En mi memoria visual, conservo con agrado una instantánea histórica que no recuerdo donde vi por primera vez. Se trata de una fotografía familiar donde puede observarse —lo recuerdo nítidamente— a la pareja de artistas Amalia Avia y Lucio Muñoz. Él, en primer plano, da una calada a su cigarro mientras observa cómo la toledana sube —o tal vez baja— la persiana que separa los estudios de ambos. Sonrisas cómplices de un trabajo en equipo aunque distanciado, para evitar influencias mutuas en sus universos tan distintos entre sí. La separación: aquello que divide el realismo de la abstracción. Una imagen simbólica, por tanto, a la vez que tan verdadera como visible, que el fotógrafo Luis Pérez Mínguez hizo posible. Fue tomada en la madrileña calle Avutarda, en un espacio que era en realidad doble, pues albergaba dos estudios.
Hace tres años, Rodrigo Muñoz Avia relataba la historia de sus progenitores en La casa de los pintores (Alfaguara, 2019). “Siempre he creído que en buena parte estoy hecho de pintura” afirmaba, para proseguir así: “Mis padres eran artistas plásticos y se conocieron y se enamoraron gracias a la pintura. En nuestra casa y en nuestra vida familiar la pintura estaba por todas partes. No había un espacio para ser pintores y un espacio para ser padres o para ser hijos. Todo estaba unido. Éramos hijos de la pintura”. En sus páginas queda patente la dificultad que experimentó la madre del escritor para poder desarrollar su trayectoria artística y hacerse valer como creadora. Encargada de las labores del hogar —incluyendo el cuidado de sus cuatro hijos— y con una pareja que le eclipsaba en reconocimiento, Avia debía además enfrentarse a las críticas de Muñoz cada vez que éste entraba en el estudio y daba su opinión sobre aspectos a mejorar en sus lienzos. Tuvo que enfrentarse a todo ello y luchar doblemente para conseguir poner su voz sobre la mesa.
El tiempo que le tocó a Avia fue el que ensombreció a otras artistas como María Moreno. Como la primera, también estuvo casada con otro pintor de mayor renombre: Antonio López García. Ambos matrimonios se conocieron mientras se formaban en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Después, integrarían la famosa “Escuela madrileña”, junto con otros compañeros como Francisco López Hernández —hermano de Julio y perteneciente igualmente al grupo— e Isabel Quintanilla —quienes con el tiempo también acabarían casándose—. Al igual que los trabajos de Muñoz, López García y López Hernández, los de Avia, Moreno y Quintanilla destacan por su calidad, poseyendo una poderosa y similar fuerza. Si bien los de ellos no pueden compararse con los de ellas —los estilos son distintos e incluso diametralmente opuestos en técnica, temáticas e intencionalidad— sí deben reivindicarse buscando un equilibrio equitativo en importancia. Algo, por fortuna, en lo que nos encontramos ya en camino.
Estos días puede visitarse en la galería de arte madrileña Sala Alcalá 31 —situada en el número de la calle que le da nombre— la exposición El Japón en Los Ángeles. Los archivos de Amalia Avia, la primera gran retrospectiva de la artista en 25 años. Comisariada por Estrella de Diego, esta exhibición pretende superar la errónea etiqueta dada históricamente a Avia como “pintora realista”. Con 113 piezas en total, la muestra se encuentra dividida en tres originales bloques que superan el eje cronológico: “Vida cotidiana”, “Ciudades vacías” y “Objetos encontrados”. Ante nosotros desfilan momentos retenidos de masas urbanas —usuarios del metro, devotos en procesiones, niños jugando, espectadores contemplando La familia de Carlos IV de Goya en el Museo del Prado o manifestantes—, interiores domésticos, utensilios personales a modo de bodegones o rincones de la capital. Es este último aspecto donde mejor y más originalmente reconocemos el estilo de Avia, recreando las fachadas de antiguos establecimientos y el paso del tiempo que les confiere sus calidades matéricas y mistéricas: los desconchones en su cartelería artesana, la pátina quebrada de los muros y los grafitis.
Todo ello compone la escenografía del universo pictórico aviano que es casi siempre madrileño y, en ocasiones, ajeno a la capital. Un “teatro del mundo” que nos llevará incluso a Palma, como en el caso del título escogido para la retrospectiva. Como relata Jesús García Marín a través de la reseña del catálogo elaborada por Lourdes Durán, la pintora estaba en la capital mallorquina en 1993, preparando una muestra en la Sala Pelaires y, “pasando por la calle del mismo nombre, vio la fachada chocante de la tienda El Japón en Los Ángeles en la que antaño se vendía un poco de todo, desde pilas a pequeños electrodomésticos y hasta se intercambiaban discos de vinilo”.
Como registro, destacan las fotografías conservadas de la artista de aquellos espacios que le sirvieron de punto de apoyo para sus recreaciones pictóricas. Avia escogía los lugares y Muñoz los fotografiaba. Aquí es donde encontramos una de las evidencias detectivescas que rompen con el discurso de Avia como pintora realista, pues lo que en estas instantáneas veía y cómo esa visión las transformaba en el lienzo difiere de lo que convencionalmente se atribuiría a una mera copista. “En su obra hay un proceso más complejo, no usa la fotografía como un dibujo preparatorio, las cambia”, afirma De Diego.
La propia Avia declaraba que, a diferencia de sus compañeros, ella no salía a la calle a pintar. “Pinto lo que no puedo fotografiar. Uso la fotografía como modelo […]. Mis compañeros realistas pintan del natural”. Así, nunca se deshizo de ninguna imagen fotográfica, las guardaba meticulosamente en distintas cajas de zapatos y bombones. Ahora, su hijo Rodrigo las ha sacado a la luz, seleccionando las más representativas para la exposición. Para Diego “jamás presentan literalidad alguna; un punto de partida para captar, después, a través de los cuadros, las atmósferas en la cuales es maestra: extraordinarios tiempos detenidos”. Por desgracia, ese inmenso catálogo del Madrid costumbrista se ha ido perdiendo. Pero siempre quedará en los cuadros de Avia, así como la visión que de él tenía.