Por el plato de lentejas de un puñado de votos en el Congreso de los Diputados...
Por el plato de lentejas de un puñado de votos en el Congreso de los Diputados, Pedro Sánchez se deja exprimir hasta la náusea, como si fuera un limón exhausto, por ERC. El presidente del Gobierno necesitó a los secesionistas catalanes para su investidura. Los continúa necesitando para aprobar proyectos de ley en el Congreso. Y ERC, que se sabe fuerte y decisiva, abusa de la debilidad de Pedro Sánchez, que gime genuflexo bajo el rebenque secesionista.
Ahora ERC exige del Gobierno la cantidad de 365 millones de euros para afianzar su “dictadura lingüística” en Cataluña. Tras pasarse por el arco del triunfo el 25% del castellano establecido por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, pretende robustecer con el dinero de todos los españoles su política excluyente, abiertamente hostil al idioma de Cervantes y Juan Marsé, de Quevedo y Josep Pla, de Pablo Neruda y Maragall.
ERC, abrazada a Bildu y al BNG, exige una serie de enmiendas reclamando recursos para “impulsar las lenguas autonómicas”. Y nadie está seriamente contra esas lenguas autonómicas que enriquecen la cultura española. Somos muchos, sin embargo, los que estamos contra la exclusión y la persecución del castellano, lengua común de todos los españoles respaldada por la Constitución de 1978.
Pedro Sánchez está cautivo. Su política consiste en permanecer en el poder y se ha mostrado siempre dispuesto a sacrificarlo todo, incluso la dignidad de España, para conseguir su propósito. El español castellano es la segunda lengua del mundo, hablado por cerca de 600 millones de personas. Debilitar su uso en Cataluña o el País Vasco significa lesionar gravemente a los catalanes y a los vascos en un mundo cada vez más globalizado.
Defender las lenguas regionales constituye un deber cultural. Exigir que no se excluya ni se persiga al castellano supone atender el mandato constitucional y preocuparse por la formación de niños y adolescentes a los que conviene dominar el segundo idioma del mundo. Nadie con la cabeza sobre los hombros y en su sano juicio puede discrepar de algo que, además de constitucional, resulta por completo racional.