El viejo occidente WEIRD (occidental, educado, industrializado, rico y demócrata, según el acrónimo de J. Heinrich) podría estar tocando el límite de su presunto éxito histórico. El siglo que media entre las grandes guerras del siglo veinte y nuestro presente es – en el orden de la larga duración – un lapso menor, pero quizás suficiente para dejarnos ver la luz tenue del ocaso. El mito moderno de Europa incluía su apoteosis en la forma del progreso infinito, una vez alcanzada la Singularidad que iba a permitir a la analítica mente occidental resolver todas las dificultades que, producto de la industria y la tecnología, arrojó esa misma capacidad analítica. Aunque crece el número de los que vemos que el ídolo tenía los pies de barro, sigue siendo una cantidad insuficiente. Quizás sea éste el más preocupante índice del final.
Aunque abundan las señales de nuestra ruina quizás mereciera destacarse la desaparición del aparato de creencias y postulados que servían de presupuesto a nuestros sistemas jurídicos. Hace tiempo que juristas e historiadores del derecho señalaron las raíces de esa decadencia: las revoluciones sociales que, desde 1917, cundieron por occidente en formato socialdemócrata, la intervención creciente del Estado y la intensa burocratización administrativa – elevada a máxima potencia por las tecnologías de la información – son signos accidentales de una profunda desintegración de los fundamentos de nuestra tradición jurídica. A la vista de ese ocaso, Harold Berman – en un texto magnífico – concluía: “el máximo desafío a esos fundamentos es la terrible pérdida de confianza en el Occidente mismo como civilización, como comunidad, y en la tradición jurídica que durante nueve siglos ha ayudado a sostenerla”
Se ha extendido un irrefrenable cinismo ante el derecho que hoy se concibe únicamente como instrumento o arma al servicio del poder político. Entiéndase bien: como herramienta que sirve al poder hegemónico. El derecho se ve así reducido a un mero formalismo legal en el que se manifiesta la voluntad de poder. El presidente puede hoy afirmar que la fiscalía general del Estado es una dependencia del gobierno, acometer una reforma injusta, injuriosa y antijurídica del tribunal constitucional, como pueden los ministros – despreciando la especialización profesional del derecho, propia de la tradición occidental – exigir que la ley se cumpla según su intención. Hoy puede, por tanto, reducirse a anécdota la letra de la ley, en nombre de su espíritu; lo que conduce a convertir ese espíritu – la voluntad del soberano – en ley y el soberano es hoy el que inviste la presidencia del ejecutivo.
Podría sorprender que esa degeneración del pensamiento jurídico occidental coincida con un importante cambio en la comprensión del idioma. La descomposición de la lengua es, sin embargo, condición de la corrupción jurídica que padecemos. El idioma ya no establece categorías firmes, ni permite la aprehensión del mundo real, el idioma ya no admite la universalidad del razonamiento legal, ni sostiene una idea válida de justicia. La torsión a la que se somete al lenguaje, en nombre de una asombrosa neolengua que ha cancelado el pasado, es un momento anterior de la comprensión instrumental del derecho. ¿Qué podría impedir que esta justicia discrecional sirva a la brutalidad o la barbarie?
Sólo puede responder adecuadamente a esta terrible cuestión quien haya visto que la tradición jurídica occidental dependió siempre de la fe en una ley situada más allá de la ley del Estado, una fe que depende de la vigencia de sistemas jurídicos propios de comunidades integradas en el marco de la misma autoridad política y, acaso especialmente, de sistemas jurídicos propios de comunidades que trascendían las fronteras nacionales.
En estas condiciones lo más doloroso – como recordaba Jünger – no es el error, sino el recurso continuo a frases vacías: “a las grandes palabras que en otro tiempo movieron el mundo”. Hay algo especialmente repugnante en algunos rostros cuando de su boca salen palabras como “verdad”, “justicia” o “bondad”. Vivimos en una ciudad, en la que ya nada parece real y todo parece posible.