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TRIBUNA

La hoguera de la individualidad

lunes 05 de diciembre de 2022, 20:12h

“La falta de un ‘Yo’ – decía uno de los personajes de la novela Babel-17, de Samuel Delany – impide cualquier proceso de autocrítica”. De hecho, continuaba, “elimina toda conciencia del proceso simbólico, que es la forma en que distinguimos entre la realidad y nuestra expresión de la realidad” – y, cabe esperar, entre la realidad y aquella adulteración mediada por los agentes políticos y los medios de comunicación. Además, si no hay “Yo”, es lícito concebir que tampoco exista el “Tú”, pues, como sostenía el filósofo Martin Buber, “la palabra primordial Yo-Tú establece el mundo de la relación”.

De tal guisa, la única relación a la que se puede aspirar es a las generalizaciones reduccionistas y uniformes antitéticas – que las más de las veces funcionan al modo de los espejos que invierten la simetría. Y esta oposición entre el conjunto “Nosotros” y el conjunto “Ellos” además fomenta aún más la disolución del “Yo” (del individuo); requiere, además, de declaraciones de fe, de ceremonias de inmolación de lo pretendidamente superfluo; esto es, del lujo de la afirmación personal, de la voluntad, de la íntima conciencia: incinerar al individuo en nombre de la “identidad”.

Una identidad que, a la vez que restringe al sujeto, simplifica y adultera consecuentemente el lenguaje con el que comunica su doctrina: apenas si sobrevive lo necesario para establecer la relación antitética con el adversario. Cada vez más, el parlamento parece irse reduciendo a la enumeración de consignas – esas falsificaciones groseras del argumento con el que se alimenta la homogeneidad narcisista de la propia categoría. Hasta que, parafraseando al personaje aquel de Babel-17, manipulando su vocabulario de manera apropiada, uno puede fácilmente convertirlo en [nada]: neo lenguas, neologismos, charlatanería variada para anular a los destinatarios del mensaje: a unos, porque los asimila a ese todo que es nada; a otros, porque los apabulla con el ruido prepotente, desvergonzado, de la mentira que ni siquiera se disimula.

Decía Ludwig Wittgenstein en el Tractatus: “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Después de todo, la estrategia identitaria parece pretender, como todo método que homogeneiza, reducir el mundo, la realidad, a la vez que se reduce al individuo. Y sin “Yo” no hay raciocinio; porque la masa no razona, es pulsional: se apropia de la “razón”, se la adjudica; la “razón de la emoción”.

Sin esa primera persona, además, no hay razón para ser verdaderamente libre: el plural no ofrece más que la exención de responsabilidades diluidas en esa identidad, ese todo inmanentemente “certero”, “justo”; a la vez que un privilegio - para los gerifaltes, claro, y sobre el “Ellos”, evidentemente; pero también, y acaso, especialmente, sobre los propios. Mas, no aboga, aunque lo publicite, por la libertad de la voluntad propia del ser; porque esa libertad impide o dificulta seriamente cuajar la obediencia colectiva: el “Nosotros”, aunque es un organismo plurindividual es, paradójicamente, más elemental que cada una de las partes que lo componen. De ahí que, postulándose como universalidad, como “Identidad”. Así, se dice, sin necesidad siquiera de decirlo, que, para que el sujeto se emancipe, para que se realice, debe negarse, anularse en el conjunto.

La “identidad” – como una suerte de rasero que iguala todo, a todos, en una meseta sin porvenir, aunque llena de promesas –, pues, resultaría así una imposición de la conveniencia ideológica sobre la intimidad. Esta permanece apenas como un reducto brevemente diferenciado necesario para el acatamiento de la consigna de turno, para agregarse como estadística al reclamo, o postulado que toque en cada momento: una estrategia de la ignorancia impuesta como pretendida información, consenso, justicia, moral, experiencia, definitivos.

En resumen, una conocida y utilitaria maniobra que casi siempre va engalanada con el encanto de la revancha (definitiva) que produce ruptura social, y consumidores de utopías, repulsas y desmemorias – vamos, un producto (ideológico) más.

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