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REFLEXIONES VOLTERIANAS

La destrucción de la social-democracia en España

José Varela Ortega
lunes 09 de enero de 2023, 08:49h
Actualizado el: 01/09/2023 19:11h

En buena medida, la social-democracia es una corrección empírica del marxismo ortodoxo: una constatación de que, antes incluso de la disolución en 1876 de la I Internacional, más que la depauperación progresiva, se estaba produciendo una lenta mejora –lenta, pero constante- de las famélicas condiciones de vida del proletariado: espantosas con nuestra mirada actual, descarnadas, incluso, en la sórdida vida de Oliver Twist, o, aún peor, en la de Étienne Lautier, en Germinal. Una mejora, aunque incierta, entrecortada y balbuceante, posible en el marco de una legislación liberal, garante de huelgas que arrancaron concesiones y mejoras; esto es, reformas, que resultaron ser antídoto, en lugar del catalizador de revoluciones, como ocurriría en Bélgica (1893) o en Suecia (1909). Incluso Marx, antes de morir, empezó a pensar que la protección de la clase obrera estaba menos en la varita mágica del sufragio universal, que en beneficiarse de leyes y constituciones. Mejoras resucitadas incluso de entre las cenizas de dos suicidios continentales en la primera mitad del siglo pasado. El hecho -del que los socialdemócratas derivaron su programa- es que la democracia, en su modelo Occidental del Estado de Derecho, independencia y separación de poderes, hacía factible el progreso obrero, e inútil la dictadura del proletariado, convertida, por su versión soviética, en un expediente costoso y sangriento, catastrófico, en suma. Total, y desde una óptica socialista, la social-democracia no aparecía ya como una traición a la causa obrera perpetrada por el Social-fascismo, (en palabras de la propaganda soviética de los años treinta del novecientos), sino como el producto de una reflexión anterior, fruto de la experiencia; una deducción, en suma, fundamentada en un análisis de la realidad. Para empezar, y, sobre todo, el análisis de un pensador neo-kantiano, Eduard Bernstein, que, habiendo comprobado que el vaticinio de una depauperación progresiva del proletariado no se producía, abogaba por la lucha democrática legal y consideraba la dictadura del proletariado como una forma de atavismo político.

En último extremo, se trataba, de un análisis, claro, basado en determinados supuestos elementales, discutibles, como tantos otros, pero coherentes desde ciertos principios básicos que hunden sus raíces en -y surgen con- las fuentes de la Ilustración. Ese es el origen de la utopía socialista (y también del liberal, en este punto de partida filosófico): la idea de que all men are [created] equal. Los socialistas, pues, en cualquiera de sus versiones, ya sean de la II o de la III Internacional, (en este punto fundamental, poco importan sus profundas diferencias), parten de la noción de un origen común de la Humanidad: común e igual. Sin esa igualdad de origen, no hay utopía socialista posible. Así pues, el socialismo, con independencia de inclinaciones y tendencias, busca similitudes, que no diferencias; promociona igualdades, que no identidades diferenciadas y enfrentadas; predica una utopía internacionalista, que no la regresión Völkisch a un nacionalismo medievalista. De modo tal que, en el famoso debate en la Académie (1830) sobre el origen de los pueblos, los socialistas serían monogenistas, en lugar de poligenistas, como St Hilaire. En su interpretación bíblica –nos enseña Jon Juaristi- la Humanidad procedería, como pensaba Georges Cuvier, de los cuatro hijos de Noé, que no de las diversas tribus germánicas de la Edad Media, en esa lectura romántica contra el universalismo napoleónico de la Germania de Tácito (I. Berlin), a cargo de alemanes resentidos tras la derrota de Jena (F.L. Jahn).

Mucho después, ya casi en nuestro tiempo, la puesta de largo política del modelo social-demócrata de Estado Bienestar fue el Informe sobre Seguridad Social, presentado al Parlamento británico, que el laborista Ernst Bevin, (Ministro de Trabajo en el gabinete de coalición), encargó a William Henry Beveridge en plena Guerra Mundial (1942). Pero, su consagración en la Europa de postguerra, quizá haya que buscarla en el programa de Bad Godesberg (1959), en que el SPD alemán abandona formalmente el marxismo, propugnando la economía social de mercado e identificándose por completo con la democracia pluralista. (El paralelo español fue la artificiosa dimisión de Felipe González en el Congreso del PSOE de Septiembre de 1979, para regresar -respaldado por el 86% de los votos y habiéndose desprendido del lastre marxista- a un partido redefinido como partido socialista democrático).

