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TRIBUNA

Mundial de Qatar, fiesta de la sangre y la infamia

Javier Vayá Albert
jueves 17 de noviembre de 2022, 20:03h

De pequeño no me gustaba el fútbol. Imagino que la falta de una presencia paterna en aquella época fue determinante en mi indiferencia al deporte rey. Hecho este que me convirtió (entre otras extravagancias como escribir poemas) en el bicho raro del barrio, y lo de raro derivaba a no mucho tardar en cuestionar mi orientación sexual como insulto definitivo. No es que me afectara demasiado, pero sí es cierto que fui progresivamente aficionándome más por una cuestión de encajar que por pasión acuciante. Eran los salvajes ochenta y las cosas eran así, aunque me temo que en ciertos aspectos tampoco ha cambiado mucho. Si jugué alguna vez fue, cómo se decía entonces, de bulto, improvisando los postes de las porterías con mochilas y chaquetas amontonadas en una callejuela donde cada tanto debíamos desmontar el chiringuito porque pasaba un coche. Aprendí a apreciar la pureza, la belleza en la melancolía que me producía algún amigo al contarme la liturgia de acudir cada domingo a Mestalla con su padre.

Lejos de esa pureza, lejos de los balones de trapo, las camisetas tejidas con bolsas de basura y el grito niño de algún gol en una Favela, el fútbol moderno se erige como un gigante monstruoso por encima del resto. Devorándolo todo con su sed inagotable de dinero y sangre. La, ya inminente, celebración del Mundial de Fútbol de Qatar es la muestra más grande y evidente de la sociedad enferma en que vivimos. Un mundial que tendrá lugar en un país insolentemente ajeno a cualquier resquicio de democracia, que castiga con cárcel la homosexualidad y somete a las mujeres privándolas de derecho alguno. Un país gobernado con mano férrea y tirana por una familia archimillonaria con unas leyes que atentan contra los más mínimos derechos humanos. El balón va a rodar en unos estadios edificados con sangre migrante en condiciones de auténtica esclavitud, trabajando dieciséis horas al día a cincuenta grados. Se estima que han muerto en la construcción de estos campos unas 6.500 personas, aunque las autoridades cataríes hablan de tan solo 40.

El caso es que en realidad a nadie le importa todo esto. En los medios de desinformación no pueden ignorar lo escandaloso del asunto, pero hablan de “Mundial polémico” y a continuación pasan a anunciar a algún patrocinador. Mientras en Qatar inician una campaña de maquillaje mediante reformas de cara a la galería, se van a realizar algunos gestos mínimos como el de algunas selecciones que lucirán la bandera del arcoíris. También hay países que han expresado su conformidad en destinar al menos 440 millones de los beneficios a las familias de los trabajadores que han sufrido abusos, una iniciativa de Amnistía Internacional. Formas de lavar la conciencia con una mano mientras con la otra se coge el dinero sucio de sangre.

Resulta significativo que la selección española no vaya a participar en ninguno de estos mínimos gestos y que el presidente de la federación quite hierro al asunto. No en vano la familia real qatarí mantiene una relación íntima con la española, especialmente con el emérito, de amistad y negocios en común. En mayo de este año el emir de Qatar visitó nuestro país y fue recibido con honores e incluso condecorado con medallas de honor por el Congreso y el Senado. Felipe VI también hizo gala de las excelentes relaciones, familiares se diría, con estos personajes. Como ocurre con Arabia Saudí, (donde ya se celebró la Supercopa de España en otra decisión turbia cuanto menos) el dinero, el gas y el poder tapan los abusos y el sufrimiento de pueblos a los que las cámaras no enfocan ni un segundo. Según un reciente informe de Fair Finance Internacional los bancos europeos, entre ellos los principales españoles, son los más beneficiados económicamente por el mundial. A la vez que un trabajador perdía la vida en condiciones infrahumanas por un salario de 275 euros al mes, las instituciones financieras españolas insuflaban 1.840 millones de euros para la construcción de las infraestructuras.

Quitando de algunas voces insignes del mundo del fútbol como las del gran Eric Cantoná o Philipp Lahm, y creo que la únicamente patria de Ibai Llanos, nadie se ha mostrado frontalmente en contra de la ignominia que supone este mundial. De hecho, de manera irónica y absolutamente lamentable, casi habría que agradecer que en este caso se levante un poco la voz ante tal repugnante evento global. El deporte del futbol es actualmente un estercolero donde tiene cabida lo peor del ser humano con una impunidad pasmosa. Estadios en los que el racismo salvaje es el pan de cada día, en los que se aplaude y vitorea a maltratadores. Pequeños campos donde chavales contemplan avergonzados como sus padres pergeñan gritos machistas contra la arbitra o se lían a golpes con el padre de al lado. Futbolistas que alardean de su analfabetismo y un único desmesurado amor por el dinero. Jugadores de élite que esconden su homosexualidad en lo más profundo del armario porque saben que es el mayor pecado que pueden cometer todavía en pleno siglo XXI. Grupos organizados de hinchas delincuentes y neonazis que son otro tentáculo de la ultraderecha. Presidentes de clubs que son auténticos mafiosos realizando negocios sucios y siendo determinantes en la política y los medios de comunicación del país. Grandes marcas de ropa deportiva que patrocina a dichos clubs esclavizando a niños en países del tercer mundo para coser los balones y zapatillas del primero y mejor de los mundos posibles.

Cuesta hoy en día mantener esta afición aprendida por el balompié, no sentir arcadas al cantar gol o suciedad interna al celebrar una jugada. La pureza, la grandeza de este deporte que me inculcó gente como Eduardo Galeano o Sócrates resulta cada vez más escasa. Como el niño que ensaya los lanzamientos de falta en el rincón más desventurado de algún lugar de Brasil o Argentina como única llave que le aleje de la miseria. Desconocedor todavía de que esa misma llave acercará irremediablemente al mismo tiempo a otro niño a la pobreza.

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