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TRIBUNA

Érase una vez...

lunes 02 de enero de 2023, 19:51h

Así empiezan los cuentos, con su elemento de irrealidad y de maravilla. Es posible que sólo se trate de eso, pero en mi memoria aquel tiempo vive con una solidez creciente. Me dirán que es un efecto de la edad y sin duda lo es, porque la edad nos hunde lenta pero inexorablemente en la realidad.

Cuando me levantaba, apenas había amanecido, ya estaban mis padres trasteando. Habían encendido la chimenea, que más tarde fue sustituida por una gran estufa de hierro, y aparejaban lo preciso para el día. Me gustaba mucho la Navidad, al margen de una fe que no tenía, por el frío y el horizonte escarchado, por el tiempo libre y ese par de semanas que pasaba en el pueblo.

Lejos de mi habitual paisaje suburbano, se abría a mis ojos un mundo de quejigos y alcornoques, de chaparros y jaras, en el que aprendí a ver cigüeñas negras, buitres, milanos o nutrias hoy impensables. Del arroyo de la mazmorra al risco sabinas, se configuraba un paisaje que me es consanguíneo. Alguna vez tenía que responsabilizarme de pequeñas tareas, ir a por leña cada cierto tiempo era la más habitual, otras veces las tareas eran mayores, ir a recoger aceitunas era un trabajo duro y, sin embargo, gozoso porque era en compañía de mi padre. Me gustaba comer en el olivar, en la ladera del monte junto a los castaños y a los eucaliptos que, pese a su presencia reciente y dañina, figuran en un rincón amable de mi memoria doméstica.

En los días de fiesta, que eran muchos, nos íbamos a la cama al rayar el alba y dormía hasta el mediodía. No había entonces tareas arduas, sino una atmósfera para cuya descripción haría falta mejor literatura. Era un ambiente de camaradería en el que se visitaba a los amigos en sus casas, mientras hablaba con sus padres sobre planes o sobre murmuraciones y habladurías, sobre lo inmediato sin importancia. A menudo nos cruzábamos en un bar u otro con los mayores, que nos invitaban y nos miraban con un afecto intenso que entonces nos parecía una evidencia no problemática, un gesto natural. Hoy me resulta un sutil logro de la civilización. Ellos cantaban villancicos y bromeaban, nosotros ya estábamos más hechos a la música inglesa, pero nos sumábamos a la farra con facilidad.

Han pasado más de treinta años, pero todavía los recuerdo. Los mayores han ido desapareciendo o se encuentran muy entrados en edad. Cuando todavía los visito, resucita un afecto hondo y siempre vivo. Aquel mundo está desaparecido, yo sólo pude contemplar los rescoldos de una forma de vida que estaba condenada, aunque por entonces no lo viera. Esa ceguera formaba parte, supongo, de aquella sosegada beatitud. Agradezco haber podido disfrutar de aquella atmósfera – ya enrarecida, ya descompuesta, ya agonizante – de un modo fugaz, pero real. Tanto que no puedo dejar de juzgarla como auténtica realidad.

Es el referente vivido de esa abstracta idea de comunidad. No es un ideal, porque todavía era real, no es un objetivo porque no puede figurar en ningún programa político, aunque se encuentra su contrafigura en la mayoría de los actuales planes de ingeniería social. Es el logro inadvertido, aunque no puede decirse que enteramente azaroso, de la larga duración histórica: de un proceso multisecular que, en España, pudieron ver desaparecer los que se encuentran hoy más allá de los cincuenta.

Se dirá, acaso razonablemente, que es una ilusión o un ensueño, efecto distorsionado por la nostalgia. No dudo de que ese componente psicológico está presente en mi percepción, pero el incremento en la tasa de suicidios, la epidemia de depresión y el marasmo de soledad que nos asfixia no son ensoñaciones de ningún tipo. El puritanismo higiénico, la profilaxis moral, el diseño del hombre nuevo por parte de la reciente ingeniería social… todo ello fundado en un fanático igualitarismo abstracto, característico de la democracia morbosa de nuestros días, se encuentran a menudo con el mentís irrevocable del sufrimiento creciente en su nuevo mundo feliz. Un nuevo mundo feliz asediado por una dolorosa desgracia, una búsqueda ansiosa de comprensión y comunicación, un mercado amplio para todos los charlatanes de la autoayuda y el bienestar.

Aquella atmósfera no puede reconstruirse y los que la ignoran no la encontrarán amable. Verán allí un patriarcado insufrible porque desconocen el enorme poder de aquellas mujeres fuertes, que – como algunas que alcancé a conocer – parían a sus hijos en el campo, en el mismo sitio donde trabajaban codo con codo con sus maridos, a los que adoraban en el estilo taciturno y sobrio de su rigurosa personalidad. Explicar esto hoy es, además de peligroso, del todo inútil porque no es posible apresar aquel mundo extinguido en simples palabras. Frente a la mera ideología, toda cuya consistencia se agota en palabras, se trata de un mundo real que no se contiene en un discurso.

Aunque es, sin duda, un tiempo agotado es preciso, sin embargo, evocarlo frente a nuestro progresismo pánfilo, que abomina del pasado deseando cancelarlo. Hay que insistir en que no hay ganancia sin pérdida o, como de un modo más preciso, decía Julián Marías: “Conviene tener en claro el precio que se paga por las ventajas – sin negar que lo sean, que sean reales, que merezcan algún precio –; las cuentas, si se hacen, como en esta época tan cuantitativa, han de hacerse bien”.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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