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TRIBUNA

Libros, hojas secas y brisas de nada (y III)

lunes 24 de octubre de 2022, 19:42h

Del mismo modo que las casetas, va llegando la hora del cierre de esta breve crónica o serie de artículos costumbristas. Ojalá fuese Cunqueiro para añadirles más sensación hechizante. Él tiene unos versos que dicen: ‘Sin que nadie lo supiera/ hubo un momento puro/ en el que nada hubo./ Ahora,/ en la palma del agua,/ de la sombra el fruto del instante aquel.’ Como al escribir escucho la lluvia perezosa venir como papel arrugándose, es más fácil la sugestión y el rememorar esos días de libros ―venidos de dónde, a saber― que ocurrieron sin que (casi) nadie supiera de ellos, pero manteniendo su pureza, igual que el agua limpia los instantes de reflejos multiplicados.

He guardado una imagen más en la manga, una última para el recuerdo y que desgraciadamente, aunque esperable, no se repetirá.

Dos jóvenes amigos, altos y un poco atildados, con el amaneramiento bovino que puede conllevar de creérselo en exceso, entraron al paseo no por las aceras como su civismo caballeroso pudiera haber hecho pensar, sino pisando el césped, rasgando sus zapatos la hojarasca, avisando, ya estamos aquí, pero con indolencia, con la velocidad de un haiku. Sus sobretodos se cortaban pasada la rodilla; sus ropas de tonos cremosos, camisas entreabiertas enseñando el principio de unos torsos que los pensarían tonificados pero harían las delicias para las bacterias tuberculosas si de dibujos del XIX se tratasen ―un blanco cubierto de collares y algo de vello, uno de ellos un pañuelo de color té―, despuntaban y acaparaban miradas, naturalmente. ¿Qué se les había perdido a esos figurines en los puestos? Cuidadosamente, se adhirieron a los diferentes grupos, en esa ocasión más concurridos en cualquiera de las casetas. Estando uno todavía en un extremo, coincidí con su entrada en escena y pude escuchar el motivo. Nunca antes habían venido a ninguna de las pasadas ediciones, pero uno de los dos había hecho que le acompañase el otro por una lectura que le había tenido embelesado esos últimos días. Se trajo a su partenaire para intentar encontrar un ejemplar para él y compartir furores. La lectura: El jardín de los Finzi-Contini. Fueron preguntando en cada uno de los puestos, revisando con paciencia quirúrgica los expositores. Me los cruzaba si les adelantaba y viceversa. Un empeño el suyo a la altura de los más sonados por la bibliofilia, pero claro, al ir tan elegantes no podía pensarse la destrucción que les acometía su afán. La belleza también se agrieta, eso hay que tenerlo en cuenta siempre en el dandismo. ‘Es que es buenísima, eh. Tenemos que encontrarla. Tienes que leerla’, y el amigo asentía, sin dejar de repetir que no le sonaba, que no la conocía hasta que le habló de ella. Sin imaginarse que ellos mismos podrían haber salido del grupo de amigos que, en la novela y la película famosas, acudían al majestuoso jardín ferrarense. Les perdí. Desconozco si triunfaron o partieron con las manos vacías, que es lo habitual cuando se intenta dar caza a toda costa: pienso en tantas señoras que escuché esas semanas buscando biblias para comuniones, señores por autores que sonaban inventados (rusos o franceses, los que más), niños que no se sabía si les interesaba estar allí realmente o era forzada la visita pero ellos preguntaban igualmente por tebeos. Rarezas que se permiten en el sitio, temas de conversación, asombro porque los libreros sepan capearlos o les recomienden otro del mismo autor que tengan en su catálogo.

Hasta la siguiente. A más ver esos momentos, esos instantes de pasar todo y nada. Brisas de nada, que escribió Neville, que se llevan los estíos y cualquier estación, me atrevería a añadir, sin importar lo que desconozcamos y fascine.

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