El hecho es que, en términos generales, la construcción europea de postguerra, incluso cuando los socialistas estaban fuera de los gobiernos, ha consistido en una Unión de naturaleza social-demócrata, pivotando en un eje renano franco-alemán. En este sentido –y visto el desastre electoral de los partidos socialistas en Francia e Italia- quizá pueda argumentarse que el socialismo está muriendo de éxito. En España, no obstante, y si retomamos la imaginativa metáfora bíblica que propuso Fernando Vela a propósito del marxismo, una cosa es lamentar que el Pueblo Elegido, hipnotizado por el becerro de oro, se haya mostrado desagradecido con sus profetas, y otra muy distinta es que el Moisés socialista reniegue del ideal internacionalista e igualitario para someterse a un nacionalismo de corte faraónico. Eso no es una solución aceptable dentro de los parámetros filosóficos socialistas, que son los principios que deben enhebrar este razonamiento, si queremos respetar su coherencia. No es que nuestro Calígula ibérico haya encontrado otro Pueblo Elegido o descubierto un nuevo camino a esa Tierra Prometida sin clases en que todos seremos atendidos según nuestras necesidades. No: con el nacional-populismo estamos ante una regresión, un retroceso, un regreso al Egipto del Imperio Medio. No se nos propone una relectura novedosa del Kapital, sino la letanía monótona de El Libro de los muertos: responsos repetitivos, donde se compone un discurso cada vez más dogmático, cada vez más parecido al de los curas del Syllabus de hace casi dos siglos. Un neo-lenguaje dizque inclusivo que tortura la gramática con pretensiones feministas, beatería izquierdista y cara de velocidad progresista, sazonadas de cursilería ecologista, a cargo de una legión de conversos, con alma de censores y vocación de inquisidores, muy dispuestos a fulminar anatemas y repartir excomuniones. No conocemos muy bien quiénes son, pero si sabemos que conforman una nueva inquisición laica, como la llama Carmen Posadas en una preciosa Tercera de ABC.

Nos enfrentamos a un discurso reaccionario, en suma, en el cual los hechos suceden, que no preceden, a las conclusiones, de modo tal que estos popes de la progresía socio-nacional-populista, equipados con lo que Emilio Lamo ha llamado un filtro cognitivo, explican los fenómenos por teorías moralmente superiores, en lugar de -siguiendo el ejemplo de Bernstein- corregir sus teorías con arreglo a los datos. En este sentido, puede que no resulte en exceso aventurado trazar una línea, quebrada y discontinua, pero coherente, que, desde el ochocientos treinta, recorre las cabezas de radicales españoles –y franceses- con el singular propósito de adecuar el país a la política (o al programa), en lugar de la política al país, de acuerdo a una línea de pensamiento y actuación que se atribuye a Marx (aunque sin acreditar su procedencia) y, según la cual, si la realidad no coincide con la teoría, peor para la realidad. Se trata, además, de un discurso de una moralina indigesta, pero que da la espalda a esa utopía de ciudadanos universales e iguales, para retroceder al infierno del tribalismo nacionalista. Montesquieu se sentía cosmopolita, francés, [sólo] por accidente. En tiempos de Pablo Iglesias Posse, el PSOE se negaba a celebrar el 2 de Mayo, considerándolo una fiesta nacionalista y reaccionaria; pero, eso si, hoy, los socialistas ponen los ojos en blanco ante el día de la Patria Vasca y la Diada catalana: una doble vara de medir digna de farsantes.

