Ha preferido quedarse a la intemperie. Allí, su felicidad tiene más valor. Sabe que nadie le puede impedir conducirse de ese modo. La gente, al fin y al cabo, es nadie, y él no desea eso en absoluto, mucho menos para sus hijos. A ellos van dirigidos una parte importante de sus poemas, no ya de este libro, sino los contenidos en anteriores. Le preocupa un legado que dejarles, aunque la palabra pueda sonarle demasiado grave y mejor denominarlo enseñanza. Que tampoco lección, porque hemos acordado que vamos a acompañarle a las afueras, más allá de las obligaciones de la grisalla diaria, donde la salvación, pese a celebrarla y compartirla, es individual. Y esto se aprende si uno está conforme con las limitaciones de su ser y con decir sencillamente la verdad.
Así, Juan Marqués, con esta perífrasis de la meditación marcoaureliana que abre su Diez mil cien, elige soltarse, abandonar momentáneamente la brevedad que ha caracterizado sus otros libros de poemas y recrearse en un año de periplos y traqueteos. Entre un diciembre y las puertas del verano, su 2018 de mediana edad y ningún descanso. ‘El mundo se hace trizas/ y de repente es un experimento’. Pero la ironía todo lo puede, y se permite la escritura de estos instantes con visos futuros, saludando a quienes puedan asomarse decenios más adelante a estas páginas, asegurándoles que nosotros, sin salida del presente continuo en el que damos vueltas como posesos, todo lo exageramos. Tenemos esa tendencia, qué se le va a hacer. Pero nos las arreglamos. Cree el poeta que la prosperidad y el humor son insuperables, y no quedando ya ni los recuerdos, podrán seguir girando palpitantes.
Entre medias, están los deberes que le llevan a ser comisario de una exposición de Max Aub, los viajes que le hacen deambular, posibilitando que presencie el discurso de un mendigo ―después de haberse contemplado en el espejo de Balzac, ojo―, la demolición de su facultad universitaria en Zaragoza, o su barrio y alrededores. Marqués elogia los lugares rendidos a lo cotidiano o a su pronta desaparición, esto último por el hecho de que él se irá (a su casa) y esos sitios seguirán cantando. Un villancico, una balada, una barcarola, una rapsodia. La música recorre estos versos como el poeta los interrogantes que le surgen. Él no va a escribir lo que el lector quiere que le diga sobre qué debe leer. No va a dejar de pensar que su mudanza cerca del río le aproxima un poco más al mar. No va a dejar a sus hijos en el ‘trance de días de equilibrios y tristezas’ cuando tengan que deshacerse de la biblioteca del padre. Tampoco a dejar de regalarnos sus compromisos poéticos, aunque le cueste estar conforme con la realidad: ‘El mismo andén, ya sé,/ pero hacia el otro lado.’