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TRIBUNA

Nuestro ejemplar Padre de la Patria

lunes 31 de octubre de 2022, 19:21h

Desde los menos cautos manuales de historia argentina hasta los críticos más acervos, todos hablan del general San Martín con respeto y admiración; aunque, a decir verdad, muy poco se lo analiza desde su verdadera dimensión, que abarca concretamente su actitud intelectual, ética y moral. No soy historiador y confieso que carezco de autoridad para juzgar algunos hechos de su contradictoria experiencia política. Creo, sin embargo, que la historia es también un acontecimiento presente, no una tediosa nomenclatura de aconteceres, ni un vulgar o frígido mausoleo de láminas escolares. Por consiguiente, me arriesgaré a poner sobre la mesa mi modesto y sincero parecer sobre nuestro prócer; tampoco viene mal en estos arduos tiempos que vivimos, recordar algunos pasajes de la vida que pueden servir como paradigmas de los actuales políticos denigrados por la complicidad de una abominable corrupción.

Tras la desalentadora experiencia sudamericana que lo llevó al exilio, mientras Europa atravesaba por la revolución liberal, el general José Francisco de San Martín y Matorras pudo ingresar a Francia para establecerse en París. Había partido de la Argentina desencantado de sus compañeros de arma y de la corrosiva y egoísta política argentina (más tarde se horrorizaría por el fusilamiento del coronel Manuel Dorrego, uno de sus hombres más cercanos). De manera que acompañado por su hija Mercedita, que era una niña, cruzó el Océano con la decisión de no volver a pisar más en su tierra por la que hubiera dado la vida sin titubear.

Contaba en Europa con la ayuda de su muy dispuesto hermano Justo Rufino de San Martín y Matorras (1878-1832, dos años mayor que él), quien se había labrado un futuro en el viejo Continente. Justo Rufino, además de ayudarlo económicamente, le presentó a uno de los hombres más ricos de Europa, el español don Alejandro María de Aguado, Marqués de las Marismas del Guadalquivir, un banquero de origen noble, con quien el Libertador mantendría una intensa amistad. A su vez, Juan Manuel de Rosas desde Buenos Aires le reconoció sus servicios a la Patria y le pagó todas las pensiones atrasadas; algo similar hizo el Gobierno Peruano. Con ese dinero pudo comprar un menos lujoso que modesto departamento en la Rue de Saint George, cerca de la Opera de París, y después, con ayuda de su hermano y de Aguado, una casa de verano en el cercano pueblo de Evry.

También, gracias al Marqués de las Marismas (mecenas de muchos artistas, que nombró al General su albacea), pudo conocer a personalidades de la pintura y visitar los talleres de Delacroix y Theodore Géricault para disfrutar de la vida cultural parisina gracias a que Aguado, de gran fortuna y dueño de una pinacoteca que incluía obras de Rafael, Botticelli y Leonardo, lo relacionó además con compositores como Donizetti y Pugni (y asistir a un concierto de Wagner, que no lo convenció con su música revulsiva) y tomar lecciones de guitarra con el reconocido maestro Fernando Sors. Estrechó así mismo la mano de escritores como Víctor Hugo y Balzac Zola y Gérard de Nerval (a quienes previamente tenía por muy bien leídos). Con asombro, le cuenta en una carta a su amigo Tomás Guid0: “Es como un sueño conocer esa gente del arte y de la literatura. Estoy viviendo la etapa más dichosa de mi vida”.

Al respecto, cuenta Balcarce, su yerno, que cuando San Martín le agradeció a su amigo por estos contactos, Aguado le respondió: “No se confunda mi General, eran ellos quienes querían conocerlo a usted y no terminan de agradecérmelo”. Es bien sabido que San Martín era un apasionado lector. Su inseparable biblioteca lo acompañó en su cruce por la cordillera y durante su estancia en el Perú y luego en su travesía por el Océano; esos libros eran su tesoro más preciado, como señalan Alberdi y Sarmiento, sus ilustres visitantes en el exilio, que los ojearon y dejaron emocionantes testimonios de las especiales dedicatorias.

En 1832 una epidemia de cólera asoló Francia y otras regiones del Continente Europeo. Fue un exterminio de la naturaleza, como en nuestros días lo ha sido la pandemia del Coronavirus; aunque, claro, sin vacunas preventivas que pudieran obrar milagros en aquellos remotos tiempos. San Martín y su hija Mercedes no escaparon de la mortal peste; pero, como se dice en buen criollo, pudieron zafar de ella. Durante esa enfermedad, fueron atendidos por el médico Mariano Balcarce, que cumplía funciones diplomáticas en la Legación Argentina; el doctor Balcarce era hijo del general Antonio González de Balcarce, compañero de armas y leal amigo del Libertador, vencedor de la batalla de Suipacha, un enfrentamiento armado que se libró el 7 de noviembre de 1810, durante la Primera expedición auxiliadora al Alto Perú. Pues bien, el doctor Balcarce hijo asistió durante casi un año a los San Martín, sacándolos adelante, y en ese dilatado tiempo se enamoró de Mercedes; digamos que el flechazo fue mutuo, pues el 13 de diciembre de 1832, muy enamorados, se casaron en París. A la semana siguiente, sin la venia del General, el matrimonio, con nostalgia de la patria, abordó un barco con rumbo a Buenos Aires para celebrar la luna de miel. Tuvieron dos hijas, Mercedes y Josefa, que fueron las mimadas y el orgullo del abuelo José.