Entre la colección de despropósitos, en que el siguiente desafuero enmascara al anterior, doblando la apuesta del disparate, resistamos la tentación de centrarnos en el que nos resulta profesionalmente más familiar; a saber, la llamada Memoria Histórica: esa lamentable tautología sesgada, que decía Umberto Eco, propia de regímenes totalitarios, en que la II República, la Guerra y la represión franquista, son los episodios a deformar, en la medida que, un ajuste de cuentas anacrónico, coadyuva al objetivo de dinamitar la Transición y demoler el llamado “régimen del 78”. Con todo, esa colección de tebeos del Capitán Trueno, en donde los guerrilleros comunistas figuran como demócratas, y los etarras antes de 1981 como víctimas, no es lo que mejor caracteriza la deriva del socio-nacionalismo populista hacia la desigualdad y el privilegio.

Centremos más bien nuestra mirada en los sistemáticos intentos de erosionar la independencia profesional de la función pública, sustituyendo el sistema de oposiciones por el nombramiento, sin exámenes ni controles públicos, de interinos y aspirantes: una primera etapa que dará paso al dedo político…y politizado. Por esa senda tortuosa de arbitrariedades y privilegios, regresaremos al primitivo infierno caciquil de cesantes y pretendientes: ese sórdido paisaje galdosiano y garbancero que, como El Cacique de Arniches, dividía el universo político entre miistas y otristas; ese mundo arbitrario con el que la Ley de Función Pública de Maura parecía haber acabado hace ya más de un siglo. ¿Caciquismo, decimos? Pues, si, en efecto; caciquismo es eso que el Sr. Rufián llama cirugía de precisión: una tipología jurídica sui generis que propone exonerar a Ali Babá, siempre y cuando el bandolero reparta el botín del erario público entre los cuarenta (o cuatrocientos mil) ladrones de la banda (política propia), renunciando generosamente a su parte del alijo, (como El Tempranillo, llamado “el bueno”, porque renunciaba a mucho de su parte para repartirla entre sus seguidores). Total, que el Sr. Rufián está llamado a redactar un apéndice como contribución a la discutible noción del “bandolerismo social” de Eric Hobsbawm, en la seguridad de que su editor socialista comprará toda la edición a cargo del contribuyente. En una palabra: se trata de legislar, convirtiendo en divisible lo que la norma, por definición, predica como característica de naturaleza indivisible, precisamente para preservar su vocación de universalidad e igualdad.

La lista, en pos de este precipicio hacia la desigualdad y el privilegio, es copiosa. En estos años, el socio-nacionalismo populista ha ido enredándose en un discurso más interesado en identitarismo que en la semejanza; centrado en etnias, en lugar de la humanidad; en el nacionalismo, antes que el internacionalismo; que trafica igualdad por privilegio; que traduce diferencia cultural en desigualdad socio-política, confundiendo el derecho a la diferencia con la diferencia de derechos; que promueve derechos históricos a costa de los individuales; que habla de territorios, en vez de ciudadanos libres e iguales; que, en lugar de exigir el derecho a la igualdad, calcula balanzas fiscales, que no impuestos individuales y progresivos. Una deriva, en fin, que, en lugar de relegar la lucha de clases al respetuoso desván de los recuerdos, la ha sustituido –como bien dice Gabriel Tortella- por la lucha de sexos.

De esta embarazosa nómina se pueden decir muchas cosas. Muchas, pero apenas alguna que encaje dentro de un programa progresista o socialista mínimamente coherente. Porque, en estas capitulaciones morganáticas con el nacional-populismo, el socialismo español, en su adulterada versión actual, se ha dejado algo más que plumas de su identidad programática. Se ha vaciado de contenido ideológico. Ha pinchado en hueso filosófico. Y eso no se enmienda con una catarata de falsificaciones, mentiras y postureo propagandístico, por más medios de comunicación que compre y aunque gane las elecciones. No me gustaría sonar apocalíptico. Esto no es el fin de España. Quizá, ni siquiera sea el principio del fin del socialismo. Pero, con toda probabilidad, si que es el fin del principio de una alternativa social-demócrata seria en España.

(Naturalmente, a Calígula, en su infinita sabiduría, se le ha ocurrido una coartada que justifica tanta cesión y destrozo: el apaciguamiento de los insaciables. Pero, The last of the appesears, como en la novela de Fenimore Cooper, lo dejaremos para una próxima entrega)

Por José VARELA ORTEGA, editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega

Editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador

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