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TRIBUNA

Rafael Berrio, vivir dos veces

Javier Vayá Albert
miércoles 09 de noviembre de 2022, 21:20h

Si las almas de Charles Baudelaire y Lou Reed hubieran acabado fusionándose mediante un improbable accidente cósmico en un barrio de San Sebastián, el resultado se hubiera llamado Rafael Berrio. Un niño futuro amamantado por el punk y la poesía. Alimentado por las huellas del extrarradio, las barras de bar y la herida universal. La vida que amóBerrio se deslizaba por billares y bibliotecas, por calles sempiternamente nocturnas donde reptaba el (des)amor y los escaparates débilmente iluminados arrojaban repetidamente un rostro reflejado en pregunta existencial. Pío Baroja y Sid Vicioustenían la misma cabida en las venas sedientas de verbo y fulgor del músico que quiso ser poeta, o que acabó siéndolo sin casi saberlo, una cosa y la otra. Un inacabable viceversa. Hacedor de canciones, en definitiva, de una emoción lírica descomunal con la contundencia de un disparo en el corazón de la estulticia patria preeminente.

Esbozo débilmente en los márgenes de este folio en blanco retazos que imagino de la vida del músico donostiarra, de ese Simulacro suyo y nuestro tan gildebiezmano. Rafael Berrio era uno de tan pocos tantos muchos en España cuyo talento nunca fue reconocido como merecía. Artista de culto, se suele decir, ignoro si refiriéndose a que de existir un público en su mayoría culto se hubiera corrido otra suerte. Dicen que en España no se prodigan demasiado los poetas malditos, afirmo que ser poeta en España es estar maldito. Poesía, música, prosa o teatro, no importa, en nuestro país dedicarte a la cultura con cierto grado de coraje u honestidad es estar condenado al malditismo y lo marginal. El resto lo ocupan los mismos de siempre, derrengados los agradecidos estómagos en sus poltronas de miasma y sopa y caspa. Nunca llenó estadios ni vendió millones de discos Rafael Berrio que obviamente tuvo que morirse para que se volviera a pronunciar levemente su nombre. Aunque fiel a la senda del perdedor se le ocurrió hacerlo además en marzo del 2020, con el país ocupado en confinamientos y pandemias. Quizá un último chiste afilado.

Ahora un grupo de músicos de su misma maravillosa ralea han pergeñado un disco homenaje que es una engarzada colección de joyas de escarpada (la única) belleza. Esta banda de inrockuptibles ,muchos amigos del cantante, capitaneados por su compañera Gema Amiama y Raúl Bernal en la producción firman un tributo que trasciende pureza y sentimiento. Dadme la vida que amo se titula el disco que estoy seguro en muchos casos servirá de anfitrión a la obra de Berrio. En él, Mikel Erentxun, Quique González, Lapido o Fino Oyonarte entre otros, desgranan el repertorio del malogrado músico con el equilibrio perfecto entre la generosidad y la personalidad. Personalmente me quedo conla versión que su amigo Diego Vasallo realiza de No solo de amor con insultante maestría y elegancia. No en vano Vasallo, músico, poeta y pintor excelente en cada faceta, artista total,es otro de esos pocos muchos tantos que en otras latitudes disfrutaría del prestigio y aplausos merecidos. Destaco a su vez la brutal interpretación que hace Chencho Fernández de Tu nombre, posiblemente una de las más hermosas e inteligentes canciones de (des)amor en castellano. Fernández, eleva el concepto de cover a la altura de obra maestra.

Rafael Berrio, crooner apócrifo de desgastada voz y actitud de bohemia bonhomía, héroe raro abastardado entre el rock y La Chanson, nos dejó el regalo de vivir dos veces. Y las que quedan en los oídos de cada niño bizarro con corazón de bardo que se adentre por primera vez en su legado. Sirvan estas líneas como copa alzada e injusto por tardío aplauso.

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