Hay quienes, a pesar del largo tiempo transcurrido, les cuesta admitir el epistolar trato amable que el general San Martín mantuvo desde su exilio con el dictador Juan Manuel de Rosas. Agreguemos que tampoco titubeó en apoyarlo enérgicamente cuando debió enfrentar los bloqueos de Francia, en 1838, y después el anglo-francés que se definió en la batalla de la Vuelta de Obligado, en 1845. En ambos casos, el General los festejó con una reunión de amigos en su casa de París, que contó con la presencia del poeta Victor Hugo (por entonces diputado en la Asamblea Legislativa). No demoró luego en donar a Rosas su recuerdo más preciado de los gloriosos años en Sudamérica, el famoso y no menos polémico “sable corvo”, que algunos impúdicos historiadores han condenado sin tener en cuenta las circunstancias.

Estos puristas de la historia se niegan a reconocer que aquel apoyo, para nada convertía al general San Martín en “rosista”; ya que tampoco se privaría de criticar abiertamente la cruenta política interna hacia los opositores unitarios ni el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con el Vaticano, que consideró una suerte de mamarracho. En dichas ocasiones, usando su agudo sarcasmo muy al estilo Flaubert, condena la crueldad de los implacables “masorqueros” (tal como se denominaba la brutal policía de la dictadura) y se burla de los segundos postulándose en broma como “el nuevo obispo para representar a la Argentina”. En un texto poco difundido, duro con la Iglesia, le comunica a su viejo amigo Tomás Guido, ministro de Guerra y Relaciones Exteriores de Rosas, que a la Argentina no le vendría mal designar en la Santa Sede a “un San Pablo -en este caso- llamado, San Martín; porque ¿acaso no fueron soldados como yo y repartieron sendas cuchilladas sin que esto fuese un obstáculo para encasquetarles la mitra?”.

Y prosigue el Libertador en su divertida carta: “Admita usted, querido amigo, que no les vendría mal otorgarme la Santa Bendición de nuevo prelado, con la cual recibiría yo, además, la gracia (sobre todo económica) que tanto necesito aquí para sobrevivir y libertarme de las pellejerías que me proporciona la mala paga de mi retribución presente”. Cabe agregar que el General no olvidaba la sanción que pesaba sobre el papa Pío VII, que en 1816 condenó insólitamente al infierno a todos los americanos que se alzaran contra su “bien amado hijo Fernando VII”. Hacia el final de la misiva, como era su costumbre, el Padre de la Patria, sugiere para él un salario mayor. Por el buen sentido del humor puesto en cada línea, es casi tan increíble como desopilante el texto.

Decía don Francisco de Quevedo, que el tiempo es un enemigo que mata huyendo. Y no perdona… Ya vencido por los años, con incómodos achaques, don José Francisco de San Martín se trasladó a la casa de campo del puerto de Boulogne Sur Mer, en la costa de la Normandía. Camino a Inglaterra, tuvo otra oferta, el abogado Alfred Gerard, director de la Biblioteca Pública, que le ofreció radicarse en esa casa. “En el segundo y tercer piso del edificio usted se verá acompañado de más de 6 mil libros que estarán a su disposición”, pero el Libertador rechazó la oferta. “Como a Borges (señala con certeza y poesía mi amigo, el historiador Felipe Pigna), le llegarían los libros y la noche: una fallida operación de cataratas dejaría ciego al General”. Hasta el final de sus días, Merceditas le leerá diarios y libros y se hará cargo de su correspondencia.

Cuenta ella en una carta enviada a su familia, que el 17 de agosto de 1850, que el Libertador ya presintiendo su fin, le confesó después del almuerzo: “Este cansancio ya me abruma, querida Mercedes; sin duda, es la fatiga de la muerte”. Le pidió a Balcarce, que lo llevara a su cama donde se entretuvo por un largo rato en evocar las cosas gratas y lindas de su pasado. “He tenido una vida intensa y no me puedo quejar; siempre estuve rodeado por el afecto y el calor de los míos. Eso es lo que más cuenta”. Esos íntimos testigos revelan que de un modo entrañable y con una dulce sonrisa en sus labios, el General se despidió de los suyos. A las tres de la tarde, bajo la bendición de Dios, se sumó a los más. En su testamento había dejado escrito que no se le hiciera ningún tipo de solemne funeral ni homenaje; eso sí, pedía que su corazón descansara en su amada Patria.

Como suele ocurrir entre los argentinos. No ralearon sus enconados enemigos, fanáticos denostadores. Esos rencorosos compatriotas o conciudadanos no le perdonaban su negativa a participar en la grotesca, exterminadora Guerra Civil entre hermanos; menos aún la donación de su sable a Rosas. Muchos católicos, su enfrentada posición con el Vaticano; la mayoría, seguramente, que nuestro Padre de la Patria haya sido un hombre ético y sin pelos en la lengua.

¡Ah, con nuestro ingrato país, tardarían más de treinta años en cumplir su voluntad y levantar el Mausoleo, que guarda su reliquia en la Catedral de Buenos Aires!

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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