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TRIBUNA

Los hitlers vienen y van

domingo 29 de enero de 2023, 20:02h

En Historia de un alemán. Memorias 1914-1933, Sebastian Haffner narra que cuando el 30 de enero de 1933 Hindenburg nombra canciller a Hitler, “un terremoto acaba de comenzar en la vida de sesenta y seis millones de personas”. El nombramiento llega tras las elecciones de noviembre de 1932 en las que el Partido nazi resultó el más votado, aunque sin mayoría absoluta. Diez años antes de su designación, Hitler había fracasado en su intento de putsch contra la República de Weimar. El 31 de enero de 1943 el general Von Paulus se rindió en Stalingrado a las tropas soviéticas marcando el inicio del fin del III Reich nacional socialista. La trágica obra hitleriana con el clásico “planteamiento-nudo-desenlace”, duraría poco más de veinte años. En medio, una sociedad alemana, padeciendo anemia moral y expuesta al nihilismo y al paganismo, haría de Alemania una “sucursal del infierno en la tierra”y causaría una guerra mundial y la casi total destrucción del continente europeo.

La debacle moral del pueblo alemán es descrita magistralmente por Haffner, que sitúa, precisamente, en 1923 el momento en que toda una generación de alemanes aprendió o creyó aprender que es posible vivir sin lastres, una época en la que no solo se devaluó la moneda, sino todos los demás valores. El año 1923 generó una deriva que hizo difícil distinguir lo posible de lo imposible creando una fantasía desmedidamente cínica, una alegría nihilista que propiciaría esa locura fría, esa determinación ciega, imparable y desaprensiva de querer lograr lo que nos conviene y la palabra imposible no existe. Cientos de redentores recorrían Berlín, cada uno con su propio estilo y todos con su oportunidad, porque ya nadie resultaba sorprendente ni nada imposible. La capacidad de asombro era algo que se había perdido hacía ya tiempo. El dólar había alcanzado el billón de marcos.

Aquella época transcurrió bajo una atmósfera de provisional restauración, de mal menor y hasta nuevo aviso porque en Alemania los tontos y los malvados iban aumentando y tornándose en amenaza. Stressemann gobernó hábil y eficazmente pero sin mano dura. Bruning causó daño continuamente, pero se le toleraba porque parecía ser el único escudo frente a Hitler. Su gobierno sirvió de modelo en muchos países de Europa: una semidictadura ejercida en nombre de la democracia como defensa frente a una dictadura auténtica. Fue una época en la que un presente oscuro solo se atenuaba ante la perspectiva de un futuro negro. En las elecciones de septiembre de 1930, el minoritario partido nazi pasa sorprendentemente a la segunda posición, de 12 a 107 escaños en el Reichstag. La pregunta ya no fue ¿Seguirá Bruning? sino ¿Llegará Hitler? En las elecciones de julio de 1932 los nazis obtienen 230 escaños, (37% de los votos). Debido al marasmo que anega el régimen, en noviembre del mismo año se convocan elecciones anticipadas. Hitler desciende a 197 escaños (33%), perdiendo 2 millones de votos. Sin embargo, en marzo de 1934, ya en el poder, quiere más, y deseoso de confirmar su hegemonía convoca nuevas elecciones. LLega lo que Haffner denomina la “revolución de marzo de 1933”; los nazis obtienen 17 millones de sufragios y 298 diputados (44%). No hay mayoría absoluta porque el 56% de los alemanes no han votado a Hitler, pero éste se ve legitimado para arrasar la democracia. Haffner describe cómo la gente comenzó a participar en las celebraciones nazis primero, solo por miedo; luego, con el convencimiento político necesario. Y conmsidera que este es el mecanismo emocional básico del triunfo de la revolución nacionalsocialista unido a la traición cobarde de los dirigentes de todos los partidos y organizaciones en quienes confió el 56% de los alemanes. La ira y la repugnancia vertidas contra dichos dirigentes fueron mucho más fuerte que la ira y odio de los que eran objeto los nazis. Tras aquellas elecciones cientos de miles de alemanes se afiliaron de repente al partido nazi tras haber estado en su contra hasta ese momento. Alemania sufrió un ataque de nervios. Se dio paso a la jactancia organizada y a la histeria colectiva.

Otro libro magistral, No hay retirada, de Ana Rausching, explica que con el incendio del Reichstag se destruyen documentos históricos irremplazables. Como si los nazis quisieran borrar el pasado. Y a partir de 1934, el paganismo invade Alemania. Ya no hubo más Dios, ni más independencia de pensamiento o de acción. La libertad de conciencia era restringida por la obediencia ciega a Hitler. Crímenes capitales como la supresión de las creencias y la persecución de los judíos llegaron a ser correctos porque el nacionalsocialismo daba un carácter legítimo a acciones generalmente consideradas como inmorales. Lo que era inmoral se convertía en una nueva moralidad. Un nuevo lenguaje de vana palabrería: Fuhrer, Reich, Vaterland, Volk... sustituía a las ideas. No eran los padres, sino los jefes del Partido quienes dirigían a la juventud alemana, intoxicada diariamente por aquella doctrina de odio, de revancha, de conquista y por la idea de su propia superioridad metida en la cabeza desde los seis años de edad. La integridad resultó ser muy molesta en un país donde todo el mundo tenía miedo a mostrarse honrado.

Cuando en abril de 1945 los soviéticos conquistan Berlín lanzan octavillas sobre las calles de la ciudad en las que puede leerse: “Los Hitlers vienen y van pero el pueblo permanece”. Sin embargo, no olvidemos la respuesta de aquél campesino chino cuyas tierras y casa habían sido asoladas primero, por los nacionalistas de Chang-Kai-Chek, y luego, por los rojos de Mao, al que preguntaron cual de los dos bandos era el mejor: “Los dos son buenos. Es el pueblo el que es malo”, contestó.
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