupados” durante el 15M, con incendio incluido—, el Albéniz estuvo a punto de desaparecer. Atrás quedaban las funciones representadas e incluso las películas proyectadas —fue el primer local en instalar en Madrid el sistema “Cinerama”—. Gracias a la movilización ciudadana, no sólo se consiguió respetar el edificio sino que actualmente podemos verlo con sus elementos ornamentales originarios esenciales —tanto externos como internos, pues se han conservado las lámparas de araña y los frescos de los techos—. La única pega, si es que puede ponerse alguna, es que se desconoce si finalmente estas figuras acabarán recobrando su movilidad. El edificio volverá a recuperar su funcionalidad como teatro el próximo 17 de noviembre, rebautizado como “UMusic Hotel Teatro Albéniz” y poniendo en escena el musical Company de Antonio Banderas.

Como decíamos al inicio de este artículo, la recuperación de este “telón” escenográfico del inmueble lo presenta “prácticamente en su aspecto original”. Aunque no idéntico, se agradece que en esta era dominada por la endemoniada palabra “gentrificación” todavía sobrevivan estos ecos del pasado, como restos artísticos varados de ese gran naufragio ejercido por la condición humana sobre su propia historia.

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