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TRIBUNA

El sacrificio en la guerra

jueves 10 de noviembre de 2022, 20:18h

En el Mensaje de la Corona de 1907, dijo Melquíades Álvarez, a Salmerón: “El egoísmo podrá ser, y ha sido, señor Salmerón, a veces, en la historia, la razón del Estado; podrá ser también hasta la fuerza que crea el derecho, como dice Ihering, pero no puede ser ni ha sido nunca la base de la nacionalidad, que se funda precisamente sobre el sacrificio”.

La nación se funda sobre el sacrificio, decía el reformista asturiano. Sabias palabras que sirven como ejemplo de la persistencia de los pueblos en superar los retos a los que se enfrentan, como también proclamaba Arnold Toynbee en su “Estudio de la Historia”, refiriéndose, entre otros muchos supuestos, al de la Reconquista española como uno de los casos de éxito de una civilización que decide no desaparecer en manos de otra, en apariencia más sólida por su refinada cultura y aún debido a su poderío militar.

Ejemplos de sufrimiento los hay a cientos, acaso miles, en los libros de historia; pero tiene especial interés para este comentario la oración parlamentaria pronunciada por Winston Churchill en la Cámara de los Comunes en 1940, tras reemplazar a Neville Chamberlain como primer ministro. “Sólo les puedo ofrecer -diría el líder conservador- sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor… pero después vendrá la victoria”.

Eran palabras pronunciadas en un parlamento nacional y en un contexto de guerra. La Unión Europea no es una nación, pero sí una alianza económica basada en unos valores compartidos -sin perjuicio de que algunos de sus socios están pretendiendo desmontarlos con sus propuestas y realizaciones populistas-. Una asociación que en los actuales tiempos observa la irrupción de la guerra en su vida cotidiana, y las atroces imágenes, que creíamos superadas por una civilización en progreso, se repiten en las pantallas de televisión o se deslizan en las páginas de los medios de comunicación y en las redes sociales. Los nombres de Bucha, Mariúpol o Járkov han pasado al imaginario colectivo que integraban hasta ahora, en un singular palmarés del terror, los campos de exterminio nazis.

La guerra en Ucrania ha fraccionado Europa, según asegura en el Times el analista internacional Ivan Krastev, en tres partes: los realistas, los optimistas y los revisionistas.

Los primeros creen que el objetivo de Europa debería ser que Rusia no gane, que Ucrania no pierda y que la guerra no se extienda: se debe ayudar a Ucrania a liberar la mayor parte de su territorio como sea posible, pero la victoria ucraniana debe tener también sus límites, ya que la persecución de ese objetivo aumentaría enormemente el riesgo de que Rusia utilice armas nucleares tácticas. Parece obvio que el límite se llama Crimea, que no debería regresar a la soberanía de Ucrania.

Para los optimistas, el fin de la guerra no es sólo una victoria ucraniana, sino la caída de Putin. Piensan que el doble concurso de las sanciones y las victorias del ejército de Zelenski indican que al dirigente ruso le queda poco tiempo en el poder: no hay que detener a Rusia, es preciso derrotarla.

Y están, finalmente, los revisionistas, que consideran que, en realidad, ésta no es una guerra de Putin sino una contienda de los rusos, y piensan que la única solución razonable consiste en la desaparición de la Federación Rusa. En este campo militan buena parte de los países que formaron parte en su día del bloque soviético.

Una Unión Europea… dividida, por lo tanto. Y en este marco de estrategias diferentes, los medios europeos -según Krastev- están repletos de titulares funestos sobre escaseces de energía, alteraciones y apagones. Los analistas coinciden en que la inflación y el creciente coste de la vida podrían llevar fácilmente a millones de personas a protestar en las calles. La cifra de inmigrantes que han llegado a la Unión Europea este año es ya muy superior a la de llegadas desde Siria en 2015. La maquinaria de guerra del Kremlin no hará sino elevar esas cifras a medida que la destrucción de la infraestructura de Ucrania deje a su población sin electricidad y sin agua.

¿Estamos los europeos dispuestos a soportar el sacrificio? En especial, ¿consideramos los europeos del sur de nuestro continente, que observamos con espanto las atroces imágenes en las pantallas de televisión, que nuestras hipotecas crezcan, el valor adquisitivo de nuestros activos se deprecie y que movernos en coche o calentar nuestras casas nos suponga un coste prohibitivo? ¿Admitiremos el trueque del deterioro de nuestra situación económica por la conservación de nuestros valores y nuestras libertades, o presionaremos a nuestros dirigentes a que sienten a los contendientes en la mesa de negociaciones, cualquiera que sea el precio a pagar por ello?

En todo caso, habrá que decir que ni siquiera la respuesta a estas preguntas la tenemos nosotros mismos. Ya Viktor Orbán, primer ministro de Hungría y principal aliado de Putin en la Unión Europea, ha dicho que “la esperanza para la paz se llama Donald Trump”. Con esa afirmación estaba expresando algo que todos los aliados de Putin en Europa han comprendido: que un cambio en la estrategia norteamericana será capaz de establecer el final más probable de esta guerra. El ajustado desenlace de las elecciones del “mid term” en los Estados Unidos y el previsible endurecimiento en la aceptación de los créditos para la contienda por parte del Congreso nos darán la medida de la solución más probable. Y a todo esto, los europeos nos sacrificaremos o no, pero no dispondremos de la llave que abra la puerta que nos separa del escenario del desenlace.

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