En estos revulsivos tiempos de informática que nos tocan vivir se mide el mérito menos por los valores reales que por la fama; sobre todo, la brindada por la publicidad. Hay un gran consenso entre los comentaristas políticos, entremezclados con los de fútbol, que estiman que en la Argentina un hipotético triunfo en el Campeonato Mundial, incidirá sobre el humor de la mayoría de los argentinos. Sin embargo, después de la inesperada derrota inicial -Messi mediante- nadie tiene seguridad y la duda parece carcomer a los espíritus más optimistas del Gobierno. El asunto no es sencillo, claro, pues la mayoría de la sociedad vive y sufre en carne propia una crisis estructural que afecta al país. Y el fútbol, precioso y emotivo deporte, es tan solo un deporte al fin y al cabo. Gane quien gane es improbable que modifique de algún modo el rumbo de las cosas y, si se da la victoria, quizá muy poco el malhumor social.
Entre nosotros, desde hace décadas, la dirigencia es responsable de una decadencia, que, como si nada hubiera ocurrido, parece entender cada vez menos lo que está pasando; y sigue inmutable saboreando sus propios privilegios y esperanzada en un acontecimiento que para ganar tiempo distraiga a la opinión pública, navegando así en medio de una tormenta con un bote sin bitácora ni timón en tanto que la ciudadanía, harta de tanta improvisación y mentira, con una fatiga económica que ya la abruma, parece resignada al viejo apotegma del “siempre se puede estar peor”. Es así como el manipuleo y la impunidad parecen no tener límites en un país que desde hace décadas se encuentra estancada y, como la vaca empantanada, con cada corcovo, se hunde más en el barro. Y no es una metáfora, sino la cruda realidad. Con buena parte de la productividad subsidiada, un altísimo endeudamiento exterior, saqueada por su dirigencia y con un Gobierno ausente, solo se atina a emitir gestos que cada día convencen menos. O nada, para ser más concretos.
La lectura de los despropósitos que se vienen practicando es inquietante y los desconcierta a ellos mismos, oficialistas y opositores. Los dirigentes cada vez se alejan más de la realidad sin saben qué hacer. Desde el exterior nadie puede entender como en un territorio donde sobran minerales y energía, agua potable, con ríos navegables y alimentos suficientes para cubrir las necesidades de todos sus habitantes y buena parte del mundo, haya niños desnutridos y provincias donde el hambre es un horror causando imperdonables estragos.
Pero dejando de lado los conflictos internos de la Argentina hay algo que excede al país y también es preocupante. En toda Hispanoamérica han fracasado los dos proyectos que aquí se enfrentan: el populismo o tercer tercermundismo y la derecha o neoliberalismo. Del primero tenemos como resultante las dictaduras explícitas de Venezuela, Nicaragua y Cuba, y navegando en el desconcierto a los restantes países de la región.
Todo esto, bajo gobiernos conservadores o de izquierda. Si el populismo trabaja para la burocracia política que se perpetúa en el poder y se enriquece, la derecha lo hace a favor del capital financiero trasnacional que tampoco ofrece salida. Unos y otros dejan déficit, además de deudas impagables en tanto que las corporaciones gobernantes se enriquecen fabulosamente mediante la corrupción más repudiable. Como no hay respuestas programáticas por parte de los principales actores es de esperar que la crisis perviva por un largo tiempo, y que, a medida que pasan los días, deteriore aún más la calidad de vida de las mayorías.
Las razones son evidentes, pero no se combaten las causas y cada día que pasa la situación es más alarmante. Mientras tanto los políticos, como niños malos empecinados en retener sus ventajas, se desgastan en todo tipo de transas y pierden su tiempo en enfrentamientos absurdos hundiendo cada vez más a sus pueblos. Estas inconscientes batallas a lo pirro, nos llevan a recordar aquellos sabios versos de nuestro Martín Fierro: Los hermanos sean unidos / Porque esa es la ley primera / Tengan unión verdadera / En cualquier tiempo que sea / Porque si entre ellos pelean /Los devoran los de ajuera. Y es tan así, que las corporaciones políticas oficialista y opositoras juegan a las escondidas interesadas en llegar a las elecciones mezclados todos en la misma salsa. Sin mostrar los elementos para una solución concreta.
Vivimos una época difícil, sin duda, pero los países que crecen son aquellos que acumulan capital humano mediante un buen sistema educativo. Nosotros lo vivimos degradando. La tarea que enfrenta nuestro tiempo es grande, compleja y harto difícil de solucionar, ya que no podrá haber un sostenido desarrollo sin inversión en capital humano preparado para los progresos tecnológicos que vive el mundo globalizado. Sin educación de calidad ni eficientes sistemas de salud para todos, quedaremos estancados y será muy arduo superar la pobreza y la exclusión social. Una mínima parte de los muchachos que empiezan el secundario no lo terminan.
Es así como los repetidos métodos, ya perimidos por cierto, llámense controles de precios para frenar la inflación, se los pretende remozar y mostrarlos eficaces. En la Argentina, el rotundo fracaso de las gestiones económicas está a la vista y sus funcionarios no aciertan ni siquiera en la definición. El déficit fiscal sigue aumentando y la inflación no se detiene. Sin ser agorero, cualquiera puede predecir que el desenlace es preocupante. El bolsillo de la gente ya no resiste más. Hay un Estado que cuesta muy caro y es casi imposible sostenerlo emitiendo moneda sin respaldo. La cuerda no da para más, se tensa demasiado y puede cortarse en cualquier momento. Ojalá que la salida no sea trágica.
En este negociado entre pocos, un clima de permanente efervescencia interna aleja cada vez más a la sociedad de su dirigencia política. El único beneficiario de tanto conflicto interno es la especulación financiera, que siempre gana apostando a la ruleta de tasas de interés inadmisibles versus dólar, en la Argentina casi imposible de detener. En un terreno más amplio, el actual enfrentamiento y la división política no corresponden ni a la realidad histórica ni a la económica; otro tanto sucede en la esfera política.
En Hispanoamérica, si bien triunfan las izquierdas en elecciones libres, lo logran por descarte. Solo una integración económica puede preservarnos y cada vez la vemos más lejana. Ignoro si alguna forma de asociación como el esperanzador Mercosur ofrecerá alguna posibilidad; esto si se concreta, desde luego. En verdad ese modelo aún parece limitado; sin embargo, no se ve otro. Aunque, quizá, hablar de modelo sea demasiado, pues en verdad es una necesidad para lograr un mediano equilibrio continental. Lo más probable es que cada pueblo impulse formas distintas, pero integradas para lograr un común crecimiento; sin embargo, repito, aún se ve lejano y en tinieblas.
Ningún país de nuestra América podrá salvarse solo. Los esquemas derecha e izquierda están perimidos, lo mismo que neoliberalismo y populismo. Para ambos se necesitan recursos, orden y unidades partidarias que dejen de lado la simpleza de las soluciones individuales. Sin reservas de dólares propios no se puede hacer populismo, ni tampoco liberalismo. Mientras tanto la pobreza crece y un mundial de fútbol no soluciona los problemas. Sólo distrae.