El fin del presente año 2022 ha traído no pocas novedades poéticas. Un año que, sumado a los anteriores, parece continuar agravando la crónica de deriva catastrófica no anunciada aunque sí intuida. A la pandemia y carestía de los productos básicos se suma la guerra y sus restricciones, lo que configura un panorama alarmante. Si a ello añadimos la mediocridad de quienes nos gobiernan obtendremos un cóctel explosivo. No obstante, la población agacha la cabeza y procura salir adelante, abnegada. Cómo todo ello no iba a afectar a la ética, la moral, los valores y, en fin, al perfil humano de la ciudadanía, cada vez más erosionado.
Por fortuna, todavía quedan voces que trabajan en pos de ese despertar de la conciencia, esa vigilia que en contra del adormecimiento busca la reflexión, la toma de conciencia y la vuelta a aquello que dignificaba al ser humano. Entre ellos, como decimos, se encuentran autores sobresalientes en el ámbito poético del panorama cultural español, como Luis Antonio de Villena. El poeta madrileño nos brinda un nuevo volumen con el que engrandecer más, si cabe, su profusa producción literaria. Su título no dejará a nadie indiferente. publicado por Visor, Lujurias y apocalipsis reúne su trabajo poético entre los años 2019 y 2020 y constituye un hito más después de su poesía reunida (1970-2021) que ha publicado la Editorial Milenio bajo el título de La belleza impura.
Villena propone una serie de escritos que sirven como toque de atención al lector, mostrándole la deriva catastrófica del mundo presente al contraponerla al esplendor pasado que pudo hacer del mundo una “rara realidad perfecta”. El autor comprueba que el actual “es miserable y pútrido, como / la raza humana, y a la par, como ella, maravilloso. Cenagal / y brillo”. Se trata de una poderosa contradicción, porque a pesar de todo algo pervive de ese tiempo idílico pretérito. El ocaso de los tiempos parece a la vez fundirse con la conciencia de la edad para el escritor, que rememora la lectura de un poeta griego-alejandrino para repetir sus palabras: “Es la herida de un horrible cuchillo”. El tiempo “cercena” y la vejez “te engulle por entero”. Frente a esto aparece de nuevo el opuesto a modo de bálsamo, recordando la juventud y su sensualidad a través de los amantes: “cuerpos de delicia untados de aceite, muslos con el suave vello del sueño, húmedos labios de carnalidad frutal”, que llegan incluso a unirse en su perfección a los de la Antigüedad: “La belleza reposaba allí, / igual que rostros exactos, socráticos muslos / o cuerpos de atletas en el estadio / bajo el sol: oro en el oro”.
Pero no nos engañemos: los profetas del apocalípsis siempre existieron, mostrándonos que “la humanidad siempre ha sido espantosa”. Por ello, algunos como Galdós animaban, por boca de Villena, a “trabajar la ruina”, mientras que Tolstoi le contestaba: “Solo conocemos la / civilización del sexo y de / la podredumbre”. Una filosofía lógica y continua que funciona a modo de número áureo devastador, constituyendo un bucle que va agrandándose sin conocerse su final exacto, aunque se imagine. Muchas voces nos lo anuncian y enuncian a través de Villena. Rostros conocidos o anónimos, conversaciones entre dos escuchadas por otra persona ajena que narra la escena. Todas ellas sabias, conocedoras de su tiempo, plenas debido a la plenitud de su experiencia. El testimonio contenido en estas Lujurias y apocalipsis se añade a la larga lista. Conviene escucharlo, dejar que las palabras calen hasta lo más profundo para que se queden con nosotros, dejándonos ese poso de reflexión e inquietud. La suficiente para continuar viviendo y permanecer alerta ante estos tiempos oscuros.