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TRIBUNA

El zorro guardando el corral

domingo 11 de diciembre de 2022, 18:14h
Actualizado el: 12/11/2022 18:36h

El 1 de julio de 1985 el BOE publicaba la Ley Orgánica del Poder Judicial que establecía el sistema de elección de los miembros del Consejo General del Poder Judicial. Algunos juristas y expertos constitucionalistas afirmaron: “Con esta ley el Gobierno se carga la división de poderes y el Estado de Derecho”. De Charles de Secondat, barón de Montesquieu, artífice de la teoría de la división de poderes, diría por entonces un inmaduro Alfonso Guerra que “Montesquieu está muerto”, como queriendo decir que su doctrina era antediluviana. De aquellos polvos, estos lodos. En el barrizal en el que Pedro Sánchez ha metido la Constitución del 78 se halla atascada España. Como aquel Guerra del 85, a Sánchez le incomoda la división de poderes, prefiriendo la división entre españoles. Ya no sorprende la manera en que perpetra sus fechorías: con descarado cinismo por bandera. En la reciente celebración del Día de la Constitución, Sánchez, aliado del golpismo separatista y cómplice de los filoetarras, se apareció a los periodistas que cubrían informativamente el evento como sublime protector de la Carta Magna, reprochando a la oposición el incumplimiento constitucional por bloquear el nombramiento de jueces. Con Sánchez, el refrán piensa mal y acertarás se convierte en lógica.

El cinismo propio del zorro que guarda el corral ya fue denunciado por Jean François Revel, maestro de liberales, acusando a aquél comunismo soviético de la Guerra fría por autoproclamarse escudo protector de la libertad ante el monstruo del fascismo. Este infundio fue apoyado en la Europa libre por los líderes comunistas y los intelectuales y periodistas marxistas que alimentaron la falsa creencia de que el fascismo era el único enemigo de la democracia y que su derrota en 1945 no fue definitiva, sino que el engendro podría rehacer sus huestes. Ante tal amenaza, el comunismo permanecía alerta erigiéndose en defensor de la libertad. Aquellas blandengues y plácidas sociedades democráticas se tragaron el embuste y durante más de cuarenta años la opinión pública no reparó en la verdadera faz del comunismo que, tras su piel de cordero, escondía una trágica e inquietante trayectoria repleta de persecuciones, purgas, checas, “gulags”, genocidios y una larga lista de violaciones de derechos humanos. Así, la izquierda consiguió desviar la atención de los ingenuos demócratas hacia un inminente y peligroso renacer fascista, evitando que las miradas y sospechas se centrasen en una ideología tan totalitaria y sanguinaria como el fascismo, pero única en el uso del engaño: la comunista.

Igual trola, de ser ahora gendarme de la Constitución y el Estado de Derecho, está contando Sánchez mientras aplica el programa del durmiente Iglesias (“romper el candado del 78”). Y muchos ciudadanos embelesados con la argumentación ejercen de incautos. Lo que está sucediendo en España no se soluciona desde el estricto ámbito de la política. No es un problema que atañe a los partidos políticos, sino que concierne a la sociedad entera, a sus estructuras institucionales, económicas y sociales. Cierto que para algunos, los desmanes del presidente del Gobierno resultan indiferentes a causa de esa moderna tendencia a juzgar, no ya lo trascendente, sino la misma ética, como una manifestación íntima del hombre que no debe tener cabida en el espacio público. Pero resulta prioritario dotar a la política de una imprescindible dimensión moral. Hoy, en nombre de la mayoría democrática se están perpetrando vulneraciones, no sólo de la moral, también del Derecho. Parece como si la razón de los votos, que no la razón de la razón, actuara como fuerza bruta para derribar legislaciones y abatir ordenamientos jurídicos suplantándolos por otros confeccionados a la medida del poder. Así se instrumentaliza el Estado de Derecho y se dilapida la legitimidad de ejercicio del gobernante reeditando el tenebroso modelo hitleriano que, por totalitario, acabó arrumbando al Derecho natural, pisoteando previamente la moral. Cuando esta manipulación de las instituciones se desata, cuando se produce la degradación democrática, quedamos en manos de psicópatas facinerosos que sacrifican las instituciones en el altar de sus intereses personales.

Está en marcha una ofensiva separatista auspiciada por su títere, Sánchez, que persigue romper la unidad de la nación y con ello, la igualdad de todos los españoles. Dicha ofensiva atenta también contra la libertad. Porque lo que está en juego no es la patria o sus símbolos, ni siquiera la propia Constitución, lo que está en juego es la libertad, que siempre ha tenido el mismo enemigo: el totalitarismo. Y el proyecto de Sánchez es totalitario. Si contra la inflación, éste hubiera puesto el mismo empeño que en su acoso a los jueces, otro gallo cantaría en el corral.

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