Ha sido de los diarios más difíciles que, hasta la fecha, he podido leer de su autor. Uno espera el contenido de los que suele asomarse, pues varía dentro de sus inmovilidades entrega tras entrega. Es una de las bazas del género que los asiduos solemos tener más en cuenta. Pero también está la sorpresa cuando, dentro de lo esperado, como decía, aparece una reflexión o un suceso que nos vapulea. Pensamos, no lo vi venir, normalmente por aspectos demasiado reales o que también nos puedan atañer, sea por una muerte o una lucidez que nos saque de la lectura y nos haga ser conscientes de que esos hechos también nos tocarán.
Poner en escena esas cotidianidades, las más descarnadas y que a terceros anónimos les venga a cuento o no, se hace incansablemente en las redes sociales, y de ellas Sánchez-Ostiz dice: ‘Como te descuides, dejas de ser un escritor para convertirte en un hacedor de humo, y un tejedor de pacotillas. Acumular imágenes que olvidas, frases, letras lo mismo. Es lo más parecido a echar a volar aviones de papel hechos con periódicos que no has leído o con hojas de un libro que tampoco.’ Entonces, ¿por qué el empeño diarístico, cambiando el formato digital por el libro? Por necesidad y porque no hay razones suficientes ni en contra ni a favor, lo cual ha dado siempre un término medio muy favorable para la literatura. Ni salvación ni redención. Sólo escritura.
Su último publicado, Ahora o nunca, que relata con puntillismo el año 2016, posee un tono pavorosamente pesimista, sin escatimar desazones privadas o generadas por el ruido mediático de los informativos que, por trabajo o inevitable sensación de atracción y repelo, comenta en sus artículos periodísticos y en estas páginas. Lo desagradable de lo político y algunas conductas sociales son señaladas sin miramientos. Y sin quedarse atrás, los trasiegos familiares: la muerte de la madre de D., su compañera de vida, y la dura situación que al padre de la misma le queda aguantando en una residencia, yéndosele los días sin vuelta de hoja (sólo la que nuestra mano pasa).
Los trasiegos de escritor, de novelista, de viajero que repasa sus travesías, son también apuntes que no evitan sus momentos decaídos. No consigue sacar adelante sus proyectos. Los acaba con esfuerzos que lo dejan baldado. Las insatisfacciones que le producen son inversamente proporcionales a las ganas con que termina acometiéndolos. Sánchez-Ostiz es, por fortuna, de naturaleza inconformista, consigo y con todos. Acepta el remedio y la enfermedad, pero no se detiene: ‘A cierta edad el peor enemigo que tienes es la pereza y el hacerte, como pretexto para no hacer, la insidiosa pregunta (porque se queda sin respuesta) del ‹‹¿Y esto para qué?››’ Las rutinas y los intereses y los escenarios han cambiado. Él siembra sus jornadas de paseos y sentadas a la mesa de trabajo para que en el recorrido de la escritura germine una igualdad de condiciones, sea desde un lado u otro de la ventana, en los montes y bosques navarros, o en la casa y su olor que ‘queda enganchado a la memoria.’
Un diario y un año más que sumarle. ¿Continuará? Estoy seguro. Hay señales suficientes en las entradas de Ahora o nunca que permiten seguir, con el camino ya formado, aunque las luces y las sombras vayan cegando con similar intensidad. No podría faltar a la cita de sus lecturas, sinsabores, asombros, climatología anímica ―imprescindible en un diario―. En definitiva, el frágil equilibrio de saberse completo, es decir, ni perfecto ni imperfecto, mientras los ratos pasan, con sus brumas y sus veras.