Nada más legalizarse el Partido Comunista por el Gobierno de Adolfo Suárez en aquel sábado santo de 1977, comenzaron a proliferar pintadas de contenido político sobre los muros y paredes de las calles madrileñas contrarias al comunismo y sus líderes: Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri, la Pasionaria. Una de aquellas consignas decía: “Muerte al cerdo de Carrillo”. Algún espíritu moderado, sintonizando con el clima de reconciliación predominante entonces, quiso quitar hierro al asunto añadiendo a continuación: “Ojo Carrillo, alguien quiere matar a tu cerdo”.
En democracia son censurables tanto el desprecio en política como una política de desprecio. Como manifestación de la soberanía popular, el Parlamento debía ser un espacio libre de ofensas y amenazas, expresándose allí únicamente pensamientos e ideas y obrando con ejemplaridad. Combatir al adversario político supone atacar a sus tesis y no a su persona. Carla Toscano, diputada por VOX, ha cometido una ordinariez al tratar de desacreditar a la ministra Irene Montero, aludiendo a circunstancias más propias de cintura para abajo que para arriba. De Kennedy se decía que de cintura para arriba era mejor político que para abajo. Políticamente, solo puede explorarse ese tipo de recovecos con elegancia y, si es posible, en turno de réplica. En las Cortes de la II República, hubo políticos con gran dominio de la ironía aderezada con elegante agudeza dialéctica. Cuentan que durante un debate parlamentario en el que Gil Robles, líder democristiano, intervenía desde la tribuna de oradores, un diputado rival le espetó con ánimo de agraviarlo: “¡Su Señoría es de los que todavía llevan calzoncillos de seda!”. La ágil y hábil respuesta de Gil Robles no tardó en llegar: “No sabía que la esposa de su Señoría fuera tan indiscreta”. Risas, recogió el Diario de Sesiones. La grosería inicial se llevó su merecido. Para Montero, la réplica de Gil Robles sería violenta. Más grave fueron las amenazas que desde su escaño dirigió la Pasionaria contra José Calvo Sotelo, dirigente monárquico: “Usted ha hablado aquí por última vez”. Días más tarde, Calvo Sotelo sería asesinado por izquierdistas. Y se llegó a la Guerra civil. En menos de cuarenta años, el terrorismo de izquierdas asesinó en España a políticos de ideas contrarias: Cánovas (1897), Canalejas (1912), Dato (1921) y el propio Calvo Sotelo (1936). Hechos históricos que debería estudiar en profundidad Irene Montero para aprender qué es la violencia política. Otra lección más para aprender: Violencia política es impedir hablar en público a quienes piensan de manera diferente, ya sea en un foro universitario o en una plaza de Vallecas.
La izquierda siempre eleva el tono porque le “interesa que haya tensión”. Los escraches y los insultos no fueron invento de Podemos, que sí ha perfeccionado el modelo. Se emplearon contra dirigentes del PP por la guerra de Irak o la crisis del Prestige. Hubo un alcalde de Getafe que insultó a los votantes de la derecha llamándoles “tonto de los coj…” Una grosería más de cintura para abajo. Lecciones de democracia de la izquierda, ninguna.