No le conocí. A veces pienso que no tengo derecho a sentirme identificado con él, que mi historia nada tiene que ver con la suya. No ya por la diferencia temporal que media entre nuestras existencias, también por el valor que demostró y el destino que le tocó. La suerte que tuvo. La mala que acabó engullendo su vida cuando quiso enderezarse.
Pero de una manera u otra, acabo topándome con su figura borrosa. Recientemente, en los párrafos de Quasi una fantasia, vigésimo tercer diario de T., quien sí está autorizado a dar fe de su legado, aunque sea a un reducido número de congregados. De él fue amigo, y esto decía:
‘Me había traído J. su ejemplar de Las tradiciones. Como no es bibliófilo… […] Estaba nuevo, impecable, su encuadernación, su camisa. Se encuadernó la edición entera V., él solo, a mano, uno a uno. En su apartamento, con una botella de tequila o de vodka al lado. Cuánta ilusión puso en ese libro, cuánta ilusión nos hizo a los dos. Parecida a la que sentí de pronto, porque el ejemplar parecía haber salido hacía unos minutos de las manos de mi amigo, y que este quizá estuviera esperándome en Villanueva, a tiempo aún de tener esa última conversación que se quedó sin terminar. Uno porque no quiso, otro porque no pudo, o al revés. Parce que c’était lui; parce que c’était moi’.
Se conoce que las amistades al final, aun rotas o reparadas, sí son para toda la vida. Como la huella feble que sigue recordándonos que ahí sucedió y decidió dejarnos marcados unos años, una compañía o unas palabras que todavía nos siguen trayendo igual sensación. Dos amigos que se despiden ―los motivos dan lo mismo― están evidenciando la consideración que se han demostrado y tenido. El silencio no hará sino aumentar esa honda quimera de la distancia, sí, pero retornará sin freno ni remedio el afecto.
Uno lo tiene hacia él y su obra, que fue enteramente editorial. He ido comprando pacientemente todos los ejemplares, haciendo el catálogo al completo. El día que me llegaron los tres últimos libros no pensé nada. No hubo ninguna catarsis ni nadie debía darme las gracias por emplear tiempo y dinero en ofrecer limosna a esos olvidos. Tampoco soy el único que los colecciona. Sin embargo, no podía dejarlos correr. No conozco a muchos más que compartan mi ímpetu ni que les haya atravesado tanto su persona o su labor.
Trieste era el nombre que le dio, por parecerle bellamente tipográfica la conjunción de la ‘t’ y la ‘r’ en las letras de molde. Nació dos veces, la segunda gracias a la incursión de su amigo, después de una reunión en el café Gijón. La anécdota es breve pero le sirve a uno para disparársele la imaginación de los detalles que pudieron rodearla. Algo de viento o nada al otro lado de los ventanales, y el son o la inmovilidad de los castaños en consecuencia. El ambiente entre las mesas. Los chasquidos de las tazas en sus platos. El correteo con los pedidos. T., cuando V. pidió su tercer whiskey, le comentó que no viviría mucho de no bajar el ritmo. Él respondió que no le importaba, que no pensaba llegar a los treinta. No erró el tiro. Murió nueve años más tarde a la edad de treinta y uno.
Recuerdo a menudo la única foto que guarda constancia de él. Habrá otras, seguro, pero permanecen en letargo hasta que sean descubiertas. La fotografía es propiedad de T., naturalmente, y en su página web y en un libro reciente está reproducida. Es un patio cubierto por una trepadora, de hojas oscuras procurando cobijo. La fecha y lugar es 1983 y El Escorial. Un niño ―R., el hijo mayor de T.― con un camión de juguete, mirándolo extrañado por la parte de abajo, como preguntándose y ahora qué después de haberlo rodado, ocupa el primer plano. V. está al fondo, cercano al margen derecho del recuadro blancoinegro, sentado y mirando al pequeño de medio lado. Una mesa de jardín le recorta justo a la mitad, quedando sus piernas ―pantalones claros, zapatos lustrosos― tras el entramado de hierros blancos. Él está sentado en una silla que imita ese ramaje ferroso. El polo indica que el tiempo debe ser veraniego. Lleva el pelo corto y la poca nitidez deja entrever un rostro fino, de rasgos achinados los ojos. Su postura está algo vencida. Observa el mundo del niño en silencio. Es una atención de la que se han ocupado muchos poetas, o sin necesidad de picar alto, todo aquel que reparase en la gracia y quehaceres de una criatura en la que acabamos reflejándonos por estima o involuntaria emoción del tramo vital que se ha recorrido en comparación.
Después de aquel primer vistazo, y siempre a continuación de los que siguieron, rememoro que se le despidió en una esquela y en otros textos de amigos y conocidos como alguien solitario, aristocrático, un ‘joven romántico, inexorable y distinguido’. Adjetivos todos que intentaron apresar algo de lo humano esquivo que pareció abandonar en esta orilla para que alguien los recogiese, como trizas de un papel que llegasen a nuestros pasos, encuentro feliz para uno por empeñarme en recomponerlo.
No he puesto los nombres de ninguno de los aquí mencionados. Sus iniciales bastaban para asegurar ese aire reservado que el mismo V. parece lucir en la fotografía. También por no destacar a nadie, aunque sea indudable que hablo de él, que hablo de mí.